—¡Mírame y dime que esa niña no es mía!
Todo el restaurante quedó en silencio.
Miré su mano alrededor de mi muñeca.
—Suéltame.
Sebastian obedeció.
Luna frunció el ceño.
—Tío, no puedes agarrar así a mi mami.
Él palideció todavía más.
Me masajeé la muñeca.
—Luna no es tu hija.
—Clara…
—Es mi sobrina.
Sebastian quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Mi hermana murió cuatro años atrás. Luna tenía tres meses. Soy su tutora legal.
Luna levantó un dedo.
—En casa le digo tía.
Después añadió orgullosamente:
—Pero afuera le digo mami para espantar tíos molestos.
Alguien en una mesa cercana soltó una carcajada.
Jason bajó la cabeza para ocultar la suya.
Sebastian parecía querer desaparecer.
—Entonces…
—No tenemos una hija secreta.
Tomé mi vaso.
—Puedes respirar.
Pero Sebastian no se marchó.
—¿Tu hermana murió?
Asentí.
Su expresión cambió.
—¿Por qué nunca me enteré?
Aquello sí consiguió enfadarme.
—Porque habíamos terminado.
—Podrías haberme llamado.
Lo miré incrédula.
—¿Después de decirme que estabas cansado de jugar conmigo?
Sebastian abrió la boca.
—Yo dije eso porque tú me abandonaste sin explicación.
—¿Sin explicación?
Cuatro años de silencio explotaron dentro de mí.
—Tenías una prometida.
Su rostro se congeló.
—¿Qué prometida?
—Isabella Lin.
Sebastian tardó varios segundos en responder.
Entonces se pasó una mano por el rostro.
—Clara, Isabella nunca fue mi prometida.
Ahora fui yo quien se quedó callada.
—Nuestras familias querían comprometernos desde adolescentes. Ella y yo nos negamos. Cuando regresó del extranjero ya estaba comprometida con otra persona.
Sentí un vacío en el estómago.
—Escuché a tu madre decir que cuando Isabella regresara todo volvería a su lugar.
—Porque quería que ocurriera.
Sebastian me miró.
—Yo llevaba meses peleando con mi familia precisamente porque quería casarme contigo después de graduarnos.
El ruido del restaurante pareció desaparecer.
—¿Entonces por qué nunca me dijiste nada?
—Por la misma razón por la que tú nunca me preguntaste.
Nos quedamos mirándonos.
Cuatro años.
Habíamos perdido cuatro años por orgullo, secretos familiares y dos personas demasiado jóvenes para hacer una pregunta sencilla.
Pero aquello no significaba que pudiéramos borrar el tiempo.
Sebastian parecía pensarlo también.
—Fui a buscarte después de volver del extranjero.
—¿Qué?
—Seis meses después. Pero ya no vivías en la dirección que conocía.
Claro.
Después del accidente nos habíamos mudado con mis padres.
—Pensé que habías rehecho tu vida —continuó—. Después me incorporé definitivamente al grupo.
Miró a Luna.
—Y hoy pensé…
—Que habías descubierto una hija secreta en diez segundos.
Por primera vez sonrió.
—No fue mi momento más brillante.
Luna tiró de mi manga.
—Tía.
La miré.
—¿Ya puedo decirle tío molesto?
Jason volvió a reír.
Sebastian cerró los ojos.
—Me lo merezco.
Aquella noche hablamos durante dos horas.
No volvimos juntos.
Eso habría sido demasiado fácil.
Yo ya no era la universitaria que organizaba su futuro alrededor de Sebastian Fu.
Tenía una carrera.
Una niña.
Una familia que dependía de mí.
Y él también era diferente.
Antes de despedirnos preguntó:
—¿Puedo volver a verte?
—Por trabajo, seguramente.
—No preguntaba por trabajo.
Lo miré.
—Entonces tendrás que empezar desde cero.
Sebastian asintió.
Y, sorprendentemente, eso hizo.
No apareció con flores gigantes.
No intentó utilizar dinero.
No exigió recuperar “lo que habíamos perdido”.
Empezó con café.
Después conversaciones.
Conoció a mis padres.
Visitó la tumba de mi hermana conmigo y permaneció en silencio mientras Luna dejaba flores para sus padres.
También tuvo que superar el interrogatorio más difícil.
El de Luna.
—¿Quieres ser novio de mi tía?
Sebastian casi se atragantó.
—Algún día, si ella quiere.
Luna lo examinó.

—¿Tienes prometida?
Yo escupí el café.
Sebastian respondió muy serio:
—No.
—¿Seguro?
—Completamente.
—Bien.
Luna señaló su plato.
—Entonces puedes darme tu pastel.
Un año después, nuestro estudio firmó un importante contrato con una plataforma financiada parcialmente por el grupo Fu.
Me preocupaba que Sebastian hubiera intervenido.
Revisé todo.
No lo había hecho.
—Sabía que lo comprobarías —dijo.
—Entonces sabes que no necesito que me abras puertas.
—Lo sé.
Sonrió.
—Eso es precisamente lo que admiro de ti.
Fue entonces cuando comprendí que quizá sí podíamos intentarlo.
No recuperar la relación universitaria.
Construir otra.
Más adulta.
Sin suposiciones.
Sin decisiones tomadas por familias.
Sin esperar que el otro adivinara lo que nunca nos atrevíamos a decir.
Meses después, Sebastian me llevó al mismo campus donde nos habíamos despedido.
—Esta vez tengo una pregunta.
—Hazla.
—¿Quieres que vuelva a formar parte de tu vida?
No hubo anillo.
No hubo promesas enormes.
Solo una pregunta.
La que cuatro años atrás ninguno de los dos había sabido hacer.
Le tomé la mano.
—Sí.
Luna, escondida detrás de un árbol con mis padres, salió corriendo.
—¡Entonces ya puedo llamarlo papá!
Sebastian casi tropezó.
Yo me eché a reír.
—No tan rápido.
Luna suspiró dramáticamente.
—Los adultos complican todo.
En eso tenía razón.
Cuatro años antes había dejado a Sebastian porque creía que ya conocía toda la verdad.
Cuatro años después él creyó que Luna era su hija por exactamente el mismo error.
Los dos habíamos confundido una conclusión con una conversación.
Esta vez decidimos hacerlo diferente.
Preguntar.
Escuchar.
Y no volver a perder años enteros por las palabras que ninguno tuvo el valor de decir.