PARTE 2: CERRÉ TODAS LAS PUERTAS DE LA MANSIÓN PARA ATRAPAR A QUIEN HABÍA ROBADO DOCE AÑOS DE MI VIDA, PERO LA PRUEBA DE ADN REVELÓ QUE EL TRAIDOR HABÍA ESTADO SENTADO A MI MESA TODO ESE TIEMPO.

La puerta del piso de arriba volvió a crujir.

Todos mis hombres levantaron la mirada.

—Revisen la casa —ordené—. Habitación por habitación.

—¿Buscamos a alguien en particular? —preguntó Marco, mi jefe de seguridad.

Miré los documentos que todavía sostenía.

—A cualquiera que intente salir.

La señora Harlow tomó al recién nacido mientras mi médico personal llegaba por la entrada lateral.

Mia seguía junto a la chimenea, envuelta ahora en una manta enorme.

Podría haberla enviado a otra habitación.

No lo hice.

Aquella niña había protegido a mi hijo cuando todos mis hombres habían fallado.

El doctor Moretti examinó al bebé.

—Está frío y deshidratado, pero estable.

—Haz la prueba.

Me miró.

—¿ADN?

—Ahora.

Tomó muestras del bebé y mías.

Mientras esperábamos, estudié nuevamente el sobre.

Había algo que me molestaba.

La información médica podía haber sido robada.

La contraseña era diferente.

Sólo tres personas la conocían.

Yo.

El doctor Adrian Vale, responsable del tratamiento que me había dejado supuestamente estéril.

Y mi hermano menor, Luca.

Vale había muerto hacía nueve años.

Luca llevaba muerto doce.

Al menos eso decía el certificado que yo mismo había pagado para obtener.

Marco regresó veinte minutos después.

—Nadie falta.

—¿La puerta?

—La habitación de invitados del ala oeste estaba abierta.

Sentí que algo se tensaba dentro de mí.

—¿Quién duerme allí?

Marco dudó.

—Señor Bellini.

Matteo Bellini.

Mi asesor financiero.

Mi amigo durante diecisiete años.

El hombre que había permanecido a mi lado cuando asesinaron a Luca.

Matteo apareció en la escalera segundos después, abrochándose tranquilamente los puños de la camisa.

—¿Qué demonios está pasando?

—Encontraron un bebé junto al muro.

Su expresión no cambió.

Eso fue precisamente lo que me inquietó.

—¿Y por eso encerraste a cuarenta personas?

—No.

Me acerqué.

—Lo hice porque alguien dejó documentos privados con él.

Por primera vez vi algo en sus ojos.

No miedo.

Reconocimiento.

Desapareció inmediatamente.

—Entonces llama a la policía.

—Ya vendrán las personas necesarias.

Matteo sonrió.

—Siempre tan dramático.

Entonces Mia habló desde la chimenea.

—Yo lo vi.

Toda la habitación quedó inmóvil.

Matteo giró lentamente.

—¿Qué dijiste?

Mia señaló hacia él.

—Estabas cerca de los contenedores.

Matteo soltó una carcajada.

—Esa niña está congelada y asustada.

—No —insistió Mia—. Tú estabas allí.

Me agaché frente a ella.

—Mia, mírame.

Sus ojos encontraron los míos.

—¿Estás segura?

Asintió.

—Vi un coche negro. Él estaba hablando con una mujer.

—¿Qué mujer?

La niña tragó saliva.

—No vi su cara.

Matteo levantó las manos.

—Esto es absurdo.

Marco ya estaba revisando su teléfono.

—Jefe.

Me mostró la pantalla.

Las cámaras exteriores habían perdido señal durante exactamente diecisiete minutos.

El bebé apareció durante esos diecisiete minutos.

Miré a Matteo.

—Dame tu teléfono.

—No.

Mis hombres dieron un paso adelante.

—Acabas de convertir una pregunta en un problema.

Matteo me sostuvo la mirada unos segundos.

Finalmente dejó el teléfono sobre la mesa.

En ese instante entró el doctor Moretti.

Traía una hoja impresa.

Su rostro me dio la respuesta antes de que hablara.

—La prueba rápida confirma parentesco directo.

No respiré.

—¿Qué significa?

—Que ese niño es biológicamente tu hijo.

El silencio fue absoluto.

Miré hacia la señora Harlow.

Mi hijo dormía contra su pecho sin saber que acababa de destruir doce años de certezas.

—Entonces los médicos mintieron.

Moretti negó lentamente.

—No necesariamente.

Colocó los antiguos registros junto al resultado.

—Tu tratamiento redujo muchísimo tus posibilidades de tener hijos naturalmente. Pero estas muestras fueron preservadas antes.

Señaló una línea.

—Alguien accedió al material años después.

—¿Cuándo?

El médico me mostró la fecha.

Diez meses atrás.

Sentí que el aire desaparecía.

—¿Quién autorizó eso?

—Según este documento…

Se detuvo.

—Tú.

La firma parecía mía.

Pero no lo era.

Matteo comenzó a retroceder.

Marco lo vio.

—Quieto.

—Esto ya es una locura.

Entonces el teléfono de Matteo vibró sobre la mesa.

Todos miramos la pantalla.

Un mensaje apareció.

¿YA ENCONTRÓ AL BEBÉ?

No había nombre.

Sólo un número.

Tomé el teléfono antes de que Matteo pudiera hacerlo.

—¿Quién es?

—No tengo idea.

—Mientes.

—Vincent…

—¿QUIÉN ES?

Mia empezó a llorar.

Bajé inmediatamente la voz.

Matteo me conocía lo suficiente para entender que aquello era peor.

Marco revisó el número.

Después me miró.

—Es prepago.

Otro mensaje apareció.

SI LA NIÑA SIGUE VIVA, TENEMOS UN PROBLEMA.

La señora Harlow abrazó a Mia.

Mi sangre se volvió hielo.

Ya no hablábamos solamente de mi hijo.

Alguien sabía que Mia lo había encontrado.

—Lleva a los niños a la habitación segura —ordené.

Matteo intentó correr.

No llegó a la puerta.

Dos guardias lo derribaron contra el suelo.

—¡No sabes lo que estás haciendo! —gritó.

Me acerqué.

—Entonces explícame.

Matteo respiraba con dificultad.

Finalmente comenzó a reír.

—Sigues pensando que esto empezó con el bebé.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué significa eso?

—Pregúntate por qué tu tratamiento falló.

Moretti frunció el ceño.

—El tratamiento no falló.

Matteo volvió la cabeza hacia mí.

—Exactamente.

Entonces entendí.

—Nunca intentaban dejarme estéril.

Su sonrisa desapareció.

—Ahora estás pensando.

Doce años atrás.

El tratamiento.

La supuesta infertilidad.

La muerte de Luca pocas semanas después.

Todo había ocurrido demasiado cerca.

—¿Quién está detrás?

Matteo cerró la boca.

Marco levantó su teléfono.

—Jefe, encontramos algo en las cámaras internas.

Abrió una grabación.

A las 3:12 de la madrugada anterior, Matteo salía de su habitación y entraba en mi despacho.

Permanecía allí seis minutos.

Después aparecía otra persona.

Una mujer.

Llevaba una capucha.

Pero conocía aquella manera de caminar.

La había visto miles de veces.

Sentí que mi estómago se cerraba.

La señora Harlow regresó al vestíbulo después de dejar a los niños protegidos.

Miró la pantalla.

Y dejó caer la bandeja que llevaba.

—Dios mío…

Yo no podía apartar los ojos.

La mujer se quitó la capucha dentro de mi despacho.

Era Elena Rossi.

Mi prometida.

La mujer con la que iba a casarme dentro de seis semanas.

En la grabación, Elena entregaba a Matteo una carpeta.

Luego lo besaba.

Pero aquello ni siquiera fue lo peor.

Marco amplió la imagen de los documentos.

En la portada aparecía una fotografía antigua.

Dos hombres jóvenes.

Yo era uno.

El otro era Luca.

Debajo había un informe fechado tres meses después de la supuesta muerte de mi hermano.

Y junto al nombre de Luca aparecía una palabra:

VIVO.

Antes de que pudiera hablar, sonó el intercomunicador de la entrada.

Uno de mis guardias respondió.

Su rostro cambió.

—Jefe…

—¿Qué?

Me miró como si no supiera cómo decirlo.

—Hay un hombre frente a la puerta.

—¿Quién?

El guardia tragó saliva.

—Dice que se llama Luca.

Doce años después de haber enterrado un ataúd con el nombre de mi hermano, una voz que jamás pensé volver a escuchar salió del altavoz.

—Vincent, abre la puerta.

Sentí que el mundo se detenía.

Entonces Luca añadió:

—Si quieres saber quién es la madre de tu hijo, no confíes en nadie que esté dentro de esa casa.

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