PARTE 2: ADRIAN SE BURLÓ DE LA “FLOR DÉBIL” QUE TENÍA POR ESPOSA, HASTA QUE VIO OCHO VEHÍCULOS NEGROS DETENERSE FRENTE A SU CASA Y DESCUBRIÓ A QUIÉN HABÍA ESTADO HUMILLANDO DURANTE TRES AÑOS.

Isabella no regresó a casa aquella noche.

No porque estuviera huyendo.

Sino porque ya no consideraba aquel lugar su hogar.

Desde una habitación privada del club King, abrió su computadora y empezó a desmontar tres años de matrimonio con la misma precisión con la que antes preparaba una operación.

Primero separó sus cuentas.

Después llamó a su abogado.

Finalmente retiró del apartamento todo lo que realmente le pertenecía.

No había mucho.

Durante tres años había reducido su vida para caber dentro de la idea que Adrian tenía de una esposa perfecta.

A las siete de la mañana recibió su primer mensaje.

Adrian:

¿Dónde estás?

A las siete y doce:

Isabella, necesito mi uniforme gris.

A las siete y veintiséis:

Serena viene a desayunar con el equipo. ¿Dejaste algo preparado?

Isabella contempló la pantalla.

Luego soltó una carcajada.

Ni siquiera había notado que su esposa no había dormido en casa.

Lo que le preocupaba era el desayuno.

No respondió.

A las diez, Adrian llamó.

—¿Dónde demonios estás?

—Ocupada.

Hubo un silencio.

Probablemente era la primera vez en tres años que Isabella le respondía así.

—¿Ocupada haciendo qué?

Ella miró a través de la ventana.

Abajo, varios hombres cargaban sus maletas en vehículos negros.

—Preparándome para volver a casa.

Adrian soltó un suspiro irritado.

—Isabella, deja el drama. Mi madre viene esta noche. Regresa antes de las seis y prepara la cena.

—No.

—¿Qué dijiste?

—Dije que no.

Colgó.

Veinte minutos después, Serena le envió un mensaje.

Adrian dice que estás molesta. No deberías hacerle pagar por no comprender nuestro trabajo. Algunas mujeres simplemente no están hechas para soportar hombres como él.

Isabella leyó aquello dos veces.

Después respondió únicamente:

Estoy de acuerdo.

Serena tardó varios segundos.

Me alegra que finalmente lo entiendas.

Isabella sonrió.

Serena tampoco había entendido nada.

Al día siguiente, Isabella regresó al apartamento.

No llevaba delantal.

Vestía un traje oscuro perfectamente cortado, botas negras y el cabello recogido.

Adrian estaba en la sala.

Serena también.

Él la recorrió con la mirada.

—¿Qué llevas puesto?

—Ropa.

—Pareces otra persona.

Isabella dejó una carpeta sobre la mesa.

—Quizá porque nunca conociste a la persona con la que te casaste.

Adrian abrió la carpeta.

Su expresión cambió.

—¿Documentos de divorcio?

—Exactamente.

Serena apartó la mirada, pero Isabella alcanzó a notar la pequeña sonrisa que intentó esconder.

Adrian, en cambio, se rio.

—¿Vas a divorciarte porque hice un comentario con mis compañeros?

—No.

Isabella lo miró tranquilamente.

—Me divorcio porque durante tres años convertí el amor en una excusa para tolerar tu falta de respeto.

Él cerró la carpeta.

—¿Y qué harás después?

La pregunta salió acompañada de aquella misma superioridad.

—No tienes carrera. No tienes ingresos propios. Ni siquiera conoces a nadie fuera de mi círculo.

Serena intervino suavemente:

—Adrian, no seas cruel.

Pero él continuó.

—Estoy intentando hacerla entrar en razón. El mundo real no funciona como tu cocina, Isabella.

Ella casi sintió lástima.

—Tienes razón.

Entonces sonó un motor afuera.

Después otro.

Y otro.

Adrian caminó hacia la ventana.

Ocho vehículos negros acababan de detenerse frente al edificio.

Hombres con trajes oscuros bajaron simultáneamente.

Serena se puso de pie.

Su expresión profesional sustituyó inmediatamente aquella sonrisa.

—Adrian.

—Los veo.

El ascensor privado sonó menos de un minuto después.

La puerta se abrió.

El primero en entrar fue Marcus King.

Hermano mayor de Isabella.

Alto, traje negro, una cicatriz fina junto a la mandíbula.

Detrás de él llegaron sus otros hermanos.

Uno.

Dos.

Tres.

Hasta ocho.

Adrian frunció el ceño.

—¿Quiénes son ustedes?

Marcus ni siquiera lo miró.

Fue directamente hacia Isabella.

Y ante los ojos de Adrian y Serena, el hombre al que media costa del Mississippi conocía por su reputación inclinó respetuosamente la cabeza.

—Jefa.

El silencio fue absoluto.

Adrian miró a Isabella.

Luego a Marcus.

—¿Qué acabas de llamarla?

Marcus finalmente lo observó.

—¿En serio nunca investigaste a tu propia esposa?

Serena palideció primero.

—King…

Sus ojos se clavaron en Isabella.

—¿Isabella King?

Marcus sonrió sin humor.

—Al menos una de ustedes sabe leer informes.

Adrian negó lentamente.

—No. Su apellido es Hayes.

—El apellido de mi madre —dijo Isabella—. King es el de mi padre.

Serena retrocedió medio paso.

Había oído ese nombre.

Todo el mundo relacionado con seguridad federal lo había oído.

Los King controlaban una enorme red de empresas de transporte, seguridad privada, puertos y propiedades en varios estados del sur.

Y su influencia llegaba mucho más lejos de lo que aparecía públicamente.

Adrian volvió a mirar a su esposa.

—¿Por qué nunca me dijiste?

La pregunta hizo reír a Isabella.

—¿Cuándo debía hacerlo? ¿Mientras me explicabas que Serena era más inteligente que yo? ¿Cuando faltaste al funeral de mis padres? ¿O cuando dijiste delante de tus compañeros que sin ti no sabría sobrevivir?

Adrian abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Marcus señaló la carpeta.

—¿Ya firmó?

—Todavía no.

—Entonces tenemos un avión esperando.

Adrian reaccionó.

—Isabella no se va a ninguna parte.

Los ocho hermanos lo miraron.

Isabella levantó una mano.

Nadie se movió.

Ese pequeño gesto fue suficiente para que Adrian entendiera algo todavía peor:

ellos no habían venido a rescatarla.

Habían venido porque obedecían sus órdenes.

Isabella recogió la carpeta.

—Tienes setenta y dos horas para que tu abogado responda.

Pasó junto a Adrian.

Entonces Serena dijo:

—Espera.

Isabella se volvió.

Serena había recuperado parte de su seguridad.

—Si realmente eres quien dices ser, sabes que algunas actividades de tu familia han estado bajo investigación.

Marcus dio un paso adelante.

Isabella lo detuvo con una mirada.

—¿Eso es una amenaza, agente Frost?

—Es una advertencia.

Isabella sonrió.

—Entonces deberías haber investigado mejor antes de sentarte sobre las piernas de mi esposo.

Serena se puso roja.

Pero Isabella todavía no había terminado.

—Y quizá deberías revisar quién financió la operación que permitió que tu unidad regresara viva hace dieciocho meses.

Serena se quedó inmóvil.

Adrian también.

Isabella caminó hacia el ascensor.

Antes de entrar, se volvió por última vez.

—Adrian.

Él levantó la mirada.

Por primera vez no había desprecio en sus ojos.

Había miedo.

—Me llamaste enredadera porque pensabas que necesitaba apoyarme en ti.

Las puertas empezaron a cerrarse.

—Ahora descubrirás quién estaba sosteniendo realmente a quién.

Tres días después, Adrian recibió una llamada de su superior.

—Preséntate inmediatamente.

Cuando llegó al cuartel, Serena ya estaba allí.

Sobre la mesa había varias carpetas clasificadas.

El comandante no les pidió que se sentaran.

—Tenemos un problema.

Empujó una fotografía hacia Adrian.

Era Isabella.

Pero no la Isabella del delantal.

Vestía uniforme táctico y estaba rodeada por hombres que Adrian reconoció como integrantes de una operación internacional realizada años atrás.

—Señor —murmuró—, ¿qué significa esto?

El comandante lo miró fijamente.

—Significa que su esposa no sólo ocultó quién era.

Abrió otra carpeta.

—También significa que alguien dentro de esta unidad estuvo filtrando información sobre ella durante los últimos seis meses.

Serena perdió el color.

Adrian sintió un frío recorrerle la espalda.

—¿Quién?

El comandante deslizó sobre la mesa una hoja con registros de comunicaciones.

Adrian reconoció inmediatamente uno de los números.

Era el teléfono de Serena.

Pero debajo aparecía otro número.

Uno que Adrian conocía todavía mejor.

Porque pertenecía a alguien que había estado entrando en su casa durante años.

El comandante levantó la mirada.

—Antes de preguntarle a su esposa quién es realmente, agente Cole…

Hizo una pausa.

—Quizá debería preguntarse quién utilizó su matrimonio para acercarse a ella.

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