PARTE 2: MI ESPOSO ME EXIGIÓ DEVOLVER LOS 6.200.000 YUANES DELANTE DE TODA SU FAMILIA, PERO UNA LLAMADA DEL BANCO REVELÓ LO QUE HABÍA INTENTADO HACER A MIS ESPALDAS.

Durante varios segundos nadie dijo una palabra.

La pantalla del terminal seguía mostrando las mismas dos palabras:

SALDO INSUFICIENTE.

Chloe fue la primera en reaccionar.

—¿Qué significa que está “a salvo”?

Dejé mi vaso sobre la mesa.

—Significa exactamente eso.

Ethan apretó mi tarjeta entre los dedos.

—Natalie, dime dónde transferiste el dinero.

—No.

Mi suegra se levantó de golpe.

—¡Son 6.200.000 yuanes!

—Lo sé. Mis padres trabajaron durante décadas para reunir ese patrimonio.

—¡Pero ahora estás casada!

La miré.

—Casarme con Ethan no convirtió a Chloe en heredera de mis padres.

Una de las amigas de Chloe bajó lentamente el teléfono con el que había estado grabando.

La celebración se había convertido en una humillación pública.

Chloe miró a su hermano.

—Me prometiste esta casa.

Ethan se volvió hacia mí.

—Podemos discutirlo en casa. Primero desbloquea el dinero.

—No puedo.

Se quedó inmóvil.

Entonces sonreí apenas.

—Lo invertí en un fondo bloqueado durante tres años. No admite retiros anticipados.

La cara de mi suegra cambió.

—¿Tres años?

—Exactamente.

Chloe empezó a llorar.

—¡Lo hiciste para perjudicarme!

—No. Lo hice para protegerme.

Ethan golpeó la mesa con la palma.

—¡Soy tu esposo! ¡Debiste consultarme!

Lo miré directamente.

—¿Tú me consultaste antes de robar mi tarjeta?

La agente inmobiliaria levantó la vista.

Los familiares comenzaron a murmurar.

Ethan se puso rojo.

—No la robé.

—Estaba dentro de mi cartera.

—Somos marido y mujer.

—Eso tampoco convierte mi cartera en propiedad comunitaria.

Tomé mi bolso.

—Nos vamos.

Pero Ethan me agarró del brazo.

No con suficiente fuerza para lastimarme.

Sí con suficiente fuerza para detenerme.

—Vas a arreglar esto.

Miré su mano.

—Suéltame.

Algo en mi voz hizo que lo hiciera inmediatamente.

Salí sola.

Aquella noche no regresé al apartamento.

Fui a casa de Claire.

Cuando terminé de contarle lo ocurrido, mi prima no pareció sorprendida.

—Cambia tus contraseñas.

—Ya lo hice.

—Correo electrónico, banco, teléfono, inversiones, todo.

La miré.

—Claire, el dinero está bloqueado.

—No estoy preocupada únicamente por ese dinero.

Entonces comprendí.

A la mañana siguiente fui al banco.

Pedí un historial completo de accesos y solicitudes recientes.

La empleada revisó mi cuenta durante varios minutos.

Su expresión se volvió extraña.

—Señora Zhou, ¿usted solicitó información sobre un préstamo garantizado con activos hace aproximadamente dos semanas?

Sentí frío en las manos.

—No.

La mujer dejó de escribir.

—Necesito llamar a mi supervisor.

Veinte minutos después estaba sentada en una oficina privada.

Sobre la mesa había varias hojas impresas.

Alguien había intentado averiguar si mi dote podía utilizarse como garantía para obtener financiación.

La solicitud no había avanzado porque la cuenta estaba exclusivamente a mi nombre.

Pero eso no era todo.

Habían realizado tres consultas.

—¿Desde dónde? —pregunté.

El supervisor giró una hoja hacia mí.

Reconocí inmediatamente el número telefónico proporcionado.

Era el de Ethan.

Sentí que cualquier esperanza de que aquello hubiera sido un impulso desaparecía.

Mi esposo no había decidido robar la tarjeta dos días antes.

Llevaba semanas buscando una forma de usar mi dinero.

Fotografié todos los documentos.

Después llamé a Ethan.

Contestó inmediatamente.

—¿Dónde estás?

—En el banco.

Silencio.

—Natalie…

—Encontré tus consultas.

Otro silencio.

Más largo.

—Puedo explicarlo.

—Te escucho.

—Mamá encontró una oportunidad. Pensamos que si conseguíamos financiar parte del apartamento…

—¿Pensamos?

No respondió.

—¿Quiénes?

—Mi madre, Chloe y yo.

Me reí.

No porque fuera gracioso.

Porque finalmente entendía mi matrimonio.

—Así que tres personas hicieron planes con el dinero de una cuarta.

—No dramatices.

Aquellas dos palabras terminaron lo que quedaba.

—Nos vemos esta noche.

Cuando regresé al apartamento, los tres estaban esperándome.

Mi suegra ocupaba mi sofá como si presidiera un tribunal.

Chloe tenía los ojos hinchados.

Ethan estaba junto a la ventana.

Sobre la mesa había un documento.

—¿Qué es eso?

Mi suegra respondió:

—Una solución.

Lo abrí.

Querían que firmara un acuerdo reconociendo los 6.200.000 yuanes como patrimonio familiar destinado al matrimonio.

Solté una carcajada.

—¿Quién redactó esto?

—Un abogado —dijo Ethan.

—¿Tu abogado?

—De la familia.

Dejé las hojas sobre la mesa.

—No firmaré.

Chloe se levantó.

—¡Por tu culpa perdí el apartamento!

—Nunca fue tuyo.

Mi suegra señaló hacia mí.

—Ethan cometió un error casándose con una mujer que guarda cada moneda como si su marido fuera un ladrón.

La miré.

—Su hijo sacó una tarjeta de mi cartera e intentó gastar casi cuatro millones sin permiso. No necesito imaginar que es un ladrón.

Ethan dio un paso adelante.

—¡Basta!

Entonces ocurrió algo inesperado.

Su teléfono empezó a sonar.

Miró la pantalla y rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

La rechazó otra vez.

A la tercera, vi el nombre.

Señor Liu – Banco Huaxin.

—Contesta —dije.

—No importa.

—Contesta.

Ethan apagó el teléfono.

Claire tenía razón.

Había algo más.

Saqué mi propio móvil y llamé al supervisor que me había atendido aquella mañana.

—Quiero revisar cualquier solicitud vinculada a mis datos personales, no solamente a esa cuenta.

Mi suegra se levantó.

—Natalie, no hagas estupideces.

Aquello confirmó mis sospechas.

Puse el altavoz.

El supervisor tardó unos segundos en revisar el sistema.

Entonces preguntó:

—Señora Zhou, ¿reconoce una solicitud presentada hace nueve días por Zhou Family Holdings?

Miré a Ethan.

Su rostro se quedó completamente blanco.

—No.

Escuché varias teclas.

—La solicitud incluye una declaración patrimonial donde aparecen los 6.200.000 yuanes de su cuenta como respaldo financiero del solicitante.

Sentí que se me cerraba el pecho.

—¿Quién es el solicitante?

Ethan avanzó.

—Natalie, cuelga.

Retrocedí.

—Dígame el nombre.

El supervisor respondió.

—Ethan Zhou.

Chloe dejó de llorar.

Mi suegra tampoco dijo una palabra.

Pero todavía faltaba algo.

—Hay una segunda documentación adjunta —continuó el hombre—. Necesitamos verificarla porque contiene su nombre y aparentemente su firma.

Miré lentamente a mi esposo.

—¿Mi firma?

Ethan agarró las llaves.

—Esto se acabó.

Se dirigió hacia la puerta.

Me interpuse.

—Enséñeme el documento —le pedí al supervisor.

Un minuto después llegó a mi correo.

Abrí el archivo.

Y por primera vez aquella noche sentí verdadero miedo.

No era una simple autorización bancaria.

Era un documento donde supuestamente yo aceptaba convertir una parte sustancial de mi dote en garantía de una deuda empresarial.

Al final aparecía mi nombre.

Y debajo había una firma casi idéntica a la mía.

Pero yo jamás había firmado aquel papel.

Levanté la vista.

Ethan ya no parecía enfadado.

Parecía atrapado.

—¿Quién falsificó mi firma?

Mi suegra palideció.

Chloe miró a Ethan.

Y él cometió el error que terminó de revelarlo todo.

No preguntó de qué documento estaba hablando.

No pidió verlo.

Simplemente susurró:

—Mamá me dijo que nunca llegarías a descubrirlo.

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