PARTE 2: LA MUJER QUE DESAPARECIÓ HACE TREINTA AÑOS ME CONTÓ POR QUÉ HABÍA HUIDO, PERO LO QUE REVELÓ SOBRE LILY CAMBIÓ TODO LO QUE CREÍA SABER DE MI PASADO.

Durante varios segundos no pude hablar.

Sarah tampoco.

Treinta años cabían entre nosotros, pero bastó escuchar aquel “Nate” para que desaparecieran de golpe.

Volví a tener diecisiete años.

Volví a ser el chico que regresó una noche y encontró vacía la habitación donde Sarah dormía.

—¿Cómo conseguiste esa máquina?

Sarah cerró los ojos.

—Tu madre me la dio.

Aquello me golpeó más fuerte de lo que esperaba.

—Mi madre vendió esa máquina.

—Eso fue lo que te dijeron.

Miré hacia Lily.

La niña seguía junto a la puerta, apretando su dedo lastimado contra la camisa.

—Lily, ve a lavarte la mano —dijo Sarah.

—Pero mamá…

—Por favor.

La niña obedeció.

Esperé hasta escuchar correr el agua.

Entonces cerré la puerta.

—Tienes treinta segundos para explicarme por qué desapareciste y por qué tienes algo que pertenecía a mi madre.

Sarah intentó incorporarse, pero un ataque de tos la obligó a detenerse.

Sobre la mesita había varias cajas de medicamentos.

Tomé una.

La etiqueta estaba vencida.

—¿Cuándo viste a un médico por última vez?

—Eso no importa.

—Te pregunté cuándo.

—Hace cuatro meses.

Sentí crecer mi ira.

Pero ya no era la misma ira con la que había subido al apartamento dispuesto a desalojarla.

Saqué el teléfono.

—Marco.

Mi jefe de seguridad contestó inmediatamente.

—¿Sí, señor Moretti?

—Necesito un médico en el 4B. Ahora.

Sarah abrió los ojos.

—No.

La ignoré.

—Y manda comida. Comida de verdad. También ropa para una niña de siete años.

Colgué.

—No necesito caridad.

Me acerqué.

—No es caridad. Este edificio es mío y una niña lleva meses trabajando para pagarme el alquiler mientras su madre está enferma. Eso lo convierte en mi problema.

Sarah me miró como si estuviera buscando al muchacho que conoció debajo del hombre que tenía delante.

—Sigues hablando igual que tu padre.

Mi cuerpo se tensó.

—No vuelvas a compararme con él.

—Precisamente por eso me fui.

Silencio.

Sarah miró hacia la puerta para asegurarse de que Lily no estuviera escuchando.

—Tu padre descubrió que pensábamos marcharnos juntos.

Recordé aquella época.

Yo quería escapar de Chicago.

Sarah y yo habíamos ahorrado durante casi un año.

Luego mi padre murió poco después y heredé un mundo del que nunca conseguí salir.

—Me dijiste que me esperarías en la estación.

—Y fui.

La miré.

—Mentira.

—Tu padre también fue.

Sentí que algo se cerraba alrededor de mi pecho.

Sarah continuó:

—Me encontró antes de que llegaras. Me dijo que si volvía a acercarme a ti, mi familia pagaría las consecuencias.

—Yo habría podido protegerte.

Sarah sonrió tristemente.

—Tenías diecisiete años, Nate.

Aquello me hizo callar.

—¿Y mi madre?

Sarah miró hacia la vieja máquina.

—Ella me ayudó a escapar.

Por primera vez, comprendí la rosa plateada.

Mi madre la había grabado personalmente cuando yo era pequeño.

—Me dio dinero, la máquina y una dirección en Milwaukee —continuó Sarah—. Me hizo prometer que nunca volvería mientras tu padre estuviera vivo.

—Murió seis meses después.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué no regresaste?

Sarah permaneció callada.

Su silencio duró demasiado.

—¿Por qué?

Antes de responder, Lily regresó.

Traía el dedo envuelto torpemente en papel.

Me agaché.

—Déjame verlo.

—Estoy bien.

—Eso dicen todos los Moretti cuando claramente no lo están.

Sarah dejó escapar un sonido extraño.

Casi una risa.

Pero inmediatamente se convirtió en tos.

Lily corrió hacia ella.

—Mamá.

La niña parecía aterrorizada.

Aquello decidió por mí.

—Van a ir al hospital.

Sarah negó con la cabeza.

—No podemos pagarlo.

—Yo sí.

—Nathan…

—No estoy preguntando.

Quince minutos después llegó Marco acompañado por una médica.

Cuando entró y vio el apartamento, su expresión cambió.

Marco llevaba veinte años trabajando conmigo.

Sabía reconocer cuándo debía hacer preguntas y cuándo debía guardar silencio.

La doctora examinó a Sarah.

Su rostro se volvió serio.

—Necesita hospitalización.

Lily se aferró a la manta.

—¿Mi mamá va a morir?

Nadie respondió inmediatamente.

Me arrodillé frente a ella.

—Tu mamá va a recibir ayuda.

—¿Lo prometes?

Las promesas eran cosas peligrosas.

Pero miré aquellos ojos enormes y asentí.

—Prometo que no estará sola.

Mientras preparaban a Sarah para trasladarla, Marco se acercó.

—Señor Moretti, hay otra cosa.

—¿Qué?

—Revisé el expediente del apartamento como pidió.

No recordaba haberlo pedido.

Entonces comprendí que seguramente lo había hecho mientras esperaba al médico.

—¿Y?

—El contrato no está a nombre de Sarah.

Miré hacia ella.

—¿A nombre de quién?

Marco bajó la voz.

—Elizabeth Moretti.

Sentí que la habitación se inclinaba.

—Repite eso.

—Elizabeth Moretti.

Era el nombre de mi madre.

—Mi madre murió hace veintisiete años.

—Lo sé.

—Entonces alguien falsificó su identidad.

Marco negó lentamente.

—Ese es el problema. El contrato original tiene veintinueve años.

Dos años antes de su muerte.

Miré a Sarah.

Ella había escuchado.

Su rostro se quedó completamente inmóvil.

Me acerqué.

—¿Mi madre pagó este apartamento?

Sarah cerró los ojos.

—Al principio.

—¿Durante cuánto tiempo?

No respondió.

—Sarah.

—Once años.

Sentí una mezcla de rabia y confusión.

Mi madre había mantenido escondida a Sarah durante más de una década.

—¿Por qué?

—Porque todavía tenía miedo.

—Mi padre estaba muerto.

Sarah me miró.

—No era de tu padre de quien tenía miedo.

Antes de que pudiera preguntar, los paramédicos entraron con una camilla.

Sarah intentó levantarse.

Una carpeta cayó de debajo de su colchón.

Varias hojas se deslizaron por el suelo.

Me agaché para recogerlas.

Sarah cambió inmediatamente.

—Nathan, no.

Demasiado tarde.

Había una fotografía antigua.

Mi madre.

Sarah.

Y un hombre cuyo rostro reconocí.

Vincent Moretti.

Mi tío.

El hombre que había dirigido los negocios familiares después de la muerte de mi padre.

El hombre que me enseñó todo lo necesario para convertirme en quien era.

Detrás de la fotografía había una fecha.

Y cuatro palabras escritas por mi madre:

“Si Nathan descubre esto…”

La frase estaba incompleta.

Debajo había un certificado.

Lo abrí.

Sarah dejó de resistirse.

Miré primero el nombre.

Después la fecha.

Luego el apartado correspondiente al padre.

Estaba vacío.

—¿Qué es esto?

Sarah comenzó a llorar.

—No aquí.

—¿Qué es esto, Sarah?

Lily apareció junto a mí.

—Ese es mi papel.

Bajé lentamente la mirada hacia ella.

—¿Tu papel?

—Mamá dice que demuestra que pertenezco a alguien.

Sentí un frío extraño recorrerme.

Revisé la fecha de nacimiento.

Siete años atrás.

Eso descartaba la idea imposible que había cruzado por mi cabeza.

Pero había otra hoja detrás.

Un informe médico.

Pruebas genéticas.

No entendí inmediatamente por qué mi nombre aparecía en la parte superior.

Luego vi una referencia.

Nathan Moretti — muestra archivada.

Miré a Sarah.

—¿Cómo consiguieron mi ADN?

Ella no respondió.

Marco tomó discretamente a Lily de la mano y la llevó hacia la cocina.

Esperé hasta que desapareció.

—Habla.

Sarah tenía lágrimas en las mejillas.

—Tu madre sabía que algún día podía ocurrir esto.

—¿Ocurrir qué?

—Que encontraras a Lily.

—¿Qué tiene ella que ver conmigo?

Sarah me miró durante varios segundos.

—No es tu hija.

—Ya lo sé.

—Pero sí es una Moretti.

Mi respiración se volvió lenta.

—¿De quién?

Sarah miró la fotografía de Vincent.

Y entonces comprendí por qué había pasado treinta años escondiéndose.

Pero antes de que pudiera decirlo, Marco regresó desde la cocina sosteniendo su teléfono.

Su expresión había cambiado.

—Nathan.

Sólo las personas más cercanas se atrevían a llamarme así.

—¿Qué pasa?

—Mis hombres revisaron las cámaras exteriores.

—¿Y?

Marco giró la pantalla hacia mí.

Un sedán negro estaba estacionado frente al edificio.

Dos hombres permanecían dentro.

Reconocí inmediatamente al conductor.

Había trabajado para Vincent durante veinte años.

Marco bajó todavía más la voz.

—Llevan tres días vigilando este apartamento.

Miré hacia Sarah.

Ella ya no parecía sorprendida.

Parecía aterrorizada.

—No viniste aquí por casualidad, Nate —susurró—. Alguien quería que encontraras este lugar antes de que ellos llegaran por Lily.

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