PARTE 2: MIENTRAS MI ESPOSO ESPERABA QUE VOLVIERA PARA CUIDARLO, YO DESCUBRÍ EN PARÍS QUE HABÍA GASTADO NUESTRO DINERO EN SU AMANTE Y PREPARÉ EL DIVORCIO QUE JAMÁS CREYÓ QUE ME ATREVERÍA A PEDIR.

Cuando Gabriel despertó, yo llevaba casi cuatro horas en París.

Lo supe porque tenía veintisiete llamadas perdidas.

Las primeras eran del hospital.

Después aparecieron las de Isabella.

Y finalmente, las de Gabriel.

No respondí ninguna.

Desde la ventana del pequeño hotel donde me hospedaba podía ver los tejados húmedos bajo un cielo gris. Había viajado tantas veces a París por trabajo que conocía perfectamente aquella vista, pero esa mañana parecía diferente.

Por primera vez en seis años, nadie sabía dónde estaba exactamente.

Ni Gabriel.

Ni Isabella.

Ni su madre.

Sólo mi abogada, Rebecca.

Su llamada llegó mientras yo todavía deshacía la maleta.

—Clara, encontré algo.

Me senté.

—Dime.

—Gabriel lleva aproximadamente dieciocho meses moviendo dinero desde una cuenta conjunta hacia otra cuenta que no conocías.

No sentí sorpresa.

Sólo una especie de cansancio profundo.

—¿Cuánto?

Rebecca guardó silencio un segundo.

—Hasta ahora, ciento ochenta y siete mil dólares.

Cerré los ojos.

—¿Y el dinero fue para Isabella?

—Parte sí.

Había pagos de alquiler.

Viajes.

Restaurantes.

Joyas.

El bolso de doscientos sesenta mil que Isabella presumía en Instagram no había sido comprado por ninguna amiga.

Gabriel lo había pagado utilizando fondos provenientes de una inversión que habíamos construido juntos.

Pero Rebecca todavía no había terminado.

—También encontramos pagos relacionados con un apartamento.

Abrí los ojos.

—¿Qué apartamento?

Me envió una dirección.

Era un edificio de lujo a menos de quince minutos del hospital.

El contrato estaba a nombre de Isabella Lane.

Los depósitos provenían de Gabriel.

Recordé todas aquellas noches en las que me había escrito:

Cirugía complicada. Dormiré en el hospital.

Y sentí vergüenza.

No porque él hubiera mentido.

Sino porque durante demasiado tiempo yo había querido creerle.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Gabriel.

Esta vez contesté.

—Clara.

Su voz sonaba débil y furiosa al mismo tiempo.

—¿Dónde estás?

Miré la Torre Eiffel a lo lejos.

—París.

Hubo un silencio.

—¿Qué?

—Estoy en París.

—¿Te volviste loca?

Me reí suavemente.

—No. Creo que precisamente se me pasó.

Gabriel respiró con dificultad.

—Estoy hospitalizado.

—Lo sé.

—No puedo levantarme solo.

—Qué pena.

—Clara.

Su tono cambió.

Ese tono autoritario que utilizaba cuando esperaba que todos obedecieran.

—Regresa.

—No.

Silencio.

—Soy tu esposo.

—También eras mi esposo cuando te pusiste delante de un cuchillo por Isabella.

—¡Le iban a hacer daño!

—Y decidiste que tu vida valía menos que la de ella.

No respondió.

Entonces pregunté:

—¿Dónde está Isabella?

—Eso no importa.

—Déjame adivinar. Se fue.

Otro silencio.

Sonreí.

Había acertado.

—Dijo que necesitaba descansar —murmuró.

No pude evitar reírme.

El gran amor por el que Gabriel había arriesgado la vida no podía soportar verlo conectado a tubos.

—Entonces llama a la mujer por la que casi moriste.

—Clara, basta.

—Pídele que te dé de comer.

—Te estoy diciendo que regreses.

—Pídele que te limpie.

—¡CLARA!

Aparté el teléfono de mi oído.

Cuando volvió a hablar, su voz había perdido autoridad.

—Por favor.

Aquella palabra casi consiguió conmoverme.

Casi.

Entonces recordé su mano sujetando mi muñeca antes del quirófano.

Isabella es muy frágil.

Yo había sido suficientemente fuerte para soportarlo todo.

Y precisamente por eso Gabriel creyó que podía seguir lastimándome.

—Rebecca te enviará unos documentos —dije.

—¿Qué documentos?

—Divorcio.

La línea quedó completamente muda.

—No bromees.

—No estoy bromeando.

—Por una estupidez con Isabella vas a destruir seis años de matrimonio.

Miré los documentos financieros abiertos en mi computadora.

—No, Gabriel. Tú llevas dieciocho meses destruyéndolos.

Colgué.

Tres minutos después comenzaron los mensajes.

Primero rabia.

Después amenazas.

Finalmente promesas.

No respondí.

Durante los dos días siguientes, Rebecca continuó investigando.

Cada descubrimiento era peor.

Gabriel había pagado cursos privados de Isabella.

Había financiado vacaciones.

Incluso había recomendado su nombre para una residencia especializada sin revelar al comité la verdadera naturaleza de su relación.

Eso convertía un adulterio privado en un posible problema profesional.

Pero había algo que todavía no entendíamos.

Faltaban casi cuatrocientos mil dólares.

El dinero había salido de una cuenta de inversión seis meses antes.

Rebecca no encontraba su destino.

Hasta la tercera mañana.

Me llamó antes de las siete.

—Encontramos una empresa.

—¿De Gabriel?

—Formalmente no.

La propietaria registrada era Isabella.

Sentí frío.

La empresa había comprado una propiedad.

No un apartamento.

Una casa.

Y la fecha de adquisición hizo que me quedara mirando la pantalla.

Había ocurrido exactamente una semana después de nuestro aniversario.

La misma semana en la que Gabriel me había regalado flores y me había prometido que algún día compraríamos una casa más grande.

—¿Usó nuestro dinero?

—Eso parece.

—Congela todo lo que legalmente podamos congelar.

Rebecca hizo una pausa.

—Clara, hay otra cosa.

Me envió un documento.

Lo abrí.

Era una solicitud bancaria.

Reconocí inmediatamente mi nombre.

Clara Whitman Hayes.

Debajo aparecía mi firma.

Pero yo jamás había firmado aquello.

—Rebecca…

—Lo sé.

—Eso no es mío.

—Entonces ya no estamos hablando únicamente de infidelidad y ocultación de bienes.

Miré fijamente la firma falsificada.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Gabriel.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después apareció un mensaje.

Clara, tenemos que hablar antes de que hagas algo de lo que te arrepientas.

Tomé una captura.

Se la envié a Rebecca.

Su respuesta llegó inmediatamente.

No le digas todavía que encontramos la firma.

Aquella misma tarde regresé a Nueva York.

Pero no fui a casa.

Rebecca había organizado una reunión para la mañana siguiente.

Cuando entré en su despacho, había dos abogados más sentados junto a ella.

Sobre la mesa descansaban carpetas llenas de estados bancarios, fotografías y documentos.

—Tenemos suficiente para empezar —dijo Rebecca—. Pero necesitas ver algo antes.

Abrió una computadora.

—Recuperamos correos asociados con la empresa de Isabella.

Apareció una conversación entre Gabriel e Isabella.

Leí lentamente.

Hablaban de dinero.

De la casa.

De mí.

Entonces encontré un correo enviado apenas tres semanas antes de la puñalada.

Isabella preguntaba:

¿Cuándo vas a decírselo?

Gabriel había respondido:

Después de que termine el trámite. Clara siempre firma lo que le pongo delante.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—¿Qué trámite?

Rebecca deslizó hacia mí la última carpeta.

—Eso es lo que necesitamos averiguar.

En ese momento sonó mi teléfono.

No era Gabriel.

Era el director médico del hospital.

Contesté.

—¿Señora Hayes?

—Sí.

Su voz era extremadamente seria.

—Necesitamos que venga al hospital.

—¿Gabriel empeoró?

—No se trata exactamente de su estado médico.

Miré a Rebecca.

—Entonces, ¿de qué se trata?

El hombre respiró profundamente.

—Esta mañana encontramos a la doctora Isabella Lane intentando retirar varios documentos del despacho de su esposo.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono.

—¿Qué documentos?

Hubo una pausa.

—Expedientes administrativos, contratos y una carpeta que contiene información a su nombre.

Me puse de pie.

Pero antes de que pudiera responder, el director añadió:

—Señora Hayes, hay algo más.

Miré nuevamente aquella firma falsa sobre la mesa.

—Dígame.

—Cuando seguridad detuvo a Isabella, ella dijo que Gabriel le había ordenado destruirlos.

Y entonces pronunció las palabras que hicieron que Rebecca cerrara inmediatamente su computadora.

—También afirmó que usted nunca debía descubrir lo que su esposo había preparado para después de su muerte.

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