Durante unos segundos nadie se movió.
Yo seguía arrodillada junto al señor Moretti, con el inyector vacío entre mis dedos, mientras él intentaba respirar.
Entonces la mansión explotó en movimiento.
—¡Llamen a una ambulancia! —rugió uno de los guardias.
Otro hombre me apartó con cuidado mientras dos miembros del equipo de seguridad se inclinaban sobre Alejandro.
Yo sólo podía mirar mi EpiPen.
Mi último EpiPen.
Mamá iba a estar muy preocupada.
Pero entonces el señor Moretti volvió a respirar con un poco más de facilidad.
Y su mano buscó la mía.
—Niña…
Su voz apenas salió.
—Estoy aquí —susurré.
Las puertas se abrieron de golpe.
Mi mamá entró corriendo.
—¡Emma!
Nunca había visto tanto miedo en su cara.
Me levantó del suelo y me abrazó con tanta fuerza que casi no podía respirar.
—Te dije que no salieras.
—Él tampoco podía respirar, mamá.
Ella vio el EpiPen vacío.
Su expresión cambió.
Sabía exactamente lo que había hecho.
—Emma… ese era el último.
—Lo sé.
Antes de que pudiera responder, un guardia llamado Luca señaló la estantería.
—La cámara.
Todos se quedaron quietos.
Alejandro levantó débilmente una mano.
—Cierren… las puertas.
Nadie discutió.
Cuando llegaron los paramédicos, estabilizaron al señor Moretti y confirmaron que necesitaba atención hospitalaria inmediata.
Pero antes de salir, Alejandro miró directamente a Luca.
—Copia la grabación.
Luego me miró a mí.
—Y nadie toca a la niña ni a su madre.
Fue la última orden que dio antes de que se lo llevaran.
Mi mamá quiso marcharse conmigo inmediatamente.
No nos dejaron.
No porque fuéramos prisioneras.
Sino porque alguien había intentado hacerle daño al dueño de aquella casa y, hasta saber quién, nadie podía entrar ni salir.
Nos llevaron a una pequeña sala junto a la biblioteca.
Desde allí escuchábamos voces.
Puertas cerrándose.
Pasos apresurados.
Después apareció Luca.
—Señora Torres, el señor Moretti pidió que ustedes estuvieran presentes.
Mamá me apretó contra ella.
—Mi hija tiene cuatro años.
—Precisamente por eso.
Entramos en la biblioteca.
Había ocho personas alrededor de una pantalla.
Reconocí a algunos.
Matteo, el hermano menor del señor Moretti.
Bianca, su prima.
El jefe de seguridad.
Dos empleados.
Y el hombre que había intentado impedir que yo usara el EpiPen.

Nadie hablaba.
Luca inició el video.
La imagen mostraba el estudio unas horas antes.
Alejandro estaba sentado trabajando.
Un empleado entró con una bandeja y dejó una botella de vino.
Salió.
Nada ocurrió durante varios minutos.
Entonces apareció otra persona.
No llevaba uniforme.
Entró con absoluta tranquilidad.
Como alguien que sabía que nadie cuestionaría su presencia.
Mamá dejó escapar un suspiro.
Matteo se levantó.
—No.
Luca pausó la imagen.
Era Bianca.
La prima de Alejandro.
La mujer que llevaba años viviendo en aquella mansión y a quien él supuestamente trataba como una hermana.
—Continúa —ordenó Matteo.
En la grabación, Bianca miró hacia el pasillo.
Después sacó algo pequeño de su bolso.
Manipuló la copa.
Y salió.
La habitación quedó completamente en silencio.
Bianca palideció.
—Eso está manipulado.
—Es una grabación interna —respondió Luca.
—¡Yo jamás lastimaría a Alejandro!
Entonces el jefe de seguridad señaló la pantalla.
—Todavía falta algo.
El video continuó.
Veinte minutos después, Alejandro entró y bebió.
Poco después comenzó a sentirse mal.
La copa cayó.
Él se desplomó.
Y entonces apareció alguien en la puerta.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
Porque reconocí inmediatamente sus zapatos.
Era el hombre que después había agarrado mi brazo.
El guardia que intentó impedirme acercarme a Alejandro.
Había visto al señor Moretti en el suelo.
Pero no pidió ayuda.
No entró.
Simplemente observó.
Luego sacó su teléfono.
Escribió algo.
Y se marchó.
Todos giraron hacia él.
—¿A quién escribiste? —preguntó Luca.
El hombre retrocedió.
—No recuerdo.
—Entréganos el teléfono.
—No pueden revisar mis cosas.
Matteo soltó una risa sin humor.
—Mi hermano casi muere y tú estás preocupado por tu privacidad.
El guardia miró hacia la puerta.
Dos hombres se colocaron frente a ella.
Finalmente entregó el teléfono.
Luca revisó los mensajes.
Su rostro cambió.
—Hay uno eliminado a las 8:42.
—Recupéralo.
Tardaron varios minutos.
Yo no entendía completamente lo que estaba ocurriendo.
Sólo sabía que mamá me abrazaba cada vez más fuerte.
Entonces apareció el mensaje recuperado.
Cinco palabras.
“Bebió. Ya está hecho.”
Pero no se lo había enviado a Bianca.
El número pertenecía a otra persona.
Alguien que no estaba en aquella habitación.
Matteo lo reconoció primero.
—Eso no puede ser.
Luca marcó el número.
Desde algún lugar de la mansión comenzó a sonar un teléfono.
Todos escuchamos.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
El sonido venía del piso superior.
Luca salió corriendo con varios guardias.
Minutos después regresaron.
Traían un teléfono.
Lo habían encontrado escondido dentro de un dormitorio que, según mi mamá, permanecía cerrado desde hacía años.
El dormitorio de la difunta esposa de Alejandro.
Pero había algo todavía peor.
En la pantalla había fotografías recientes.
Fotos del señor Moretti.
De sus reuniones.
De su automóvil.
Y una fotografía mía entrando en la mansión de la mano de mamá.
Mi mamá perdió el color.
—¿Por qué tienen una foto de Emma?
Nadie respondió.
Entonces Luca abrió el último mensaje recibido en aquel teléfono.
Había llegado apenas siete minutos antes.
“La niña vio demasiado. Ocúpate de ella antes de que Moretti despierte.”
Mi mamá me levantó inmediatamente.
Matteo se volvió hacia los guardias.
—Cierren toda la propiedad.
Pero antes de que alguien pudiera moverse, las luces de la mansión se apagaron.
Y desde el pasillo llegó el sonido de una puerta abriéndose.