PARTE 2: FINGÍ UN VIAJE PARA ATRAPAR A LA MUJER QUE CREÍA QUE TRAICIONABA A MI FAMILIA, PERO LAS CÁMARAS REVELARON QUE MI FUTURA ESPOSA LLEVABA MESES ENGAÑÁNDOME DENTRO DE MI PROPIA CASA.

Me quedé inmóvil frente a las pantallas.

Patricia seguía mirando a Rosa con aquella sonrisa que yo conocía perfectamente.

Sólo que hasta ese momento nunca había entendido lo que escondía.

—Recuerda quién paga tu sueldo —dijo Patricia.

Rosa no retrocedió.

—El señor Alejandro me paga para cuidar esta casa y proteger a sus hijas.

—Alejandro pronto será mi esposo.

Patricia se acercó todavía más.

—Y cuando eso ocurra, tú serás la primera persona que desaparecerá de aquí.

Mi jefe de seguridad, Samuel, me miró de reojo.

Yo levanté una mano.

Quería entrar.

Quería cruzar aquella puerta, enfrentarla y sacar a mis hijas de allí.

Pero necesitaba saber hasta dónde llegaba aquello.

Entonces Patricia hizo algo peor.

Se volvió hacia Daniela.

—Dile a Rosa lo que hablamos.

Daniela palideció.

—No quiero.

—Dilo.

Rosa se agachó frente a ella.

—No tienes que decir nada que te dé miedo.

Patricia golpeó la mesa con la palma.

Martina empezó a llorar.

—¡DILE!

Daniela abrazó a su hermana.

—Patricia quiere que le digamos a papá que Rosa habla mal de él.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Rosa cerró los ojos.

Patricia perdió la sonrisa.

—Pequeña mentirosa.

Avancé hacia la puerta.

Samuel me detuvo.

—Señor, espere.

Señaló otra pantalla.

Patricia había sacado su teléfono.

—¿Sabes qué pasa con los niños que mienten? —preguntó.

Daniela empezó a temblar.

Rosa se interpuso inmediatamente.

—Basta.

Esta vez su voz no fue sumisa.

Patricia la miró.

—¿Qué dijiste?

—Que basta.

Rosa señaló discretamente hacia las niñas.

—Puede despedirme. Puede insultarme. Pero no vuelva a asustarlas.

Patricia soltó una pequeña carcajada.

—Perfecto.

Guardó el teléfono.

—Entonces quizá Alejandro debería saber que encontré otra cosa en tu habitación.

Rosa frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—Mi collar de diamantes.

Sentí un escalofrío.

Tres semanas antes Patricia había afirmado que aquel collar había desaparecido.

Había sido una de las razones por las que finalmente acepté vigilar a Rosa.

Patricia subió las escaleras.

Samuel cambió de cámara.

La vimos entrar en la habitación de invitados que utilizaba Rosa cuando se quedaba hasta tarde.

Abrió el armario.

Sacó algo del bolsillo.

Y lo metió dentro de un bolso.

Era el collar.

Me levanté tan rápido que la silla golpeó la pared.

—Ella lo plantó.

Samuel no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Lo habíamos visto ambos.

Pero Patricia todavía no había terminado.

Regresó abajo y marcó un número.

—Está hecho —dijo.

Pausa.

—Sí. Alejandro ya sospecha de ella.

Mi mandíbula se tensó.

—¿Con quién habla?

Samuel empezó a registrar la llamada utilizando el sistema de seguridad.

Entonces Patricia dijo:

—Cuando vuelva, encontrará el collar. Rosa desaparecerá y las niñas dejarán de tener a alguien que las proteja.

Al otro lado de la línea alguien respondió.

No pudimos escucharlo.

Patricia sonrió.

—Después de la boda, todo será mucho más sencillo.

Sentí náuseas.

Yo había permitido aquello.

Había escuchado sus acusaciones.

Había empezado a desconfiar de la mujer que estaba protegiendo a mis hijas mientras la verdadera amenaza dormía en mi cama.

—Voy a entrar.

Samuel volvió a detenerme.

—Hay algo más que debería ver.

Abrió una carpeta digital.

—Cuando usted pidió instalar las cámaras adicionales, revisé los registros de acceso de los últimos tres meses.

Apareció una lista.

Fechas.

Horas.

Entradas nocturnas.

Un nombre se repetía.

Víctor Salazar.

Lo conocía.

Era abogado corporativo.

Y llevaba años trabajando para mi empresa.

—¿Por qué entraba Víctor aquí?

Samuel negó lentamente.

—Nunca recibió autorización de seguridad por parte de usted.

Miré los horarios.

Casi todas las visitas coincidían con mis viajes.

Sentí cómo la traición adquiría una dimensión completamente nueva.

—Busca las grabaciones.

Samuel tardó menos de un minuto.

Apareció una imagen de hacía seis semanas.

Patricia abrió personalmente la puerta a Víctor a las 11:47 de la noche.

No parecía sorprendida de verlo.

Lo abrazó.

Después ambos entraron en mi despacho.

Mi despacho privado.

El lugar donde guardaba documentos financieros, contratos y copias de información patrimonial.

Samuel adelantó la grabación.

Cuarenta minutos después salieron.

Víctor llevaba una carpeta que no tenía cuando entró.

—Deténlo.

La imagen quedó congelada.

Reconocí la carpeta.

Contenía documentación de un fideicomiso creado años atrás para Daniela y Martina.

Me costó hablar.

—Quiero una copia de todo.

—Ya la estoy haciendo.

Entonces escuchamos un grito en directo.

Volví hacia la pantalla principal.

Patricia tenía agarrada a Daniela del brazo.

Rosa intentaba apartarla.

No esperé más.

Salí de la sala de vigilancia y crucé el corredor de servicio.

Samuel venía detrás de mí.

Cuando abrí la puerta del salón, el rostro de Patricia cambió.

Primero sorpresa.

Después miedo.

—Alejandro…

Daniela corrió hacia mí.

Martina la siguió.

Me arrodillé y las abracé.

—Papá, no te fuiste.

—No.

Besé sus cabezas.

—Y siento muchísimo haber tardado tanto en ver lo que estaba pasando.

Patricia recuperó rápidamente la voz.

—Puedo explicarlo.

Me puse de pie.

—Estoy seguro.

Miró a Samuel.

Luego a Rosa.

—Ella preparó esto.

Saqué el teléfono.

Reproduje el video del dormitorio.

Patricia se vio a sí misma colocando el collar dentro del bolso de Rosa.

Su rostro quedó blanco.

—Eso no es lo que parece.

—¿Qué parte?

No contestó.

—¿La parte donde amenazas a mis hijas?

Silencio.

—¿La parte donde intentas incriminar a Rosa?

Retrocedió.

—Alejandro…

—¿O la parte donde Víctor Salazar entra en mi despacho mientras estoy fuera?

Ahí ocurrió.

Un pequeño cambio en sus ojos.

Pero suficiente.

Tenía miedo de que yo supiera lo de Víctor.

Samuel se acercó.

—Señor, hay vehículos entrando en la propiedad.

Miré hacia las cámaras.

Dos coches negros avanzaban por el camino.

Patricia también los vio.

Y, para mi sorpresa, pareció aliviada.

—Por fin —murmuró.

La miré.

—¿A quién esperas?

No respondió.

Samuel amplió la imagen.

Víctor salió del primer vehículo.

Del segundo bajaron dos hombres que no reconocí.

Uno llevaba un maletín.

El otro sostenía varios documentos.

Patricia enderezó los hombros.

De repente volvió a sonreír.

—Crees que has ganado porque encontraste unas grabaciones.

Se quitó lentamente el anillo de compromiso y lo dejó sobre la mesa.

—Pero debiste revisar tus propias firmas antes de fingir ese viaje.

Sentí que algo frío me recorría la espalda.

Víctor llegó a la puerta principal.

Samuel recibió una alerta en su teléfono.

La leyó.

Y por primera vez desde que lo conocía, vi desaparecer el color de su rostro.

—Señor…

—¿Qué?

Me mostró la pantalla.

Era una notificación relacionada con mis empresas.

A las nueve de aquella misma mañana se había presentado documentación para transferir el control de varios activos importantes.

Miré a Patricia.

Ella sonrió.

—Te dije que Rosa sabía demasiado.

Víctor entró con el maletín en la mano.

Luego dejó un documento frente a mí.

Vi mi nombre.

Vi una firma que parecía exactamente la mía.

Y debajo aparecía una fecha de hacía cuatro meses.

Cuatro meses.

Mucho antes de que Patricia empezara a acusar a Rosa.

Entonces comprendí la verdad más aterradora.

Patricia nunca había intentado simplemente expulsar a Rosa.

Había intentado eliminar a la única persona de aquella casa que podía haber visto lo que ella y Víctor llevaban meses preparando.

Levanté la vista.

—¿Qué hiciste?

Patricia no respondió.

Fue Víctor quien sonrió y abrió el maletín.

—La pregunta correcta, Alejandro, es cuánto de lo que todavía crees que te pertenece sigue estando realmente a tu nombre.

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