PARTE 2: CREÍ QUE LAS 328 LLAMADAS ERAN POR MI RENUNCIA, HASTA QUE LUCAS APARECIÓ FRENTE A MI PUERTA Y ME CONTÓ POR QUÉ SE HABÍA CASADO TRES DÍAS DESPUÉS DE QUE YO DESAPARECIERA.

A las nueve de la mañana, alguien llamó a mi puerta.

No esperaba visitas.

Mia tenía trabajo y nadie más conocía todavía mi nueva dirección.

Me acerqué en silencio y miré por la mirilla.

El corazón me dio un vuelco.

Lucas Ward estaba del otro lado.

Llevaba la misma camisa blanca arrugada de la fotografía de su matrimonio.

Tenía el cabello desordenado, los ojos rojos y una expresión que jamás le había visto durante cuatro años trabajando a su lado.

Parecía derrotado.

No abrí.

—Nina —dijo desde afuera—. Sé que estás ahí.

Me quedé inmóvil.

—Vete, Lucas.

Hubo un largo silencio.

—Desbloquéame.

—No.

—Necesito hablar contigo.

Solté una risa amarga.

—¿No deberías estar con tu esposa?

Aquello consiguió silenciarlo.

Luego escuché:

Precisamente por eso estoy aquí.

Abrí la puerta, pero dejé puesta la cadena.

—Tienes cinco minutos.

Lucas me miró como si llevara horas buscando mi rostro.

—¿Por qué renunciaste?

—Porque quería hacerlo.

—Mentira.

—Entonces no preguntes si ya decidiste mi respuesta.

Su mandíbula se tensó.

—Cuatro años, Nina.

—Lo sé perfectamente.

—Cuatro años trabajando conmigo y desapareces dejando una carta de renuncia a Recursos Humanos.

Lo miré fijamente.

—¿Qué esperabas? ¿Una despedida romántica?

Lucas palideció.

Había acertado donde dolía.

Porque existía una razón que nunca le había contado.

Dos semanas antes de renunciar, entré accidentalmente en la sala de reuniones privada mientras Lucas hablaba con su padre.

Escuché mi nombre.

Me quedé detrás de la puerta.

—Victoria es la elección correcta —había dicho su padre—. Ese matrimonio asegura la inversión de los Shaw.

Lucas no respondió.

Su padre continuó:

—Y tienes que poner distancia con Nina. La gente habla demasiado.

Entonces escuché la respuesta de Lucas.

Nina entenderá. Siempre entiende.

Aquellas cuatro palabras destruyeron algo dentro de mí.

Siempre entiende.

Sí.

Yo entendía cuando cancelaba mis vacaciones porque él necesitaba ayuda.

Entendía cuando me llamaba a medianoche.

Entendía cuando olvidaba mi cumpleaños pero recordaba exactamente cómo tomaba el café.

Entendía cuando me pedía acompañarlo a cenas empresariales y luego me presentaba simplemente como “mi asistente más confiable”.

Había pasado cuatro años entendiendo.

Así que decidí hacer algo que Lucas nunca había considerado posible.

Dejar de entenderlo.

—Escuché la conversación con tu padre —le dije.

Lucas quedó inmóvil.

—¿Qué conversación?

—La de Victoria.

Su rostro cambió.

Ya no necesitaba explicar nada.

—Nina…

—Dijiste que yo entendería.

—No escuchaste todo.

—Escuché suficiente.

Intenté cerrar la puerta.

Lucas puso la mano contra ella.

—El matrimonio no es lo que piensas.

Lo miré con incredulidad.

—Hay un acta.

—Lo sé.

—Una esposa.

—Lo sé.

—Entonces parece bastante sencillo.

Lucas respiró profundamente.

—Mi padre condicionó la transferencia de sus acciones a una alianza con los Shaw. Victoria necesitaba el matrimonio por razones similares.

Me reí.

—Qué romántico.

—No estoy enamorado de ella.

Aquello me enfureció todavía más.

—Eso deberías explicárselo a tu esposa, no a tu antigua empleada.

Lucas bajó la voz.

—Victoria ya lo sabe.

Me quedé callada.

—Tenemos un acuerdo —continuó—. El matrimonio debía durar un año. Después nos divorciaríamos.

—Felicitaciones.

—Nina, escucha.

—No cambia nada.

Entonces su expresión se quebró.

Cambió cuando vi tu “me gusta”.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Esperaba que llamaras.

No pude creerlo.

—Te casaste y esperabas que yo te llamara.

—Esperaba que hicieras algo.

—¿Como qué?

Lucas tragó saliva.

—Que me preguntaras por qué.

Lo miré durante varios segundos.

Por primera vez comprendí algo profundamente triste sobre él.

Lucas había construido toda nuestra relación sobre una certeza absurda:

que yo siempre estaría allí.

—Por eso llamaste 328 veces.

—Primero llamé porque necesitaba explicarlo.

Su voz se volvió más baja.

—Después alguien de Recursos Humanos me dijo que habías renunciado.

Me quedé inmóvil.

—Revisé tu escritorio. Tus cosas habían desaparecido. Tu apartamento estaba vacío. Nadie sabía dónde estabas.

Me miró directamente.

—Y entonces entendí que aquel “me gusta” no significaba que estabas feliz por mí.

Hizo una pausa.

Significaba adiós.

No respondí.

Lucas soltó lentamente la puerta.

—Dime una cosa y me voy.

—¿Qué?

—¿Alguna vez sentiste algo por mí?

La pregunta llegó cuatro años tarde.

—Sí.

Lucas cerró los ojos.

—¿Desde cuándo?

—Ya no importa.

—Para mí sí.

—Ese es precisamente el problema. Sólo empezó a importarte cuando dejé de estar disponible.

Retrocedió como si lo hubiera golpeado.

Entonces apareció otra voz en el pasillo.

—Tiene razón.

Una mujer estaba detrás de Lucas.

Alta.

Elegante.

Abrigo color crema.

La reconocí inmediatamente.

Victoria Shaw.

La esposa recién casada de Lucas.

Lucas giró sorprendido.

—Victoria, ¿qué haces aquí?

Ella levantó su teléfono.

—Tu padre me llamó porque desapareciste de nuestra suite matrimonial.

Después me miró.

No había hostilidad en sus ojos.

Para mi sorpresa, parecía divertida.

—Así que tú eres Nina.

—Victoria…

Ella ignoró a Lucas.

—Necesito mostrarte algo.

Sacó un sobre del bolso y me lo entregó.

Lucas intentó detenerla.

—No.

Victoria arqueó una ceja.

—Ya hiciste suficiente.

Abrí el sobre.

Dentro había una copia del acuerdo matrimonial.

Pasé varias páginas sin comprender por qué me lo mostraba.

Hasta llegar a una cláusula marcada.

La leí dos veces.

Luego levanté la vista.

—¿Qué significa esto?

Victoria sonrió.

—Que nuestro matrimonio podía anularse inmediatamente si cualquiera de nosotros demostraba que estaba enamorado de otra persona antes de firmar.

Miré a Lucas.

Él permanecía completamente quieto.

Victoria continuó:

—Anoche, después de aproximadamente la llamada número doscientos, Lucas cometió un pequeño error.

Sacó nuevamente el teléfono.

—Me dijo tu nombre.

Mi respiración se detuvo.

—Muchas veces.

Lucas cerró los ojos.

Victoria soltó una pequeña carcajada.

—Créeme, Nina. No tengo ningún interés en permanecer casada con un hombre que pasó su noche de bodas llamando desesperadamente a otra mujer.

Luego colocó una segunda hoja sobre mis manos.

SOLICITUD DE ANULACIÓN.

Ya estaba firmada por Victoria.

—Mi abogado la presentará esta mañana.

Lucas la miró sorprendido.

—Nuestro acuerdo comercial…

—Encontraremos otra solución.

Victoria se volvió hacia mí.

—Pero hay algo que deberías saber antes de decidir si vuelves a hablar con este idiota.

Lucas palideció.

—Victoria.

—Ella merece saberlo.

Victoria abrió otro documento.

Era una oferta laboral.

Mi nombre aparecía en la primera línea.

Nina Collins.

Debajo figuraba un salario casi tres veces superior al que recibía trabajando para Lucas.

—Mi padre quería contratarte desde hace meses —dijo Victoria—. Lucas bloqueó cada intento.

Sentí que la sangre se me helaba.

Miré a Lucas.

—¿Tú hiciste qué?

—Nina, puedo explicarlo.

Victoria negó con la cabeza.

—Siempre puede explicarlo todo.

Guardó su teléfono.

—Excepto por qué estaba dispuesto a casarse con una mujer que no amaba, pero no podía soportar la idea de que la mujer que sí amaba trabajara para otro hombre.

El pasillo quedó completamente silencioso.

Lucas me miró.

Esperando.

Tal vez por primera vez, sin saber qué decisión tomaría yo por él.

Tomé la oferta laboral.

Después miré el apartamento que acababa de alquilar, las cajas que todavía tenía que abrir y la vida que había empezado sin pedirle permiso.

Finalmente sonreí.

—Victoria, dile a tu padre que aceptaré una entrevista.

Lucas perdió el color del rostro.

—Nina…

Lo miré una última vez.

—Durante cuatro años organizaba tu agenda, resolvía tus problemas y esperaba que algún día me eligieras.

Cerré lentamente la puerta.

Ahora me toca elegirme a mí.

Seis meses después, dirigía mi propio departamento en Shaw Industries.

Victoria y yo terminamos convirtiéndonos, para sorpresa de todos, en buenas amigas.

La anulación de su matrimonio se aprobó rápidamente.

Lucas dejó de llamar 328 veces.

Aprendió algo mucho más difícil.

A esperar.

Y casi un año después, cuando apareció frente a mi oficina sin flores, sin órdenes y sin exigir ninguna explicación, simplemente preguntó:

—¿Puedo invitarte a tomar un café?

Lo observé durante unos segundos.

Esta vez no era mi jefe.

Yo tampoco era la mujer que esperaba silenciosamente detrás de él.

—Un café —respondí—. Nada más.

Lucas sonrió.

Y por primera vez en cuatro años, no empezó nuestra historia porque él me necesitara.

Empezó porque ambos éramos libres de decidir si queríamos quedarnos.

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