PARTE 2: MIENTRAS DIEGO SE IBA DE VACACIONES CON CAMILA, EL HOMBRE QUE SALVÓ MI VIDA ENCONTRÓ LA PRUEBA QUE PODÍA DESTRUIR TODO LO QUE ELLOS HABÍAN CONSTRUIDO.

Desperté diecisiete horas después.

Lo primero que sentí fue un dolor profundo en la pierna.

Lo segundo fue una mano sujetando la mía.

Mateo dormía sentado junto a la cama, todavía con ropa quirúrgica debajo de una chaqueta. Tenía la cabeza inclinada y una barba de dos días oscureciéndole el rostro.

Moví los dedos.

Él despertó inmediatamente.

—Valeria.

Intenté incorporarme.

—Mi pierna…

—Sigue contigo.

Cerré los ojos.

Mateo apoyó la frente contra mi mano.

—Estuviste demasiado cerca de perderla.

—Pero no la perdí.

—No.

Entonces levantó la mirada.

—Y tampoco vas a volver a la frontera.

Solté una risa débil.

—Eso no lo decides tú, coronel.

—Esta vez quizá sí.

Había algo extraño en su voz.

Antes de poder preguntarle, entró el coronel Esteban Aguirre, jefe de operaciones de nuestro sector, acompañado por dos oficiales que reconocí de inteligencia militar.

Aguirre dejó una carpeta sobre mi mesa.

—Mayor Rivas, necesito hacerle algunas preguntas sobre su antiguo traslado disciplinario.

Mi cansancio desapareció.

—¿Después de tres años?

—Precisamente por eso.

Mateo permaneció junto a mí.

Aguirre abrió la carpeta.

—Durante la investigación del ataque que sufrió su unidad encontramos inconsistencias en archivos antiguos relacionados con ejercicios operativos de la capital.

Sentí que el corazón me golpeaba más rápido.

—¿Qué inconsistencias?

Uno de los oficiales colocó una tableta frente a mí.

Aparecía el informe que Camila había modificado tres años atrás.

Pero debajo estaba la versión original.

Mi versión.

La que supuestamente había desaparecido.

—Recuperamos copias del servidor de respaldo —explicó—. El documento fue modificado diecinueve minutos después de que usted lo entregara.

—¿Desde qué cuenta?

El oficial me sostuvo la mirada.

—Desde las credenciales asignadas a Camila Nieve.

No sentí satisfacción.

Sólo un vacío enorme.

Tres años.

Tres años de puestos fronterizos, patrullas, inviernos y operaciones peligrosas porque nadie quiso dedicar veinte minutos a comprobar aquello.

—¿Diego sabía esto?

Aguirre cerró lentamente la carpeta.

—Eso estamos intentando determinar.

Pero había más.

Siempre había más.

El oficial deslizó otra hoja.

—La señorita Nieve presentó posteriormente documentación médica para justificar que la agresión sufrida había agravado una condición cardíaca preexistente.

Recordé inmediatamente las palabras de Diego en el aeropuerto.

Su enfermedad tardó años en estabilizarse por tu culpa.

—¿Y?

—El hospital que aparece en estos documentos no tiene registro de haber emitido ese diagnóstico.

Mateo se quedó completamente inmóvil.

Yo miré la hoja.

—¿Está diciendo que falsificó su expediente médico?

—Estoy diciendo que existen suficientes irregularidades para abrir una investigación formal.

Apreté los ojos.

Camila no sólo había mentido.

Había construido una historia completa para enterrarme.

Entonces recordé algo.

—Diego estaba presente cuando entregaron esos documentos.

Aguirre asintió.

—Lo sabemos.

—Él los presentó ante la junta.

—También lo sabemos.

La habitación quedó en silencio.

Mateo preguntó:

—¿Dónde está Salvatierra ahora?

Uno de los oficiales respondió:

—Fuera del país con la señorita Nieve.

Solté una risa amarga.

Claro.

Mientras ellos brindaban en algún hotel, finalmente estaban desenterrando la verdad que habían dejado pudrirse durante tres años.

Pero aquello todavía no explicaba por qué inteligencia militar estaba en mi habitación.

—Hay algo que no me están diciendo.

Aguirre me observó unos segundos.

Después sacó una fotografía.

Era Camila.

Entrando en un edificio administrativo.

Fecha: seis semanas antes.

—¿Qué es esto?

—La señorita Nieve nunca dejó de acceder a instalaciones vinculadas al mando de Salvatierra.

—Es su prometida.

—No tiene autorización para entrar en determinadas áreas.

Sentí un escalofrío.

El oficial cambió la imagen.

Otra fotografía.

Camila entregando un sobre a un hombre.

—¿Quién es él?

—Eso forma parte de una investigación distinta.

Mateo dio un paso hacia la cama.

—Esteban.

El coronel Aguirre lo miró.

Algo pasó entre ellos.

Entonces comprendí que Mateo sabía más de lo que había dicho.

—Mateo.

Él suspiró.

—Durante tu cirugía encontraron un fragmento metálico incrustado cerca de la lesión principal.

—Me alcanzó la explosión.

—Sí. Pero el análisis preliminar indica que el ataque contra tu convoy pudo no haber sido aleatorio.

Sentí que el aire desaparecía.

—Había civiles.

—Lo sé.

—Dos niños.

—Lo sé, Valeria.

Aguirre intervino.

—Alguien conocía la ruta de evacuación.

Me quedé mirándolo.

Aquella ruta había cambiado esa misma mañana.

Muy pocas personas tenían acceso.

—¿Está diciendo que hubo una filtración?

—Estamos diciendo que debemos investigarlo.

Pensé inmediatamente en Diego.

Después odié haberlo pensado.

Podía haber sido arrogante.

Cobarde.

Injusto conmigo.

Pero aquello era diferente.

Aquello significaba poner vidas en peligro.

—No creo que Diego hiciera eso.

Aguirre respondió:

—Nosotros tampoco estamos afirmándolo.

Entonces señaló la fotografía de Camila.

—Pero alguien cercano a él obtuvo información que no debía tener.

Tres días después pude caminar cinco pasos con ayuda.

Mateo estuvo allí en cada uno.

Cuando casi caí en el tercero, me sostuvo por la cintura.

—No tienes que demostrarme nada.

—Odio que digas eso.

—Por eso lo digo.

Sonreí por primera vez.

Mateo nunca me había salvado como si yo fuera débil.

Me ayudaba a levantarme porque sabía que quería volver a caminar sola.

Esa era la diferencia.

Aquella tarde, mientras descansábamos, mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Abrí el mensaje.

Diego Salvatierra: “Me dijeron que estás preguntando por Camila. Detente.”

Mateo vio mi expresión.

—¿Qué ocurre?

Le mostré la pantalla.

Llegó otro mensaje.

“Lo del aeropuerto fue desagradable, pero no conviertas tu resentimiento personal en una acusación profesional.”

No respondí.

Captura de pantalla.

Guardar.

Enviar a Aguirre.

Diego todavía creía que estaba hablando con la Valeria de tres años atrás.

La que necesitaba convencerlo.

Ya no.

Dos días después, regresó a la capital.

No vino solo.

Camila estaba con él.

Y antes de presentarse ante la comisión investigadora, Diego apareció directamente en mi habitación.

Mateo estaba ajustando mi férula cuando se abrió la puerta.

Diego se detuvo.

Sus ojos bajaron hacia la mano de Mateo sobre mi pierna.

Luego subieron hasta mi rostro.

—¿Quién es él?

Mateo ni siquiera se giró.

—El médico que consiguió que ella conservara la pierna mientras usted estaba de vacaciones.

Diego endureció la mandíbula.

—Quiero hablar con Valeria a solas.

—No —respondí.

Fue la primera vez que pareció comprender que ya no podía darme órdenes.

Entonces vio nuestras manos.

Mateo había entrelazado sus dedos con los míos.

—¿Qué significa esto?

Lo miré tranquilamente.

—Mateo es mi pareja.

Diego se quedó pálido.

Durante tres años no había preguntado una sola vez cómo vivía yo.

Ahora parecía ofendido porque había aprendido a vivir sin él.

Pero antes de que pudiera hablar, el coronel Aguirre apareció en la puerta acompañado por dos oficiales.

Camila estaba detrás de ellos.

Ya no sonreía.

Aguirre levantó una carpeta sellada.

—Comandante Salvatierra, señorita Nieve, necesitamos que ambos nos acompañen.

Diego frunció el ceño.

—¿Por qué?

Aguirre me miró primero.

Después abrió la carpeta.

—Porque acabamos de recuperar el registro de acceso al archivo que contenía la ruta exacta del convoy de la mayor Rivas el día del ataque.

Camila retrocedió.

Sólo medio paso.

Pero todos lo vimos.

Diego se giró hacia ella.

—Camila…

Ella negó rápidamente.

—No sé de qué hablan.

Aguirre colocó una fotografía sobre la mesa.

Era una captura de seguridad.

Fecha y hora claramente visibles.

La persona frente al terminal era Camila.

Y en su mano llevaba una tarjeta de acceso.

Diego miró la imagen.

Después miró su propio bolsillo.

Su rostro cambió.

Porque finalmente entendió de quién era aquella tarjeta.

Era la suya.

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