PARTE 2: BASTIEN CREÍA QUE SOLO HABÍA DESCUBIERTO A SU AMANTE EMBARAZADA, PERO LOS REGISTROS DEL APARTAMENTO REVELARON QUE LLEVABA ONCE MESES PREPARANDO ALGO MUCHO PEOR CONTRA MÍ.

A la mañana siguiente, Bastien llegó a casa a las siete y cuarenta.

Yo estaba preparando café.

Entró con el mismo traje que había usado el día anterior, perfectamente peinado y con una bolsa de panadería en la mano.

—Buenos días.

Me besó la frente.

Tuve que hacer un esfuerzo para no apartarme.

—¿Terminaste el problema del proyecto?

—Casi.

Dejó unos croissants sobre la mesa.

—Probablemente hoy también llegue tarde.

—Qué pena.

Sonreí.

—Trabajas demasiado.

Durante un instante me observó.

Quizá buscaba alguna señal.

No encontró ninguna.

A las nueve, cuando Bastien salió, Selma ya me esperaba en su despacho.

Sobre la mesa había tres carpetas.

—Empezaremos por lo fácil —dijo.

La administración de Halcyon Tower había entregado el historial de consumos y los registros vinculados al apartamento.

El agua llevaba once meses utilizándose prácticamente todos los días.

La electricidad había aumentado gradualmente.

El gas también.

Pero el dato que me hizo apretar los dedos alrededor de mi taza fue otro.

Había una autorización permanente de estacionamiento para el coche de Nadine Ferris.

Fecha de emisión:

Once meses atrás.

—Entonces no era algo reciente —murmuré.

—No.

Selma deslizó otra hoja.

—Y esto tampoco.

Era el registro de acceso electrónico.

Bastien entraba constantemente.

Tres, cuatro, incluso cinco noches por semana.

Había días en los que me escribía desde allí:

Reunión eterna.

No me esperes despierta.

Cena sin mí.

Sentí náuseas.

Pero Selma todavía no había terminado.

—Revisamos únicamente movimientos de las cuentas en las que legalmente figuras como titular.

Sacó varias páginas.

Había pagos pequeños que nunca había notado.

Muebles.

Farmacia.

Supermercado.

Una clínica privada.

Todo distribuido en cantidades suficientemente discretas como para perderse entre nuestros gastos habituales.

—¿Cuánto?

Selma señaló una cifra.

186.400 yuanes en once meses.

Cerré los ojos.

—Pagamos su vida juntos.

—En parte.

—¿En parte?

Selma sacó la escritura.

—Aquí viene el verdadero problema.

Mis padres habían aportado casi el setenta por ciento de la entrada de aquel apartamento cuando Bastien y yo nos casamos.

Yo siempre había considerado Halcyon Tower nuestro primer hogar.

Pero había olvidado una cláusula añadida por mi padre.

Si el matrimonio terminaba bajo determinadas circunstancias, la aportación familiar podía rastrearse como patrimonio aportado por mi parte.

Selma señaló el documento.

—Bastien no puede simplemente convertir este inmueble en un regalo para otra persona.

Respiré por primera vez con algo parecido a alivio.

Entonces Selma frunció el ceño.

—Pero parece que lo intentó.

Me mostró un documento del seguro.

Tres meses antes, Bastien había solicitado modificar el beneficiario relacionado con ciertos contenidos y mejoras del inmueble.

Nombre propuesto:

Nadine Ferris.

—¿Cómo pudo hacerlo?

—No pudo completarlo.

Selma me miró.

—Faltaba tu autorización.

Recordé inmediatamente algo.

Dos meses antes, Bastien había aparecido en casa con varios documentos.

Me dijo que eran renovaciones administrativas relacionadas con nuestros seguros.

Yo estaba trabajando.

Había firmado dos.

El tercero me pareció extraño.

Me negué a firmarlo sin leerlo.

Bastien se había molestado muchísimo.

En aquel momento pensé que estaba estresado.

Ahora entendía por qué.

—Selma…

—¿Qué?

—Intentó hacerme firmar algo.

Su expresión cambió.

—¿Conservas los correos?

—Sí.

Encontramos el archivo veinte minutos después.

Selma lo abrió.

Leyó.

Volvió a leer.

Luego levantó la mirada.

—Renata, este documento no era una renovación rutinaria.

Sentí frío.

—¿Qué era?

—Una autorización relacionada con la disposición futura de tu participación en el apartamento.

Me quedé mirándola.

Bastien no sólo había instalado a su amante en nuestra casa.

Había intentado preparar el camino para quitarme legalmente parte de ella.

Esa tarde llamé a mis padres.

No les conté todos los detalles.

Sólo les dije:

—Necesito los comprobantes originales del dinero que aportaron cuando compramos Halcyon Tower.

Mi padre permaneció callado unos segundos.

—Los tengo.

Después preguntó:

—¿Bastien hizo algo?

No pude responder inmediatamente.

Mi madre entendió antes.

—Renata, ven a casa.

—Todavía no.

Porque ya no quería huir.

Quería pruebas.

Durante los dos días siguientes, Bastien siguió representando al esposo ocupado.

Dormía a mi lado.

Me preguntaba qué quería cenar.

Incluso una noche apoyó la mano sobre mi hombro y dijo:

—Cuando termine este proyecto deberíamos viajar.

Lo miré.

—¿Los dos?

Sonrió.

—Claro. ¿Quién más?

Casi me reí.

El tercer día ocurrió algo inesperado.

Recibí una llamada de Halcyon Tower.

Era el administrador.

—Señora Sorel, creo que debería venir.

—¿Qué pasó?

—La señorita Ferris está intentando registrar a un familiar adicional como residente permanente.

—¿Qué familiar?

Hubo una pausa.

—Un bebé.

Mi pecho se tensó.

—Todavía no ha nacido.

—Precisamente.

Fui acompañada por Selma.

Nadine no estaba allí.

Pero había entregado documentos.

Entre ellos figuraba una declaración de residencia.

Selma la leyó en silencio.

Después me la pasó.

En el apartado correspondiente al padre del bebé aparecía:

Bastien Kroll.

No me sorprendió.

Pensé que ya nada podía hacerlo.

Me equivocaba.

Porque junto al documento había una copia de una solicitud para añadir al recién nacido al registro doméstico relacionado con la vivienda.

Y en una nota adjunta aparecía una frase:

Propiedad destinada como residencia familiar permanente.

Selma se volvió hacia el administrador.

—¿Quién presentó esto?

—El señor Kroll.

—¿Cuándo?

El hombre consultó el sistema.

—Hace seis semanas.

Seis semanas.

Bastien llevaba semanas preparando el futuro de aquella familia mientras regresaba cada noche a nuestra cama.

Entonces sonó mi teléfono.

Era él.

Contesté.

—Hola.

—Cariño, necesito pedirte algo.

Su voz era extraordinariamente dulce.

—Dime.

—Esta noche tengo una cena importante con inversores.

Miré a Selma.

—¿Otra vez?

—Lo siento.

Pausa.

—Pero mañana quiero hablar contigo de nuestro futuro.

Sentí que algo se endurecía dentro de mí.

—¿Nuestro futuro?

—Sí.

—Creo que hemos pospuesto algunas decisiones demasiado tiempo.

—¿Qué decisiones?

Bastien rio suavemente.

—Mañana hablamos.

Colgó.

Selma había escuchado.

—Está preparando algo.

—Yo también.

Esa noche no fui a casa.

Me quedé en un hotel y envié a Bastien un mensaje diciendo que mi madre se encontraba indispuesta.

A las once y diecisiete recibí una notificación de la cámara exterior que había instalado legalmente la administración después de la inspección.

Bastien entró en Halcyon Tower.

Llevaba flores.

A la mañana siguiente Selma presentó las primeras medidas necesarias para proteger mi participación patrimonial y conservar los registros.

A las diez y media, Bastien me llamó seis veces.

No contesté.

A las once apareció en el despacho de Selma.

Estaba furioso.

—¿Qué demonios estás haciendo?

Me levanté lentamente.

—Protegiendo mi propiedad.

Su rostro cambió.

Por fin entendió.

—Fuiste tú.

—Sí.

—¿Estabas allí aquella noche?

—Sí.

Bastien se quedó completamente blanco.

—Renata, puedo explicarlo.

—Entonces empieza por Nadine.

—Fue un error.

—Un error de once meses consume mucha electricidad.

Selma tuvo que esconder una sonrisa.

Pero Bastien no se rio.

Se sentó.

—Nadine está embarazada.

—Ya lo noté.

—El bebé es mío.

—También lo sé.

Pareció desconcertado por mi tranquilidad.

Entonces sacó una carpeta de su maletín.

—Precisamente por eso quería hablar contigo.

La dejó sobre la mesa.

Documentos de divorcio.

—Quiero resolver esto civilizadamente.

Los abrí.

Bastien proponía que yo conservara nuestra vivienda actual.

Él conservaría Halcyon Tower.

Las cuentas se repartirían según una valoración que favorecía claramente sus intereses.

Cerré la carpeta.

—No.

Su mandíbula se tensó.

—Renata, no conviertas esto en una guerra.

Selma intervino.

—Señor Kroll, quizá debería revisar la documentación que tenemos antes de utilizar esa palabra.

Pero entonces alguien llamó a la puerta.

La asistente de Selma entró con un sobre certificado.

—Acaba de llegar esto para Renata.

Lo abrí.

Dentro había una notificación relacionada con Halcyon Tower.

Leí la primera página.

Luego la segunda.

Y sentí que se me helaban las manos.

Selma tomó los documentos.

Su rostro cambió.

—¿Qué ocurre? —preguntó Bastien.

Ella no respondió.

Yo miré directamente a mi esposo.

Porque la solicitud no estaba firmada únicamente por él.

Había una segunda firma que pretendía ser la mía.

Perfectamente imitada.

Y fechada cuatro meses atrás.

Pero aquello no era lo peor.

Adjunta a la solicitud había una copia de mi documento de identidad.

Una copia que yo nunca había entregado.

Selma levantó lentamente la vista.

—Renata, esto ya no es solamente un divorcio.

Bastien se puso de pie.

Y por primera vez desde que había entrado, pareció verdaderamente asustado.

Entonces Selma señaló la firma falsificada y preguntó:

—Bastien, antes de llamar a las autoridades, ¿quieres explicarnos quién presentó esto en nombre de tu esposa?

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