PARTE 2: DURANTE TRES AÑOS ESPERÉ CASARME CON ADRIAN SIN SABER QUE MAYA YA ERA SU ESPOSA, PERO LA VERDAD DETRÁS DE AQUEL CERTIFICADO ROJO DESTRUYÓ LA ÚLTIMA MENTIRA QUE NOS MANTENÍA UNIDOS.

No lloré.

Eso fue lo primero que me sorprendió.

Permanecí sentada frente al cajón abierto, sosteniendo aquel certificado rojo mientras releía la fecha hasta que los números perdieron sentido.

25 de diciembre. Tres años atrás.

Recordaba perfectamente aquella Navidad.

Adrian me había dicho que debía viajar por una operación confidencial.

Cuando regresó, traía una pequeña cicatriz en la mandíbula y un regalo para mí.

Un reloj.

—El próximo año será diferente —me prometió.

Ahora sabía dónde había estado.

Casándose con Maya.

Guardé el certificado en mi chaqueta, cerré la maleta y llamé al comandante Ren.

—Solicito traslado inmediato.

Hubo un silencio.

—¿Adrian lo sabe?

—No.

—Nina, ustedes dos llevan años…

—Precisamente.

Mi voz no tembló.

—Quiero irme antes del amanecer.

Una hora después tenía autorización provisional.

No fui al hospital.

No llamé a Adrian.

No enfrenté a Maya.

Por primera vez en cinco años, dejé de competir por un hombre que ya había tomado su decisión mucho tiempo atrás.

A las cinco de la mañana entregué las llaves de mi alojamiento.

A las cinco y veinte dejé mi anillo de compromiso sobre el escritorio de Adrian.

Debajo puse una copia del certificado.

Sólo escribí:

Ahora entiendo por qué nunca encontrabas una fecha para nuestra boda.

Me fui.

Adrian descubrió mi ausencia dos horas después.

Me llamó diecisiete veces.

No respondí.

A la decimoctava llamada llegó un mensaje.

Nina, no es lo que crees.

Me reí.

Después lo bloqueé.

Tres semanas más tarde estaba destinada a una unidad de inteligencia a cientos de kilómetros.

Allí nadie me conocía como la prometida de Adrian Huo.

Nadie conocía a Maya.

Yo simplemente era la mayor Nina Zhao.

Y por primera vez en años pude respirar.

También confirmé algo que había sospechado aquella noche.

Estaba embarazada.

Seis semanas.

Me quedé mirando el resultado mientras el médico hablaba, pero sólo podía pensar en el instante en que Adrian me había visto protegerme el abdomen al caer.

Quizá lo había sospechado.

Pero había elegido cargar a Maya y marcharse.

No necesitaba darle otra oportunidad para elegir.

Decidí criar a mi hijo sola.

Sin embargo, Adrian no aceptó mi desaparición.

Dos meses después apareció en mi nueva base.

Lo vi esperándome junto a la salida administrativa.

Parecía diez años mayor.

—Tenemos que hablar.

Seguí caminando.

—Nosotros terminamos hace tres meses.

—El matrimonio con Maya no fue lo que piensas.

Me detuve.

—¿Firmaste?

Silencio.

—Sí.

—¿Ella firmó?

—Sí.

—Entonces era exactamente lo que pienso.

Adrian apretó la mandíbula.

—Su padre tenía colaboradores que sobrevivieron a la operación. Maya seguía siendo un objetivo. Casarme legalmente con ella facilitaba determinados mecanismos de protección.

Lo miré incrédula.

—¿Durante tres años?

—La situación se complicó.

—No.

Negué lentamente.

—Tú la complicaste.

Intentó acercarse.

—Nunca dejé de amarte.

Aquello finalmente me hizo enfurecer.

—Entonces tu amor es una cosa miserable, Adrian.

Se quedó inmóvil.

—Me castigaste por odiar a la hija del hombre que mató a mi padre. Me pediste que esperara. Dormiste conmigo mientras estabas casado con ella. Y cuando apareció embarazada, me dijiste que si perdía al bebé jamás me perdonarías.

Su rostro cambió.

—Ese bebé no es mío.

Ahora fui yo quien guardó silencio.

—¿Qué?

—Maya no está embarazada de mí.

—Ya no me importa.

Pasé junto a él.

Entonces Adrian dijo:

—Pero tú sí estás embarazada de mí.

Me congelé.

Giré lentamente.

Sus ojos bajaron hacia mi abdomen.

Todavía apenas se notaba.

—¿Quién te lo dijo?

—Nadie.

Su voz se quebró.

—Te conozco.

—Ya no.

Esa vez sí me marché.

Pasaron seis meses.

Adrian solicitó el divorcio de Maya.

Ella abandonó el complejo militar y, según escuché, se mudó al extranjero.

Yo no pregunté nada más.

Mi hijo nació una madrugada de otoño.

Lo llamé Thomas, por mi padre.

Adrian se enteró.

Nunca supe cómo.

Llegó al hospital, pero mis compañeros tenían instrucciones claras.

No pudo entrar.

Me envió una sola carta.

No la abrí hasta semanas después.

No pedía perdón.

Decía:

Tenías razón. Convertí mi culpa hacia Maya en una obligación y mi amor por ti en una excusa para creer que siempre esperarías.

No tengo derecho a pedirte que regreses.

Sólo quiero asumir mi responsabilidad como padre si algún día me permites hacerlo.

Guardé la carta.

No porque lo hubiera perdonado.

Sino porque Thomas algún día tendría derecho a conocerla.

Pensé que ahí terminaba nuestra historia.

Me equivocaba.

Casi un año después recibí una llamada del comandante Ren.

—Encontramos algo durante la revisión final del expediente Jiang.

Fui a su oficina.

Sobre el escritorio había documentos de la antigua operación.

Entre ellos reconocí la fotografía de mi padre.

—¿Qué ocurre?

Ren deslizó hacia mí un informe.

—Durante años asumimos que tu padre murió por una emboscada organizada personalmente por Jiang.

—No lo asumimos. Las pruebas lo demostraron.

—Eso creíamos.

Sentí frío.

Ren señaló una transferencia codificada realizada cuarenta y ocho horas antes de la muerte de papá.

Después otra.

Y otra.

—Había un informante dentro de nuestra estructura.

Mi respiración se volvió superficial.

—¿Quién?

—Todavía estamos verificándolo.

Entonces abrió una carpeta recuperada de los archivos privados del padre de Maya.

Había fotografías.

Nombres.

Pagos.

Y una grabación.

En ella, el narcotraficante hablaba con alguien cuya cara no aparecía.

Pero la voz sí.

La reconocí inmediatamente.

Era el padre biológico de Adrian.

El hombre al que todos creíamos muerto desde hacía más de veinte años.

Me levanté de golpe.

—Eso es imposible.

Ren negó.

—No murió.

Miré nuevamente la pantalla.

De pronto comprendí por qué Adrian había protegido a Maya con una intensidad que jamás había conseguido explicarme.

Quizá ella no era simplemente la hija de nuestro enemigo.

Quizá conocía algo.

Salí de la oficina y llamé a Adrian por primera vez desde nuestra separación.

Respondió al primer tono.

—Nina.

—Necesito una respuesta y esta vez no vas a mentirme.

Silencio.

—¿Tu padre está vivo?

Adrian tardó demasiado en responder.

Eso bastó.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde hace cinco años.

Cerré los ojos.

Cinco años.

Exactamente desde el día en que había llevado a Maya al complejo.

—¿Por eso la protegías?

—Sí.

—¿Por eso te casaste con ella?

Otra pausa.

—En parte.

Sentí que algo antiguo volvía a romperse dentro de mí.

—¿Qué sabía Maya?

Adrian respiró profundamente.

—Quién entregó la ubicación de tu padre aquella noche.

No pude hablar.

—Dime quién fue.

—Nina…

—DÍMELO.

Su respuesta llegó apenas como un susurro.

Y cuando escuché el nombre, comprendí que durante cinco años había odiado a la persona equivocada.

La investigación posterior confirmó todo.

El responsable había sido un oficial corrupto de nuestra propia unidad, alguien cercano a mi padre que había vendido información al cartel.

Maya había presenciado una conversación y Adrian la había protegido porque era la única testigo capaz de demostrarlo.

Pero aquello no borraba lo que él me había hecho.

Podía comprender sus secretos operativos.

No podía justificar sus mentiras personales.

Adrian había tenido oportunidades para terminar nuestro compromiso con dignidad.

En lugar de hacerlo, me mantuvo esperando mientras construía otra vida legal a mis espaldas.

Meses después, el traidor fue arrestado.

El nombre de mi padre quedó limpio.

Maya testificó y desapareció definitivamente de nuestras vidas.

Adrian y yo nunca volvimos a ser pareja.

Con el tiempo le permití conocer a Thomas bajo mis condiciones.

Se convirtió en un padre constante.

Pero ya no volvió a ponerme un anillo en la mano.

Años después llevé a Thomas ante la tumba de mi padre.

Mi hijo dejó allí una pequeña insignia militar.

Adrian permaneció varios metros atrás.

Yo observé la fotografía grabada sobre la piedra y finalmente comprendí algo.

Durante cinco años había pensado que ganar significaba conseguir que Adrian me eligiera sobre Maya.

Pero mi verdadera victoria fue dejar de necesitar que alguien me eligiera.

Tomé la mano de mi hijo.

Y me marché sin mirar atrás.

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