PARTE 2: MI EXMARIDO CREYÓ QUE LOS INVESTIGADORES VENÍAN POR UN SIMPLE ERROR FINANCIERO, HASTA QUE DESCUBRIÓ QUIÉN HABÍA ROBADO MI HERENCIA Y QUÉ OCULTABA REALMENTE SU NOVIA EMBARAZADA.

Durante varios segundos nadie se movió.

Los dos investigadores federales avanzaron por el pasillo central mientras los invitados se apartaban en silencio.

Adrian seguía sosteniendo los documentos.

Sus ojos regresaban una y otra vez a la prueba de paternidad.

—Esto no puede ser cierto.

Miré a nuestra hija.

—Lo es.

—¿Cuándo lo supiste?

—Dos semanas después de que solicitaste el divorcio.

Su rostro se descompuso.

—¿Y no me dijiste?

Aquello casi me hizo reír.

—Intenté decírtelo.

Adrian abrió la boca.

—Te llamé tres veces. Te envié un correo. Incluso fui a tu oficina.

Mi abogado, Rebecca Sloan, abrió su carpeta.

—Tenemos constancia de los tres intentos.

Celeste dejó caer lentamente la mano que mantenía sobre su vientre.

Adrian la miró.

—Tú eras quien administraba mi correo y mi agenda.

Celeste palideció.

—Adrian, ahora no.

Pero Rebecca intervino.

—La señora Laurent también respondió al correo de Mia.

Sacó una copia.

Adrian leyó.

Su mandíbula se tensó.

—Aquí dice que yo no quería ningún contacto con ella.

—Exactamente —respondí—. Sólo que yo nunca recibí ese mensaje de ti.

Adrian levantó los ojos hacia Celeste.

—¿Lo escribiste tú?

—Estabas divorciándote de ella.

—¿LO ESCRIBISTE TÚ?

Celeste retrocedió.

Uno de los investigadores levantó una mano.

—Señor Vale, necesitamos que mantenga la calma.

Adrian parecía haber olvidado que estaba frente al altar.

—¿Sabías que estaba embarazada?

Celeste no contestó.

Y ese silencio respondió por ella.

La madre de Adrian se acercó.

—Esto es una trampa. Mia siempre ha querido destruir esta familia.

Me volví hacia ella.

—Hace ocho meses me llamó estéril.

Su mirada cayó sobre mi hija.

No respondió.

Rebecca tomó entonces el segundo documento.

—Y ahora podemos hablar del dinero.

Celeste respiró profundamente.

—No tengo nada que decir sin un abogado.

Uno de los investigadores asintió.

—Ese es su derecho.

La seguridad con la que lo dijo cambió completamente el ambiente.

Aquello ya no era un escándalo de boda.

Era una investigación.

Rebecca abrió los registros bancarios.

Mi abuelo había dejado un fideicomiso exclusivamente a mi nombre.

Durante nuestro matrimonio, Adrian tenía acceso limitado a una cuenta utilizada para gastos conjuntos.

Después de mi segundo aborto espontáneo, pasé meses funcionando como una sombra.

Fue entonces cuando comenzaron las transferencias.

Primero veinte mil dólares.

Después cuarenta y cinco mil.

Luego cantidades mucho mayores.

Siempre hacia sociedades cuyos nombres parecían empresas de inversión.

—¿Cuánto? —preguntó Adrian.

Rebecca lo miró.

—Hasta ahora hemos rastreado 2.8 millones de dólares.

Los invitados comenzaron a murmurar.

Adrian casi dejó caer los papeles.

—¿Dos millones ochocientos mil?

—Y seguimos investigando.

Me miró.

—Mia, yo no sabía…

—Tu firma aparece en algunas autorizaciones.

—Porque Celeste me daba documentos para firmar.

Todos miraron hacia la novia.

Celeste negó con la cabeza.

—No vas a echarme toda la culpa.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Qué significa eso?

Ella soltó una risa amarga.

—Significa que te encantaba no hacer preguntas mientras el dinero aparecía.

La expresión de Adrian cambió.

Y entonces comprendí algo.

Quizá no conocía todo el fraude.

Pero tampoco era completamente inocente.

—¿Qué compraste con mi dinero? —pregunté.

Adrian no respondió.

Rebecca sí.

—Parte del depósito de la casa de Montecito.

Sentí un frío extraño.

La casa donde Adrian pensaba vivir con Celeste.

—¿Algo más?

—El automóvil de Celeste. Varias inversiones. Y aproximadamente ciento noventa mil dólares relacionados con esta boda.

La madre de Adrian se llevó una mano al pecho.

Miré las rosas importadas, las lámparas, el vestido blanco y las mesas cubiertas de cristal.

Habían organizado la boda con dinero robado de mi herencia.

Celeste dio un paso hacia mí.

—¿Esto es lo que querías? ¿Humillarnos?

—No.

Miré a mi hija.

—Quería recuperar lo que le pertenece a ella.

Celeste soltó una carcajada.

—Siempre haces eso.

—¿Qué cosa?

—Actuar como si fueras la víctima perfecta.

Entonces Adrian se volvió hacia ella.

—Basta.

—¿Ahora la defiendes porque apareció con un bebé?

—Es mi hija.

—¡Ni siquiera sabías que existía!

—Porque tú lo ocultaste.

Celeste se quedó callada.

Adrian avanzó hacia ella.

—¿Qué más me ocultaste?

Por primera vez vi miedo verdadero en su rostro.

Uno de los investigadores intercambió una mirada con su compañero.

Rebecca también lo notó.

—Hay otra cuestión —dijo.

Celeste cerró los ojos.

Rebecca sacó un cuarto documento.

—Durante la investigación encontramos pagos médicos realizados desde una de las sociedades utilizadas para mover el dinero.

Adrian frunció el ceño.

—¿Pagos médicos?

—A una clínica privada de fertilidad.

La capilla quedó completamente silenciosa.

Adrian miró el vientre de Celeste.

—¿Qué significa eso?

Celeste respondió demasiado rápido.

—No significa nada.

Rebecca continuó.

—La clínica entregó documentación mediante requerimiento legal.

Celeste comenzó a caminar hacia la salida.

Uno de los investigadores se interpuso.

—Señora Laurent, todavía necesitamos hablar con usted.

Adrian le agarró suavemente el brazo.

—Celeste.

Ella se soltó.

—No me toques.

—¿Por qué pagaste una clínica de fertilidad con el dinero de Mia?

Celeste empezó a llorar.

Pero yo ya conocía esa expresión.

No eran lágrimas de tristeza.

Era pánico.

Rebecca me había contado aquella parte dos días antes del parto.

Y yo había decidido no utilizarla.

Hasta ahora.

—Díselo —murmuré.

Celeste me fulminó con la mirada.

—Cállate.

Adrian giró hacia mí.

—¿Decirme qué?

Miré a Rebecca.

Ella colocó el documento final sobre una mesa.

Adrian lo tomó.

Leyó lentamente.

Después volvió a leerlo.

Su rostro perdió hasta el último rastro de color.

—No.

Celeste comenzó a negar con la cabeza.

—Puedo explicarlo.

—¿Qué es esto?

—Adrian…

Golpeó el papel contra la mesa.

—¡¿QUÉ ES ESTO?!

La madre de Adrian tomó el documento.

Sus ojos se abrieron.

Porque el expediente no cuestionaba simplemente el embarazo.

Mostraba que Celeste había iniciado un tratamiento de fertilidad meses antes.

Y había una sección todavía más importante.

El material genético masculino utilizado no figuraba a nombre de Adrian Vale.

Los invitados empezaron a hablar todos al mismo tiempo.

Adrian retrocedió como si alguien lo hubiera golpeado.

—Me dijiste que era mío.

Celeste se llevó ambas manos al vientre.

—Lo es.

Rebecca habló con calma.

—Los documentos indican otra cosa.

Adrian levantó lentamente la mirada.

—Entonces ¿de quién es?

Celeste no respondió.

Pero uno de los investigadores abrió su propia carpeta.

—Precisamente ahí aparece otro problema.

Sacó una fotografía.

La puso sobre la mesa.

Vi a Celeste salir de un edificio junto a un hombre.

Adrian observó la imagen.

Primero confundido.

Después horrorizado.

Porque conocía al hombre.

Todos nosotros lo conocíamos.

Había estado sentado en la segunda fila durante toda la ceremonia.

Adrian giró lentamente.

Las cabezas de los invitados hicieron lo mismo.

El hombre ya no estaba en su asiento.

La silla estaba vacía.

Y entonces uno de los investigadores recibió una llamada.

Escuchó durante varios segundos.

Su expresión cambió.

—¿Cuándo?

Silencio.

—Entendido.

Colgó.

Después miró directamente a Celeste.

—Tenemos un problema.

Adrian apretó la fotografía.

—¿Qué pasó?

El investigador señaló la puerta abierta de la capilla.

—El hombre que aparece aquí acaba de intentar abandonar el país usando una identidad falsa.

Celeste cerró los ojos.

Y Adrian susurró:

—¿Quién es realmente el padre de ese bebé?

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