Durante los siguientes cuatro meses, Sebastián no volvió a escribirme.
Ni una llamada.
Ni una pregunta sobre los niños.
Nada.
Yo tampoco lo busqué.
Alquilé una casa pequeña junto al mar, contraté a una niñera y puse casi todo el dinero en inversiones que no podían tocarse fácilmente.
Por primera vez en tres años, podía despertar sin preguntarme cuándo la familia Zhou volvería a necesitar algo de mí.
Mi hijo empezó el jardín de infancia.
Mi hija aprendió a caminar.
Y yo comencé a sentir que aquella vida realmente me pertenecía.
Hasta que una mañana recibí una llamada del abogado que había llevado los documentos de nuestra separación.
—Señorita Jiang, necesito verla.
—¿Sebastián quiere recuperar el dinero?
Hubo un silencio extraño.
—Precisamente por eso necesito verla.
Acepté reunirme con él en una cafetería.
Llegó con la misma carpeta de cuero que recordaba.
La colocó frente a mí.
—El día que firmó, intenté explicarle esto.
—Y yo no lo dejé.
—Exactamente.
Abrió el documento.
Esperaba encontrar un acuerdo de separación.
Pero en la primera página había cuatro palabras que me hicieron fruncir el ceño.
Fideicomiso familiar irrevocable Zhou.
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto?
El abogado respiró profundamente.
—Los 10.000 millones nunca fueron una indemnización.
Sentí un pequeño escalofrío.
—Entonces, ¿qué eran?
Giró varias páginas y señaló una cláusula.
—Una transferencia patrimonial anticipada.
—¿A quién?
Me miró directamente.
—A usted y a sus hijos.
Me reí.
No porque fuera divertido.
Porque parecía absurdo.
—Sebastián me dijo que me fuera.
—Sí.
—Me envió 10.000 millones.
—Sí.
—¿Y ahora me está diciendo que no me estaba pagando para desaparecer?
—No.
El abogado juntó las manos.
—El señor Zhou estaba intentando proteger una parte de su patrimonio antes de que comenzara una disputa interna por la sucesión de la familia.
Dejé de sonreír.
—¿Qué disputa?
Entonces me contó lo que Sebastián jamás había considerado necesario explicarme.
Su abuelo estaba gravemente enfermo.
Varios miembros de la familia Zhou querían desplazar a Sebastián de la dirección del grupo.
Y mis dos hijos, al ser sus únicos descendientes reconocidos legalmente, se habían convertido en una pieza central del conflicto.
—¿Reconocidos legalmente?
El abogado abrió otra página.
Allí estaban los nombres de mis hijos.
Debajo aparecía el de Sebastián.
Y después el mío.
—El señor Zhou registró a ambos como herederos directos.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
—¿Cuándo?
—Desde sus respectivos nacimientos.
No entendía.
Durante tres años había creído que mis hijos eran simplemente los descendientes que la familia había exigido.
Pero Sebastián había preparado para ellos algo completamente distinto.
—¿Por qué mandarme lejos?
El abogado tardó demasiado en responder.
—Porque alguien dentro de la familia estaba intentando quitarle la custodia.
Mi expresión cambió.
—¿Qué?
—La señora Zhou, su abuela, quería que los niños fueran criados dentro de la residencia principal. El señor Zhou sabía que, si usted permanecía allí cuando comenzara el conflicto, intentarían separarlos.
Recordé el mensaje.
Entonces vete.
Siempre había pensado que aquellas palabras significaban que quería librarse de mí.
Ahora sonaban diferentes.
—¿Por qué no me lo dijo?
El abogado sonrió con cansancio.
—¿Conoce al señor Zhou?
No pude evitarlo.
Me reí.
Sí.
Lo conocía.
Un hombre capaz de transferir una fortuna antes que decir:
Quiero protegerte.
—Hay algo más —continuó.

Sacó otro documento.
Era un certificado.
Lo leí dos veces.
Después una tercera.
—Esto es imposible.
—No lo es.
Mi nombre aparecía junto al de Sebastián.
Registro matrimonial.
La fecha era de tres años atrás.
Una semana antes de que yo entrara por primera vez en la mansión Zhou.
—Nunca me casé con él.
—Legalmente, sí.
Entonces recordé una montaña de documentos que había firmado cuando Sebastián me instaló en aquella casa.
Contratos de confidencialidad.
Seguros.
Autorizaciones médicas.
Documentos patrimoniales.
Nunca los había leído todos.
Tenía veintidós años.
Estaba asustada.
Y confiaba demasiado.
—¿Él me registró como su esposa?
—Con su consentimiento firmado, aunque sospecho que usted no entendió qué documento estaba firmando.
Sentí rabia.
—Eso no mejora las cosas.
—No pretendía decir que lo hiciera.
Me levanté.
—Entonces quiero el divorcio.
El abogado cerró los ojos.
Aquella reacción me hizo detenerme.
—¿Qué?
—Ese es el otro problema.
—¿Qué problema?
—El señor Zhou ya presentó una solicitud para transferirle otra parte de sus activos como propiedad matrimonial.
Me quedé inmóvil.
—¿Cuánto?
El abogado escribió una cifra.
La miré.
Luego lo miré a él.
—¿Está loco?
—Posiblemente.
La cifra era mucho mayor que los 10.000 millones.
Pero ya no me importaba el dinero.
—Dígale que no quiero nada.
—Puede decírselo usted misma.
—No pienso volver.
El abogado miró hacia la ventana.
—Me temo que ya es tarde.
Seguí su mirada.
Un automóvil negro acababa de detenerse frente a la cafetería.
La puerta trasera se abrió.
Sebastián bajó.
Cuatro meses sin verlo.
Parecía más delgado.
Más cansado.
Y muchísimo más enfadado.
Entró, caminó directamente hacia nuestra mesa y miró al abogado.
—Fuera.
El hombre recogió inmediatamente su carpeta.
Yo crucé los brazos.
—Sigues siendo encantador.
Sebastián se sentó frente a mí.
—Cambiaste de número.
—Sí.
—Cambiaste de dirección.
—También.
—Sacaste a mi hijo del colegio que elegí.
—Nuestro hijo.
Su mandíbula se tensó.
—Exactamente.
Por primera vez fui yo quien quedó sin respuesta.
Sebastián dejó un documento sobre la mesa.
—Firma.
Lo miré.
—¿Otro documento que no vas a explicarme?
Su expresión cambió apenas.
Había dado en el blanco.
—Esta vez lo leerás.
Tomé las páginas.
No era un acuerdo de divorcio.
Era una renuncia completa de Sebastián a cualquier derecho para controlar dónde vivíamos los niños y yo.
—¿Qué significa esto?
—Que nadie podrá obligarte a regresar a la residencia Zhou.
—¿Incluyéndote?
—Incluyéndome.
Lo miré durante varios segundos.
—Entonces, ¿por qué viniste?
Sebastián permaneció callado.
Después sacó su teléfono.
Me mostró una fotografía de su despacho.
Sobre el escritorio estaba el pequeño dinosaurio azul que mi hijo había olvidado en la mansión.
—Él duerme abrazado a otro igual —dije.
—Lo sé.
Aquellas dos palabras me sorprendieron.
—¿Cómo podrías saberlo?
—Porque durante tres años pregunté cada noche al personal si los niños habían comido, dormido y tomado sus medicamentos.
Sentí un nudo en el pecho.
—Pero nunca subías.
—No.
—Nunca los cargabas delante de mí.
—No.
—Ni siquiera viniste cuando nació nuestra hija.
Por primera vez, Sebastián apartó la mirada.
—Estaba en el hospital.
Me quedé helada.
—¿Qué?
—Llegué dos horas después del parto.
—Yo no te vi.
—No entré.
La rabia regresó.
—¿Por qué?
Sebastián tardó varios segundos.
—Porque pensé que me odiabas.
Casi me levanté.
—¿Y tu solución fue comportarte exactamente como alguien a quien debía odiar?
No respondió.
Entonces comprendí algo.
Sebastián podía dirigir un imperio empresarial.
Podía enfrentarse a consejos de administración, políticos y competidores.
Pero emocionalmente era el hombre más torpe que había conocido.
—Los niños pueden verte —dije finalmente—. Una vez al mes, como acordamos.
Sebastián me miró.
—No vine solamente por ellos.
Mi corazón dio un golpe extraño.
Pero antes de que pudiera responder, mi teléfono sonó.
Era la niñera.
Contesté inmediatamente.
Su voz estaba temblando.
—Señorita Jiang, hay personas afuera de la casa.
Me puse de pie.
—¿Qué personas?
Sebastián también se levantó.
Escuché a mi hijo llorando al fondo.
Después una voz masculina.
—Dicen que vienen de parte de la familia Zhou.
El rostro de Sebastián cambió por completo.
Ya no parecía cansado.
Parecía peligroso.
—Cierra todas las puertas —ordenó mientras tomaba las llaves—. No abras a nadie.
—Sebastián, ¿qué está pasando?
Me miró.
—Mi abuelo murió esta mañana.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?
Su respuesta hizo que finalmente entendiera por qué había intentado alejarnos de aquella familia.
—Porque su testamento acaba de convertir a nuestro hijo de tres años en el heredero principal del Grupo Zhou.