A la mañana siguiente desperté en una habitación más grande que mi antiguo apartamento.
Durante unos segundos olvidé dónde estaba.
Entonces escuché un golpe suave en la puerta.
Era Dominic.
—Lily está despierta.
Me levanté inmediatamente.
La niña estaba en el ala médica, pálida entre las sábanas blancas, con un médico revisando los monitores junto a su cama.
Cuando me vio, extendió la mano.
—Viniste.
Me acerqué.
—Te dije que no me iría.
Sus pequeños dedos rodearon los míos.
Dominic observó aquel gesto desde el otro lado de la habitación.
El médico explicó que Lily necesitaría semanas de recuperación, pero que había tenido suerte.
Después de que salió, Dominic cerró la puerta.
—Necesito saber qué recuerdas.
Lily se puso rígida.
—Papá…
—No tienes que contarme todo.
Su voz cambió inmediatamente.
Ya no era el hombre aterrador del callejón.
Era simplemente un padre asustado.
—Sólo dime quién te sacó de casa.
Lily miró hacia la puerta.
—No lo sé.
Dominic frunció el ceño.
—Había cuatro guardias contigo.
—El señor dijo que tú lo habías enviado.
—¿Qué señor?
Ella negó rápidamente.
Su respiración comenzó a acelerarse.
Me senté junto a ella.
—Está bien. No tienes que recordarlo ahora.
Dominic me miró, pero no insistió.
Cuando salimos al pasillo, su expresión volvió a endurecerse.
—Cuatro hombres desaparecieron la misma noche.
—¿Los guardias?
Asintió.
—Uno apareció muerto esta mañana.
Sentí frío.
—¿Y los otros?
—Nada.
Entonces comprendí por qué aquella mansión tenía hombres armados en cada puerta.
No estaban protegiendo una fortuna.
Estaban esperando otro ataque.
Dominic ordenó que nunca dejara sola a Lily.
Durante los siguientes dos días, prácticamente viví junto a ella.
Comíamos juntas.
Le leía cuentos.
Dormía en una habitación conectada con la suya.
Y poco a poco empezó a hablar.
No sobre el secuestro.
Sobre su madre.
Eva.
—Mamá decía que papá parece malo porque no sabe sonreír.
Tuve que contener una carcajada.
—Eso parece posible.
—Pero no es malo.
Lily bajó la voz.
—Sólo hace cosas malas con gente mala.
Aquella explicación infantil probablemente resumía a Dominic Rosetti mejor que cualquier periódico de Chicago.
Esa tarde apareció una mujer llamada Bianca.
Tendría unos cincuenta años, llevaba el cabello recogido y administraba la mansión con la autoridad de una general.
—La señorita Lily necesita descansar.
Parecía amable.
Pero algo en su mirada me incomodó.
Cuando salió, Lily me agarró la muñeca.
—No me gusta cuando ella entra.

—¿Bianca?
La niña asintió.
—¿Te hizo algo?
—No.
Después susurró:
—Pero estaba enojada cuando mamá murió.
Antes de que pudiera preguntar más, alguien llamó.
Dominic.
—Necesito hablar contigo.
Me llevó a su despacho.
Sobre el escritorio había una carpeta.
—Hice revisar tus antecedentes.
No me sorprendió.
—Supuse que lo harías.
—Trabajabas como asistente administrativa.
—Hasta hace tres meses.
—Te despidieron después de faltar demasiado.
Sentí vergüenza.
—Estaba enferma.
Dominic abrió otra hoja.
Allí estaban mis resultados médicos incompletos.
La biopsia que nunca pude pagar.
Las citas canceladas.
—Mañana te verá un especialista.
—Eso no formaba parte…
—Sí formaba parte del contrato.
—Dominic.
Levantó los ojos.
—Salvaste a mi hija. No voy a discutir contigo sobre una factura médica.
Por primera vez desde que había entrado en aquella casa, no supe qué decir.
Entonces alguien golpeó violentamente la puerta.
Uno de los guardias entró.
—Señor Rosetti, encontramos algo.
Nos llevó hasta la sala de seguridad.
Habían conseguido recuperar imágenes de una cámara situada dos calles antes del callejón.
En la pantalla apareció una camioneta negra.
La puerta trasera se abrió.
Un hombre bajó cargando a Lily.
La dejó cerca del callejón.
Luego volvió al vehículo.
Dominic se inclinó hacia la pantalla.
—Amplíalo.
La imagen era mala.
Pero había un detalle visible.
El hombre llevaba un anillo.
Un lobo plateado.
El mismo símbolo de los Rosetti.
Dominic quedó completamente inmóvil.
—Ese anillo sólo lo reciben miembros de la familia.
Me recorrió un escalofrío.
—Entonces tenías razón.
Él me miró.
—No fue un enemigo entrando en mi casa.
Fue alguien que ya tenía las llaves.
Esa noche duplicaron la seguridad.
Pero a las 2:13 de la madrugada desperté con la puerta de mi habitación entreabierta.
Yo recordaba haberla cerrado.
Me levanté.
El pasillo estaba vacío.
Entonces escuché un ruido en la habitación de Lily.
Corrí.
Había una figura inclinada sobre su cama.
—¡Aléjate de ella!
La persona giró.
Era Bianca.
Tenía una jeringa en la mano.
—Tranquila. Es su medicamento.
Miré el líquido.
—¿Qué medicamento?
—Para dormir.
—El médico no mencionó ninguno.
Bianca sonrió.
—Eres nueva aquí.
Extendí la mano.
—Dame la jeringa.
Su expresión cambió.
Sólo durante un segundo.
Pero fue suficiente.
Bianca guardó la jeringa.
—No sabes en qué te estás metiendo.
Y salió.
Desperté a Lily.
—Cariño, necesito preguntarte algo.
Ella abrió los ojos lentamente.
—¿Qué?
—El hombre que te llevó aquella noche… ¿lo habías visto antes?
Lily comenzó a temblar.
—Sí.
—¿Aquí?
Asintió.
—¿Puedes decirme quién era?
Antes de responder, miró detrás de mí.
Su rostro perdió todo el color.
Me giré.
Dominic estaba en la puerta.
Lily se escondió contra mi pecho.
—Papá…
Dominic entró.
—¿Qué sucede?
La niña levantó una mano temblorosa.
Pero no señaló a Dominic.
Señaló más allá de él.
Hacia el hombre que acababa de aparecer en el pasillo.
Dominic se volvió.
Yo reconocí al recién llegado.
Había cenado con nosotros esa misma noche.
Matteo Rosetti.
El hermano menor de Dominic.
Lily empezó a llorar.
—Él estaba allí.
Matteo quedó inmóvil.
Dominic no dijo una palabra.
Entonces Lily añadió:
—Pero él no fue quien me hizo daño.
Miró a su padre aterrorizada.
—El otro hombre le dijo que tenía que hacerlo.
Dominic se acercó lentamente.
—¿Qué otro hombre?
Lily abrió la boca.
Y en ese preciso instante, todas las luces de la mansión se apagaron.
Un segundo después sonó una alarma.
Después un disparo.
Y desde algún lugar del piso inferior llegó un grito:
—¡HAN ABIERTO LA PUERTA ESTE!