PARTE 2: ME LLEVÉ A MIS HIJAS SIN DISCUTIR, PERO MIENTRAS LOS REYNOLDS CELEBRABAN AL “HEREDERO” QUE SIEMPRE HABÍAN QUERIDO, EL MÉDICO MIRÓ EL ULTRASONIDO Y HIZO UNA PREGUNTA QUE DEJÓ A VICTOR SIN PALABRAS.

Victor miró las llaves sobre la mesa y sonrió.

—Por lo menos no vas a convertir esto en una guerra.

—No —respondí—. Ya no tengo nada por lo que pelear contigo.

Su sonrisa desapareció apenas un segundo.

Luego señaló los documentos.

—Entonces llévate a las niñas. Ahora voy a tener un hijo.

Samantha soltó una pequeña risa.

Yo no.

Recogí mi bolso y salí.

No le expliqué que dos semanas antes había aceptado una oferta para volver a trabajar en Londres.

Tampoco le dije que Abigail y Charlotte ya tenían pasaportes, que el acuerdo me permitía establecer nuestra residencia fuera del país y que nuestro vuelo salía esa misma noche.

Victor había firmado cada página sin leer demasiado.

Estaba demasiado ocupado enviándole mensajes a Naomi.

A las siete de la tarde, Abigail estaba sentada junto a la ventana del avión.

Charlotte abrazaba un conejo de peluche.

—¿Papá sabe que nos vamos? —preguntó Abigail.

La miré.

Tenía nueve años.

Era demasiado pequeña para cargar con las decisiones de su padre, pero demasiado grande para no comprenderlas.

—Sabe que vivirán conmigo.

—Eso no fue lo que pregunté.

Sentí un nudo en la garganta.

—No. Todavía no sabe que será en Londres.

Abigail miró hacia la pista.

—¿Nos va a extrañar?

No quise mentirle.

—Espero que algún día entienda lo que perdió.

A miles de kilómetros de nosotras, Victor estaba entrando en una clínica privada acompañado por casi toda su familia.

Después supe lo ocurrido por alguien que estuvo allí.

Miriam había llevado una bolsa con ropa azul para bebé.

Walter ya hablaba de incluir al niño en un fideicomiso familiar.

Samantha había reservado un restaurante para celebrar después de la consulta.

Naomi estaba encantada.

Victor llegó tarde, todavía con la carpeta del divorcio dentro del coche.

—Oficialmente libre —anunció.

Miriam lo abrazó.

—Ahora puedes concentrarte en tu verdadera familia.

Naomi sonrió.

Nadie mencionó a Abigail.

Nadie mencionó a Charlotte.

El médico, el doctor Harris, entró poco después.

Naomi estaba aproximadamente en la semana treinta y dos.

Aquella consulta debía ser rutinaria.

El doctor revisó las mediciones del bebé.

Cabeza.

Columna.

Latido.

Peso estimado.

Todo parecía normal.

Miriam preguntó:

—¿Nuestro nieto está perfecto?

—Parece desarrollarse bien.

Victor tomó la mano de Naomi.

—Eso es lo importante.

Entonces el doctor Harris frunció el ceño.

Volvió a revisar el expediente.

—Señora Prescott, necesito confirmar una cosa.

—Claro.

—¿Está segura de la fecha de su última menstruación?

Naomi respondió inmediatamente.

El médico escribió algo.

Después volvió a mirar la pantalla.

—¿Y la primera ecografía fue realizada el 18 de junio?

—Sí.

Su expresión cambió.

Victor lo notó.

—¿Hay algún problema con el bebé?

—Con el bebé, aparentemente no.

El doctor revisó las fechas otra vez.

Después giró hacia Naomi.

—¿Cuándo dijo que comenzó su relación con el señor Reynolds?

La habitación quedó en silencio.

Naomi parpadeó.

—No entiendo qué tiene que ver eso.

—Necesito establecer correctamente el historial clínico.

Victor respondió por ella.

—Finales de mayo.

El médico lo miró.

—¿Finales de mayo?

—Sí.

Naomi se incorporó ligeramente.

—Victor…

Pero él continuó.

—El 27 de mayo.

El doctor Harris miró nuevamente el expediente.

—Entonces necesito preguntar algo.

Miriam dejó la bolsa azul sobre una silla.

—¿Qué ocurre?

El médico habló con cautela.

—Las mediciones actuales coinciden bastante bien con la edad gestacional establecida en la primera ecografía.

Hizo una pausa.

—Y según esas fechas, este embarazo comenzó varias semanas antes del 27 de mayo.

Nadie reaccionó al principio.

Como si las palabras necesitaran tiempo para llegar.

Victor fue el primero.

—Eso es imposible.

Naomi estaba completamente inmóvil.

—Los ultrasonidos pueden equivocarse —dijo Samantha rápidamente.

—Existe margen de variación —respondió el médico—, especialmente más adelante. Pero una ecografía temprana suele ser bastante útil para fechar un embarazo.

Victor soltó la mano de Naomi.

—¿Cuántas semanas?

El doctor no respondió inmediatamente.

Victor repitió:

—¿Cuántas semanas antes de que estuviéramos juntos?

Naomi comenzó a llorar.

Miriam dejó de sonreír.

—Naomi —dijo—. Contesta.

—No significa nada.

Victor la miró fijamente.

—Me dijiste que este bebé fue concebido después de nuestro viaje a Charleston.

—Pensé que sí.

—¿Pensaste?

Walter habló por primera vez.

—Victor, cálmate.

Pero Victor ya estaba haciendo cuentas.

Y entonces recordó algo.

Durante abril y buena parte de mayo había estado conmigo.

No éramos felices.

Pero todavía intentábamos salvar nuestro matrimonio.

Naomi, según ella misma había asegurado, no había tenido ninguna relación con él todavía.

—¿Quién? —preguntó Victor.

Naomi negó con la cabeza.

—No hagamos esto aquí.

—¿QUIÉN?

El médico pidió privacidad y salió.

Miriam cerró la puerta detrás de él.

La celebración había terminado.

Samantha agarró su teléfono.

—Podemos hacer una prueba de paternidad.

Naomi levantó la cabeza rápidamente.

Demasiado rápidamente.

Victor lo vio.

—No quieres hacerla.

—Estoy embarazada y estás estresándome.

—Naomi.

Ella empezó a recoger sus cosas.

Victor se colocó frente a ella.

—He terminado un matrimonio de doce años.

Su voz temblaba.

—Acabo de decirle a la madre de mis hijas que se las llevara porque iba a tener un hijo contigo.

Naomi palideció.

—Yo nunca te pedí que dijeras eso.

Aquella frase lo golpeó.

Porque era verdad.

Yo tampoco se lo había pedido.

Victor había abandonado a sus hijas por decisión propia.

Su teléfono vibró.

Era un mensaje del portero del penthouse.

Señor Reynolds, la señora Vance retiró esta tarde las últimas pertenencias de las niñas.

Victor me llamó.

Mi teléfono estaba apagado mientras cruzábamos el Atlántico.

Volvió a llamar.

Nada.

Entonces llamó a nuestra antigua niñera.

Ella sabía que nos marchábamos.

—Penelope salió del país con las niñas esta noche.

Victor se quedó helado.

—¿Qué?

—Pensé que usted sabía.

Corrió hacia el coche.

Cuando llegó al penthouse, las habitaciones de Abigail y Charlotte estaban vacías.

No quedaban juguetes.

Ni uniformes escolares.

Ni fotografías.

Sobre el escritorio de Abigail había únicamente un sobre.

Dentro estaba una copia del acuerdo de custodia firmado por él.

Y una nota escrita por mí:

“Dijiste que me llevara a las niñas. Esta vez decidí escucharte.”

Victor llamó diecisiete veces.

Luego veintitrés.

Cuando finalmente aterricé en Londres, tenía cuarenta y una llamadas perdidas.

No devolví ninguna.

Pero había otro mensaje.

No era de Victor.

Era de Samantha.

Penelope, necesito preguntarte algo sobre Naomi. Es importante.

Estuve a punto de ignorarlo.

Entonces llegó una fotografía.

Era una captura de pantalla de un antiguo evento empresarial de Reynolds Engineering.

Naomi aparecía al fondo.

Estaba junto a un hombre que yo conocía.

Un hombre casado.

Un hombre que había pasado años sentado en la cabecera de cada cena familiar.

Sentí que se me helaban las manos.

Debajo de la fotografía Samantha había escrito:

“Revisé las fechas. Creo que sé quién podría ser el padre del bebé.”

Amplié la imagen.

Y comprendí por qué Samantha no se había atrevido a escribir su nombre.

El hombre que aparecía junto a Naomi era Walter Reynolds.

El padre de Victor.

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