PARTE 2: ALEJANDRO CREYÓ QUE EL MAR ME HABÍA QUITADO PARA SIEMPRE, PERO LA VERDAD SOBRE LUNA DESTRUYÓ SU BODA ANTES DE QUE PUDIERA DECIR “ACEPTO”.

No recuerdo el momento en que salí del agua.

Solo voces.

Una luz blanca.

Alguien diciendo:

—Todavía respira.

Un pescador me había encontrado cerca de la costa y había pedido ayuda.

Cuando desperté horas después en el hospital, había una enfermera junto a mí.

—Está a salvo.

Cerré los ojos.

Entonces escuché aquella voz otra vez.

“Anfitriona.”

El sistema.

“Proceso de eliminación interrumpido.”

—¿Por qué?

Silencio.

Después apareció una frase delante de mí.

“ÍNDICE EMOCIONAL DEL OBJETIVO: 100%.”

Me quedé inmóvil.

Alejandro finalmente había alcanzado el nivel que el sistema llevaba siete vidas exigiéndome conseguir.

Precisamente cuando yo ya no quería nada de él.

Mientras tanto, su boda se había convertido en un desastre.

Su asistente había encontrado mis pertenencias cerca de la playa.

Entre ellas estaban los documentos del crematorio.

Nombre:

Luna Rivas.

Padre:

Alejandro Rivas.

Fecha de fallecimiento:

tres días antes.

Cuando Alejandro vio aquello, abandonó el altar.

—¿Qué significa esto?

Clara palideció.

—Alejandro…

—¡¿Dónde está Luna?!

Nadie respondió.

Entonces comprendió.

Su hija había muerto.

Y nadie se lo había dicho.

Pero Clara sí lo sabía.

Su asistente encontró mensajes que ella había enviado al equipo médico después de la intervención.

“Mateo está estable. No le digan nada a Alejandro sobre la niña hasta después de la boda.”

Alejandro la miró como si nunca la hubiera visto.

—¿Sabías que murió?

Clara empezó a llorar.

—Tenías que concentrarte en Mateo.

—Luna era mi hija.

—¡Tú elegiste salvar a Mateo!

Aquella frase silenció el salón.

Porque era verdad.

Clara había ocultado información.

Había presionado.

Había manipulado.

Pero la decisión de ignorar mis súplicas había sido de Alejandro.

No podía colocar toda su culpa sobre ella.

La boda terminó allí.

Después llegaron más preguntas.

Una revisión independiente del expediente médico reveló que la situación había sido mucho más compleja de lo que Alejandro me había contado.

Existían riesgos graves para Luna.

Había alternativas para Mateo que debían haberse discutido con más cuidado.

Y, sobre todo, nadie tenía derecho a convertir mi negativa en algo irrelevante simplemente porque Alejandro tenía dinero e influencia.

Comenzaron investigaciones sobre cómo se obtuvieron las autorizaciones y qué ocurrió alrededor del procedimiento.

Alejandro empezó a buscarme.

No sabía que estaba viva.

Hasta que apareció en mi habitación del hospital.

Se quedó detenido en la puerta.

Su rostro parecía haber envejecido diez años.

—Sofía.

No respondí.

Dio un paso.

—Pensé que habías muerto.

—Luna sí murió.

Se quedó quieto.

—Yo no sabía…

—Sabías que podía pasar.

—Clara me aseguró…

—No.

Mi voz salió sorprendentemente firme.

—No hagas eso.

Me miró.

—Clara mintió. Pero tú elegiste no escucharme.

Alejandro comenzó a llorar.

Durante siete vidas había imaginado aquel momento.

Él arrepentido.

Él necesitándome.

Él diciendo mi nombre como si perderme fuera insoportable.

Ahora no sentía nada.

Entonces el sistema habló.

“Misión completada.”

Casi me reí.

Qué ironía.

Alejandro finalmente me amaba cuando yo había dejado de amarlo.

“Recompensa disponible: retorno al mundo original.”

Miré hacia la ventana.

—¿Y Luna?

No hubo respuesta durante varios segundos.

“Su existencia pertenece a este mundo. Su memoria puede acompañarte.”

Eso era suficiente.

Alejandro se acercó.

—Déjame arreglarlo.

—No puedes.

—Haré lo que sea.

—Entonces empieza por responder por tus decisiones.

Le pedí que se marchara.

Antes de abandonar el hospital, dejé una carta.

No era una despedida desesperada.

Era una explicación.

“Clara te mintió.

Pero tú decidiste que mi voz valía menos.

No conviertas ahora tu arrepentimiento en otra forma de perseguirme.

Haz algo útil con él.

Recuerda a Luna.

Y aprende que amar a alguien nunca significa tener derecho a decidir por ella.”

Después acepté la recompensa.

La habitación desapareció.

Cuando abrí los ojos nuevamente, estaba en mi mundo original.

La vida que había dejado siete misiones atrás.

Para todos los demás apenas había pasado tiempo.

Para mí habían sido siete vidas.

No conservaba la urna.

Pero sí recordaba cada detalle de Luna.

Su manta amarilla.

Sus pequeños dedos.

Sus ojos curvándose cuando sonreía.

Nunca permití que el sistema me enviara otra misión.

En el otro mundo, Alejandro canceló definitivamente su relación con Clara.

No hubo final feliz para ellos.

Tampoco una venganza espectacular.

Hubo investigaciones.

Consecuencias.

Y un padre obligado a vivir sabiendo que había comprendido el valor de su hija demasiado tarde.

Años después, financió una organización dedicada a proteger a familias vulnerables frente a decisiones médicas coercitivas.

La llamó Luna.

Yo nunca lo supe.

Y tampoco necesitaba saberlo.

Durante siete vidas, el sistema me había enseñado que mi existencia dependía de conseguir que Alejandro Rivas me amara.

Estaba equivocado.

Mi última misión no terminó cuando Alejandro finalmente me amó.

Terminó cuando comprendí que ya no necesitaba ese amor para elegir mi propia vida.

Luna no regresó conmigo.

Pero me dejó algo que ni Alejandro ni el sistema pudieron quitarme.

La certeza de que esta vez no volvería.

No volvería a perseguirlo.

No volvería a suplicar.

Y jamás volvería a entregar mi libertad para cumplir una historia escrita por alguien más.

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