PARTE 2: LA FAMILIA DE MI EXMARIDO LLEGÓ DISPUESTA A REÍRSE DE MI FRACASO, PERO AL CRUZAR LAS PUERTAS DE MI PROPIEDAD DESCUBRIÓ QUIÉN HABÍA MANTENIDO REALMENTE SU LUJOSA VIDA DURANTE CINCO AÑOS.

Los vehículos avanzaron lentamente por el camino privado.

A ambos lados se extendían jardines impecables, fuentes de piedra y jacarandas que conducían hasta una enorme residencia de estilo colonial.

Cuando el primer automóvil se detuvo frente a la entrada principal, nadie salió inmediatamente.

Doña Victoria fue la primera en romper el silencio.

—Debe haber algún error.

Alejandro no respondió.

Miraba fijamente la casa.

Finalmente Paola murmuró:

—¿Elena vive aquí?

La puerta principal se abrió.

Yo salí acompañada por Julián y dos miembros del personal.

Llevaba un vestido sencillo color crema.

Nada extravagante.

No lo necesitaba.

—Bienvenidos —dije.

Doña Victoria bajó del automóvil.

—Elena, ¿de quién es esta propiedad?

—Mía.

La palabra cayó como una piedra.

Alejandro soltó una pequeña carcajada.

—Vamos. ¿La alquilaste para impresionarnos?

Lo miré.

—La familia Varela compró estas tierras hace cuarenta y siete años.

Su sonrisa desapareció.

—¿Familia Varela?

—Mi familia.

Los invité a pasar.

Dentro, el silencio empeoró.

En las paredes había fotografías antiguas, retratos familiares y reconocimientos empresariales.

Doña Victoria se detuvo frente a una fotografía.

En ella aparecía yo, mucho más joven, junto a un hombre de cabello plateado.

Debajo había una pequeña placa:

RICARDO VARELA Y SU HIJA ELENA, FUNDACIÓN VARELA.

Alejandro leyó el nombre dos veces.

—Ricardo Varela…

Paola abrió los ojos.

Todo México conocía aquel apellido.

El Grupo Varela tenía inversiones en bienes raíces, logística y agricultura.

Mi padre había construido buena parte del negocio antes de morir.

Yo había heredado sus participaciones.

Pero jamás había querido que mi matrimonio dependiera de eso.

Por eso había usado el apellido de mi madre.

Mendoza.

Quería descubrir si Alejandro podía amarme sin saber cuánto valía mi apellido.

Ahora tenía mi respuesta.

Doña Victoria me miró.

—¿Nos ocultaste que eras una Varela?

—Nunca me preguntaron quién era.

—¡Claro que preguntamos!

—No. Preguntaban cuánto ganaba. De qué pueblo venía. Cuánto costaba mi ropa. Decidieron quién era antes de escucharme.

Alejandro apretó la mandíbula.

—Cinco años, Elena. Me mentiste durante cinco años.

—¿Mentirte?

Lo miré directamente.

—Nunca dije que no tuviera dinero. Tú asumiste que no lo tenía.

Nadie respondió.

Los conduje al comedor.

La mesa estaba preparada para treinta y tres personas.

Pero antes de sentarnos, un hombre de traje oscuro se acercó.

—Señora Varela, llegaron los documentos que esperaba.

Alejandro reconoció al hombre.

Lo vi inmediatamente en su expresión.

—¿Señor Robles?

Mateo Robles sonrió cortésmente.

—Alejandro.

Doña Victoria parecía confundida.

—¿Se conocen?

Alejandro no contestó.

Mateo era director financiero de una empresa que los Mendoza conocían demasiado bien.

Mendoza Desarrollo Urbano.

La compañía de Alejandro.

Dejé los documentos sobre la mesa.

—Antes de comer, creo que debemos aclarar algo.

Alejandro se puso tenso.

—Elena, hoy no.

—Precisamente hoy.

Abrí la carpeta.

—Cuando nos casamos, tu empresa estaba al borde de la insolvencia.

Doña Victoria frunció el ceño.

—Eso es mentira.

Mateo habló.

—No lo es.

Todas las miradas se volvieron hacia él.

—Hace cinco años existían obligaciones que la compañía no podía cubrir.

Alejandro palideció.

Yo continué.

—Conseguí que una sociedad privada adquiriera parte de esa deuda.

Paola preguntó:

—¿Qué sociedad?

Deslicé una página sobre la mesa.

Varela Capital.

Doña Victoria dejó de respirar por un instante.

—No.

—Sí.

Miré a Alejandro.

—El dinero que permitió mantener abierta tu empresa vino de mí.

—Eso es imposible.

—También pensabas que esta casa era imposible.

Pasé otra página.

—¿Recuerdas el proyecto Santa Lucía?

No respondió.

—Perdiste al inversionista principal cuarenta y ocho horas antes de firmar. Alguien apareció y aportó capital.

Alejandro miró los documentos.

—Varela Capital.

—Exactamente.

Otra página.

—¿El préstamo de expansión?

Otra.

—¿La refinanciación del edificio corporativo?

Otra.

—¿Los contratos logísticos que salvaron el tercer trimestre?

Cada respuesta era la misma.

Mi familia.

Doña Victoria se sentó lentamente.

Durante años me había llamado aprovechada.

Había dicho que yo vivía gracias a su hijo.

Ahora estaba descubriendo que gran parte de aquello que presumían había sobrevivido gracias a la mujer de la que se burlaban.

Alejandro cerró la carpeta de golpe.

—Entonces todo esto es una venganza.

—No.

Me senté frente a él.

—Si quisiera vengarme, habría retirado mi apoyo mientras todavía estábamos casados.

Su expresión cambió.

—¿Retirado?

Mateo colocó una segunda carpeta sobre la mesa.

—Los acuerdos incluían determinadas condiciones de renovación.

Alejandro la abrió rápidamente.

Leyó.

Luego volvió atrás.

—¿Qué significa esto?

—Significa —respondí— que después del divorcio dejé de tener razones personales para renovar inversiones que nunca fueron rentables.

Doña Victoria se levantó.

—¡No puedes destruir la empresa de mi hijo por un divorcio!

—No estoy destruyendo nada.

Mi voz permaneció tranquila.

—Simplemente he dejado de sostenerla.

Aquello fue peor.

Alejandro me miró como si estuviera viendo los últimos cinco años desde otro ángulo.

—¿Por qué nunca me dijiste nada?

La pregunta me sorprendió.

—Porque quería un esposo, Alejandro.

Mi voz bajó.

—No un hombre que se comportara bien porque conocía mi patrimonio.

Se hizo un silencio incómodo.

—Te di cinco años para demostrarme quién eras cuando pensabas que yo no tenía poder.

Miré a Doña Victoria.

—Todos ustedes me lo demostraron.

Nadie tocó la comida durante varios minutos.

Entonces Julián entró nuevamente.

Su expresión era seria.

—Señora Varela, disculpe la interrupción.

Me entregó un sobre.

Reconocí inmediatamente el membrete.

Mateo también.

—¿Qué ocurre? —preguntó Alejandro.

Abrí el documento.

Lo leí una vez.

Después otra.

Aquello no formaba parte de lo que había planeado.

—Elena —dijo Mateo—, ¿qué sucede?

Le entregué la hoja.

Su rostro cambió.

Alejandro se levantó.

—¿Qué demonios está pasando?

Mateo lo miró.

—Hay una investigación interna sobre Mendoza Desarrollo Urbano.

La habitación quedó inmóvil.

—¿Investigación de qué?

Mateo dudó.

Yo tomé la siguiente página.

Había transferencias.

Empresas fantasma.

Firmas.

Y un nombre que reconocí.

Paola Mendoza.

Levanté lentamente la mirada hacia mi excuñada.

Ella ya estaba blanca.

—Paola.

Retrocedió.

—No sé qué estás pensando.

—Todavía no he dicho nada.

Entonces comprendí que acababa de cometer un error.

Ella sabía exactamente qué contenían aquellos documentos.

Alejandro giró hacia su hermana.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Paola.

Doña Victoria se interpuso.

—Esto termina ahora.

Pero Mateo había encontrado otra página.

—Elena.

Su tono hizo que todos callaran.

Me mostró una transferencia realizada seis meses antes.

Una cantidad enorme había salido de una sociedad vinculada a la empresa.

El beneficiario no era Paola.

Era alguien mucho más inesperado.

Miré el nombre.

Después miré a Alejandro.

Él parecía tan confundido como yo.

Porque el dinero había terminado en una cuenta perteneciente a la última persona que cualquiera habría sospechado.

Doña Victoria Mendoza.

Y cuando levanté los ojos, mi exsuegra ya no parecía arrogante.

Parecía aterrada.

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