Pakorn permaneció de rodillas frente a la vitrina durante casi diez minutos.
Nadie intentó levantarlo.
Sus dedos temblaban alrededor del frasco mientras repetía, con la voz destrozada:
—Mis hijos… eran mis hijos…
Yo giré la cabeza hacia la ventana.
Tres días antes habría dado cualquier cosa por escuchar a ese hombre llamar “nuestros hijos” a los bebés que llevaba dentro.
Ahora aquellas palabras no significaban nada.
El médico se acercó a mi cama.
—Señora Boriphat, su presión está subiendo. Necesita descansar.
Pakorn reaccionó al escuchar mi apellido.
Dejó cuidadosamente el frasco y corrió hacia mí.
—Escúchame. Yo no sabía que estabas embarazada.
No respondí.
—Si me lo hubieras dicho…
Entonces lo miré.
—¿Qué habría cambiado?
Pakorn quedó inmóvil.
—¿La primera puñalada?
Mi voz apenas era un susurro.
—¿O la segunda?
El silencio cayó como una sentencia.
Pakorn abrió la boca, pero no encontró respuesta.
—Clora dijo que tú la habías atacado —murmuró finalmente—. Vi su brazo. Estaba sangrando.
—Entonces decidiste condenarme sin escucharme.
—Estaba fuera de mí.
—No.
Lo miré directamente.
—Estabas perfectamente consciente cuando recogiste el cuchillo.
Su rostro se contrajo.
Recordaba cada segundo.
Y yo también.
—Sal de aquí.
—Por favor…
—Doctor.
El médico dio un paso adelante.
Pakorn apretó los puños.
Por primera vez comprendió que ya no tenía autoridad sobre mí.
Antes de marcharse se volvió una última vez.
—Voy a descubrir qué ocurrió.
Cerré los ojos.
—Haz lo que quieras.
Pero aquella misma tarde descubrí que alguien más ya había comenzado a investigar.
El médico regresó cuando cayó la noche.
Se presentó finalmente como el doctor Adrian Vejjajiva.
Dejó una carpeta sobre mi mesa.
—La policía vendrá mañana.
Mis dedos se tensaron sobre la sábana.
—¿Pakorn lo sabe?
—Todavía no.
Adrian acomodó sus lentes.
—El hospital reportó sus heridas porque existían indicios claros de agresión intencional.
Permanecí en silencio.
Entonces añadió:
—Pero hay algo más.
Sacó su teléfono.
En la pantalla apareció una imagen tomada por una cámara de seguridad.
Era Clora.
Estaba entrando en nuestra casa aquella tarde.
Y su brazo estaba completamente intacto.
Sentí que algo helado recorría mi espalda.
—¿A qué hora fue tomada?
—Diecisiete minutos antes del ataque.
Adrian deslizó el dedo.
Apareció otra captura.
Clora estaba sola en el pasillo que conducía al baño.
En su mano sostenía algo pequeño y brillante.
—Creemos que se provocó la herida ella misma.
Cerré los ojos.
Así que no había sido un malentendido.
Había sido una trampa.
Y Pakorn había hecho exactamente lo que ella esperaba.
—Quiero una copia.
Adrian me observó durante unos segundos.
—¿Para qué?
—Para asegurarme de que nadie pueda hacer desaparecer las pruebas.
Su expresión cambió ligeramente.
—Eso también pensé.
Sacó una memoria USB del bolsillo.
—Por eso ya hice tres copias.
Por primera vez desde que desperté, sentí algo parecido a alivio.
Duró poco.
La puerta se abrió violentamente.
Pakorn apareció acompañado por dos guardaespaldas.
Su rostro estaba desencajado.
—¿Qué estás haciendo aquí con mi esposa?
Adrian ni siquiera se movió.
—Protegiéndola.
—No necesita tu protección.
—La última vez que estuvo bajo la suya terminó en una mesa de operaciones.
Pakorn palideció.
Los guardaespaldas bajaron la mirada.
Yo casi sonreí.
Pakorn avanzó hacia mi cama.
—Encontré a Clora.
Mi corazón dio un golpe.
—¿Y?
—Desapareció.
Eso sí me sorprendió.
—Su apartamento está vacío. Su teléfono está apagado. Retiró dinero esta mañana y alguien compró un boleto de avión a su nombre.
Adrian preguntó:
—¿Destino?
Pakorn tardó demasiado en responder.
—Londres.

Entonces me miró.
—Pero hay algo que no entiendo.
Sacó un sobre doblado del interior de su chaqueta.
—Encontré esto en su apartamento.
Lo arrojó sobre la cama.
Era una fotografía.
Clora aparecía junto a un hombre desconocido.
Detrás había una fecha escrita a mano.
Seis meses atrás.
Pakorn señaló al hombre.
—Ese es Marcus Hayes.
—¿Su hermano?
—No.
Su mandíbula se endureció.
—Su esposo.
Lo miré sorprendida.
Pakorn soltó una risa amarga.
—Clora lleva casada casi dos años.
Todo comenzaba a adquirir una forma mucho más oscura.
—Entonces ¿por qué volvió?
—Eso estoy intentando averiguar.
Adrian tomó la fotografía.
—Quizá no volvió por usted.
Pakorn frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró sobre la mesa.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Solo contenía una fotografía.
Era Clora en el aeropuerto.
Sonriendo.
Debajo había una frase:
“Lamento lo de tus bebés. Pero Pakorn todavía no sabe por qué necesitaba que te atacara.”
Se me congeló la sangre.
Llegó un segundo mensaje.
Esta vez había un documento adjunto.
Lo abrí.
Era una póliza.
Mi nombre aparecía claramente.
Pakorn se inclinó para leer.
Su respiración se detuvo.
Seguro de vida: cincuenta millones de dólares.
Beneficiario principal:
Pakorn Boriphat.
—Yo nunca firmé esto —susurré.
Adrian tomó inmediatamente el teléfono.
—Entonces alguien falsificó su firma.
Pakorn parecía incapaz de respirar.
Pero apareció un tercer mensaje.
“Pregúntale a tu marido quién habría recibido el dinero si hubieras muerto aquella noche.”
Pakorn negó con la cabeza.
—No sabía nada.
Lo observé fijamente.
Quería creer que estaba mintiendo.
Porque la alternativa era todavía peor.
Significaba que alguien había utilizado a mi propio esposo como arma.
Entonces Adrian amplió la última página del documento.
Su rostro cambió.
—Hay una segunda firma.
Pakorn se acercó.
Yo también miré.
Debajo de la mía aparecía la firma de un testigo.
Pakorn retrocedió como si acabaran de golpearlo.
Reconocía aquel nombre.
—No puede ser…
—¿Quién es? —pregunté.
Él levantó lentamente los ojos hacia mí.
Y por primera vez desde que lo conocía, vi auténtico miedo en su rostro.
—Mi padre.
En ese instante, todas las luces de la habitación se apagaron.
La puerta de emergencia se cerró automáticamente.
Y desde el pasillo llegó el sonido de pasos acercándose.
Adrian se colocó delante de mi cama.
Pakorn miró hacia la oscuridad.
Entonces una voz masculina habló desde el otro lado de la puerta:
—Pakorn, abre. Tenemos que terminar lo que empezaste.