PARTE 2: ELENA ME REVELÓ POR QUÉ TODAS LAS MUJERES ANTERIORES HABÍAN RECHAZADO A LUCA, Y ÉL NUNCA SUPO QUE SU PROPIA FAMILIA HABÍA PREPARADO CADA FRACASO.

—Las otras mujeres no lo rechazaron por su tamaño —susurró Elena.

Miré a Luca.

Seguía esperando mi respuesta junto al sacerdote.

—Entonces ¿por qué?

Elena apretó la mandíbula.

—Porque alguien se aseguró de que huyeran.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién?

—Nuestro tío Vittorio.

El nombre significaba poco para mí.

Elena explicó rápidamente.

Después de la muerte del padre de Luca, Vittorio había administrado parte de los negocios familiares mientras Luca asumía el control.

Durante años se presentó como su consejero más leal.

Pero existía una condición dentro del fideicomiso familiar.

Cuando Luca contrajera matrimonio legalmente, recibiría el control definitivo de varias propiedades y empresas que Vittorio todavía administraba.

De repente, las cinco mujeres anteriores cobraron otro significado.

—¿Qué les hizo?

—Les pagó a algunas. Amenazó a otras. Y a todas les contó historias sobre Luca.

—¿Qué clase de historias?

Elena me sostuvo la mirada.

—Las suficientes para que ninguna quisiera quedarse a descubrir si eran ciertas.

Entonces comprendí aquella expresión que Luca había tenido al verme.

No era vergüenza por su altura.

Era resignación.

Cinco mujeres habían llegado.

Cinco habían huido.

Y él había terminado creyendo que el problema era él.

—¿Luca no sabe nada?

—Nunca pude demostrarlo.

—¿Y ahora?

Elena miró mi maleta.

—Ahora Vittorio eligió a tu padre.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué?

—La deuda que supuestamente tiene tu familia con los Moretti no existe.

Todo encajó de golpe.

Mi padre había aparecido tres meses antes en mi pequeña panadería de Boston diciendo que estaba arruinado.

Me habló de préstamos.

De hombres peligrosos.

De una deuda con los Moretti.

Después llegó la propuesta.

Casarme con Luca y todo quedaría resuelto.

Yo había aceptado porque pensé que estaba salvando a mi familia.

—¿Mi padre trabaja con Vittorio?

—Eso creo.

Miré nuevamente a Luca.

Podía marcharme.

Era exactamente lo que Vittorio esperaba.

Pero tampoco iba a casarme aquella noche solo para derrotar a un desconocido.

Caminé hacia Luca.

—La ceremonia se cancela.

Su rostro se cerró inmediatamente.

—Entiendo.

Aquellas dos palabras me dolieron más de lo esperado.

—No, no entiendes.

Tomé aire.

—No pienso casarme contigo hasta saber por qué intentaron obligarnos a hacerlo.

Vittorio estaba entre los invitados.

Vi cómo desaparecía su sonrisa.

Luca también lo vio.

—¿Qué acabas de decir?

Elena dio un paso adelante.

Y finalmente le contó todo.

Luca no gritó.

Eso fue peor.

Ordenó suspender la ceremonia y llamó a sus abogados.

Durante las siguientes semanas salieron a la luz documentos, transferencias y acuerdos que Elena llevaba años reuniendo.

Dos de las mujeres anteriores aceptaron hablar.

Una había recibido dinero.

Otra conservaba mensajes amenazantes.

Mi padre también terminó confesando.

Vittorio había pagado sus deudas reales a cambio de convencerme de aceptar el matrimonio rápidamente.

Su plan era sencillo.

Si yo huía antes de casarme, sería el sexto fracaso.

Si llegábamos a casarnos, Vittorio esperaba utilizar las circunstancias de la unión y documentos financieros preparados de antemano para crear una nueva disputa por el control.

Yo había sido una pieza.

Luca también.

—Lo siento —me dijo mi padre.

—Me vendiste.

—Pensé que después estarías segura. Moretti tiene dinero.

—Yo tenía una panadería.

Lo miré.

—No necesitaba un hombre rico. Necesitaba un padre que no me utilizara para pagar sus errores.

Me marché.

No volví a pedirle nada.

Luca tampoco buscó venganza privada contra Vittorio.

Sus abogados retiraron inmediatamente al hombre de cualquier posición que todavía controlaba y entregaron las irregularidades documentadas a las autoridades correspondientes.

Después ocurrió algo que nadie esperaba.

Yo me quedé en Italia.

No por Luca.

Mi billete de regreso era para tres semanas después y, francamente, todavía quería conocer el lago de Como.

Además, Elena me cayó bien.

Una mañana encontré a Luca en la cocina intentando preparar café.

—Eres terrible en esto —le dije.

—Tengo empleados.

—Eso explica demasiado.

Me miró.

—¿Por qué sigues aquí?

—Porque todavía tengo habitación pagada.

—La casa es mía.

—Entonces considéralo compensación por casi casarme contigo bajo falsas pretensiones.

Por segunda vez, Luca Moretti se rio delante de mí.

Durante aquellas semanas conocí al hombre detrás de la reputación.

No era amable con todo el mundo.

Tampoco era inocente.

Había construido una vida alrededor del poder y del miedo, y yo dejé claro que no quería formar parte de nada peligroso.

Sorprendentemente, no intentó convencerme de lo contrario.

—Entonces no lo hagas —respondió.

Comenzó a separar su vida personal de los negocios que yo no quería cerca.

Yo tampoco me convertí en su proyecto.

Regresé a Boston.

Volví a mi panadería.

Luca llamó una semana después.

—Quiero invitarte a cenar.

—Hay un océano entre nosotros.

—Tengo avión.

—Claro que tienes avión.

Dos días después apareció en Boston.

Golpeó la cabeza contra el pequeño letrero de la entrada de mi panadería.

Me reí tanto que tuve que apoyarme en el mostrador.

—Una palabra —advirtió.

—No he dicho nada.

—Tu cara lo está diciendo.

Esta vez empezamos correctamente.

Sin sacerdote.

Sin contratos.

Sin deudas.

Sin padres negociando nuestras vidas.

Un año después Luca volvió a preguntarme si quería casarme con él.

Estábamos solos en mi panadería.

Había harina sobre su traje negro porque había intentado ayudarme con un pastel.

—¿Estás seguro? —pregunté.

—No.

Parpadeé.

—Esa no es una respuesta muy romántica.

—Estoy seguro de ti. No estoy seguro de que no vuelvas a tropezarte antes de llegar al altar.

Le lancé una servilleta.

Acepté.

Elena fue mi dama de honor.

Y cuando caminaba hacia Luca, recordé al hombre que había conocido en aquella finca.

El gigante que esperaba verme retroceder.

Las cinco mujeres anteriores no habían demostrado que Luca fuera imposible de querer.

Solo habían demostrado lo fácil que había sido convencerlo de que nadie podía elegirlo libremente.

Yo tampoco lo salvé.

Simplemente hice algo que nadie nos había permitido hacer la primera vez.

Lo conocí antes de decidir.

Y cuando finalmente dije que sí, no había una deuda detrás.

Ni un acuerdo.

Ni una amenaza.

Solo una panadera torpe frente a un hombre enorme que todavía tenía que inclinarse para entrar por la puerta de mi negocio.

Esta vez, cuando tropecé caminando hacia él, Luca me sostuvo antes de que cayera.

—Sabía que pasaría —murmuró.

Lo miré.

—Cállate y cásate conmigo.

Y por primera vez, ninguno de los dos estaba cumpliendo el plan de otra persona.

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