George seguía mirando a Camilla.
Nathan fue el primero en reaccionar.
—Papá, ¿qué estás diciendo?
George sacó su teléfono del bolsillo y lo dejó sobre la barra.
—Hace seis semanas encontré a Camilla en mi despacho.
Camilla retrocedió.
—Eso no demuestra nada.
—No he terminado.
Patricia se levantó bruscamente.
—George, estás confundiendo las cosas.
—No. Llevo meses fingiendo estar confundido para descubrir hasta dónde estabas dispuesta a llegar.
El silencio cayó sobre el restaurante.
George abrió una grabación.
La imagen provenía de una pequeña cámara instalada en su despacho.
Apareció Camilla entrando sola.
Abrió un cajón.
Sacó varios documentos.
Después se sentó frente al escritorio con una hoja que reconocí inmediatamente.
El acuerdo.
La vimos practicar la firma de Nathan varias veces en una hoja en blanco.
Nathan dejó de respirar por un instante.
Luego, finalmente, Camilla firmó el documento.
—Dios mío —murmuró.
Camilla palideció.
—Patricia me pidió que lo hiciera.
Mi suegra se volvió hacia ella.
—Cállate.
Aquella sola palabra destruyó cualquier posibilidad de que Camilla estuviera mintiendo.
Nathan miró a su madre.
—¿Tú organizaste esto?
—Intentaba protegerte.
—¿Protegiéndome de mi esposa?
Patricia me señaló.
—De una mujer que iba a quedarse con todo cuando naciera ese bebé.
Instintivamente puse una mano sobre mi vientre.
Nathan golpeó la barra.
—¡Emily es mi esposa!
—Precisamente.
Patricia habló con una tranquilidad que me produjo más miedo que sus gritos.
—Te casaste sin pensar. Luego ella quedó embarazada. Cada mes estabas más atado.
Me quedé mirándola.
De repente comprendí algo.
—Camilla no era el plan.
Patricia no respondió.
Miré a Camilla.
—Tú tampoco sabías todo.
Su expresión cambió.
Nathan parecía perdido.
—¿De qué están hablando?
Tomé las capturas que había fotografiado del teléfono de Camilla.
—Tu madre comenzó a preparar mi salida antes de que tú y Camilla empezaran a verse en febrero.
Miré a Patricia.
—Necesitabas una razón para destruir nuestro matrimonio.
George asintió lentamente.
—Eso mismo pensé.
Camilla empezó a llorar.
No sentí pena por ella.
Sabía que Nathan estaba casado.
Sabía que yo esperaba un hijo.
Pero empezaba a comprender que alguien había utilizado su arrogancia como herramienta.
—Patricia me dijo que Nathan quería dejarte —admitió—. Dijo que sólo necesitaba tiempo.
Nathan se volvió hacia ella.
—¿Y por eso empezaste conmigo?
—Tú también me buscaste.
Nathan cerró los ojos.
Aquello era cierto.
Patricia podía haber preparado el escenario, pero Nathan había decidido cruzar la puerta.
Y yo no iba a permitir que utilizara a su madre como excusa.
—No olvidemos algo —dije—. Nadie obligó a Nathan a engañarme.
Él bajó la mirada.
—Lo sé.
—Entonces no quiero escuchar que también eres una víctima.
George recogió el acuerdo falsificado.
—Esto no era solamente para separaros.
Sacó otro documento del sobre.
—Emily, necesitas ver esto.
Era una copia de una escritura.
Reconocí nuestra dirección.
La casa donde Nathan y yo vivíamos desde hacía cuatro años.
Habíamos creído que pertenecía a un fideicomiso de la familia Pembroke y que algún día pasaría a Nathan.
Pero el nombre del propietario era diferente.
George Pembroke Family Holdings LLC.
—¿Qué significa? —pregunté.
George señaló una cláusula.
—La propiedad debía transferirse a Nathan cuando naciera su primer hijo.
Patricia cerró los ojos.
Ahí estaba.
El verdadero motivo.
—Pero había una condición —continuó George—. Nathan debía seguir casado con la madre del niño en el momento de la transferencia.
Nathan levantó la cabeza.
—Nunca me dijiste eso.
—Tu madre administraba la documentación familiar.

George miró a Patricia.
—Y aparentemente decidió cambiar las reglas.
Sacó otra hoja.
Era una modificación reciente.
Si Nathan se separaba de mí antes del nacimiento y yo aceptaba voluntariamente una residencia alternativa, ciertos derechos relacionados con la propiedad quedarían bajo administración temporal.
Leí el nombre del administrador.
Patricia Pembroke.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
—Querías controlar la casa.
—Quería proteger el patrimonio de mi hijo.
—No.
George negó lentamente.
—Querías controlarlo tú.
Nathan parecía incapaz de apartar los ojos de los papeles.
—¿Todo esto era por una casa?
George soltó una risa amarga.
—No es sólo una casa.
Entonces dijo la cifra.
—La propiedad y los activos vinculados al fideicomiso superan los cuatro millones de dólares.
Camilla se dejó caer en una silla.
Ahora entendía por qué Patricia había sido tan amable con ella.
Camilla nunca iba a convertirse en la nueva señora Pembroke.
Había sido una pieza desechable.
Yo también.
Sólo que Patricia había cometido un error.
Había dejado demasiados documentos.
Demasiados mensajes.
Demasiadas firmas.
Saqué mi teléfono.
—Mañana hablaré con un abogado.
Patricia sonrió.
—Hazlo.
Su tranquilidad me hizo detenerme.
—¿Por qué sonríes?
—Porque sigues pensando que tienes poder aquí.
George la observó con atención.
—¿Qué hiciste?
Patricia tomó su bolso.
—Nada ilegal.
—Eso no fue lo que pregunté.
Ella me miró directamente.
—Emily debería revisar sus propias cuentas antes de contratar abogados caros.
Mi corazón dio un vuelco.
Saqué inmediatamente el teléfono.
Abrí nuestra cuenta conjunta.
Contraseña incorrecta.
Volví a intentarlo.
Nada.
Nathan tomó su teléfono.
—Yo tampoco puedo entrar.
Patricia caminó hacia la puerta.
George se interpuso.
—¿Dónde está el dinero?
—Pregúntale a tu hijo.
—Mamá, ¿qué hiciste?
Por primera vez, su sonrisa desapareció.
—Lo que tenía que hacer antes de que ella destruyera esta familia.
Nathan llamó al banco.
Mientras esperaba, mi teléfono vibró.
Era un correo automático.
Había sido enviado aquella mañana, pero había terminado en la carpeta de spam.
SOLICITUD DE CAMBIO DE BENEFICIARIO RECIBIDA.
Abrí el documento.
Mi nombre aparecía allí.
También mi número de identificación.
Y debajo había una firma electrónica.
Supuestamente mía.
Sentí que el bebé se movía dentro de mí.
—George.
Él vino hacia mí.
Le mostré la pantalla.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Emily, no toques nada.
Nathan colgó lentamente el teléfono.
—La cuenta está congelada.
—¿Por qué?
Me miró.
—El banco recibió una notificación de disputa patrimonial.
Patricia abrió la puerta.
Pero Camilla se levantó de repente.
—Espera.
Todos la miramos.
Tenía el teléfono entre las manos.
—Hay algo que no les he contado.
Patricia se quedó inmóvil.
Camilla tragó saliva.
—La noche que firmé el nombre de Nathan, Patricia no sólo me dio ese documento.
Buscó frenéticamente entre sus mensajes.
—Me mandó otro archivo.
Patricia avanzó hacia ella.
—No sabes de qué estás hablando.
Camilla retrocedió.
—Sí lo sé.
Me mostró la pantalla.
Era una fotografía tomada sobre el escritorio de Patricia.
Un documento legal.
En la parte superior aparecía mi nombre.
Debajo, el de mi hijo todavía no nacido.
Y en la última página figuraba una solicitud relacionada con la custodia que debía activarse inmediatamente después del parto.
Pero lo que hizo que Nathan se quedara completamente blanco fue la fecha.
El documento había sido preparado cinco meses antes de que Camilla y él comenzaran su aventura.
George levantó lentamente la mirada hacia su esposa.
—Patricia… ¿cuánto tiempo llevas planeando quitarle el bebé?
Mi suegra no respondió.
Entonces mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era mi obstetra.
Contesté.
—¿Doctora?
Hubo unos segundos de silencio.
—Emily, necesito que vengas mañana por la mañana. Alguien llamó hoy solicitando acceso a tu expediente médico y afirmó tener una autorización firmada por ti.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—Yo no autoricé a nadie.
La doctora guardó silencio antes de responder:
—Eso era precisamente lo que temía.