PARTE 2: LA ENFERMERA DESOBEDECIÓ A QUINCE ESPECIALISTAS PARA SALVAR AL BEBÉ DE GABRIEL RUSSO, PERO LO QUE OCURRIÓ CUANDO LAS PUERTAS SE ABRIERON CAMBIÓ SU VIDA PARA SIEMPRE.

Elena sostuvo la aguja con una mano firme aunque todo su cuerpo le pedía que se detuviera.

Al otro lado del cristal, Keller gritaba órdenes.

Gabriel Russo tenía el arma levantada.

Carmine golpeaba la puerta.

Pero Elena sólo miraba a Leo.

Treinta latidos por minuto.

Después veintisiete.

No había tiempo para discutir.

Elena hizo la intervención de emergencia que creía necesaria para liberar la presión que estaba comprometiendo al bebé.

Durante un segundo interminable no ocurrió nada.

Entonces el monitor cambió.

Elena levantó la cabeza.

Treinta y cinco.

Cuarenta y dos.

Cincuenta.

El pequeño pecho de Leo comenzó a moverse de manera más equilibrada.

—Vamos, pequeño —susurró Elena—. Quédate conmigo.

Sesenta y ocho.

Ochenta.

El tono continuo desapareció.

Los pitidos regresaron.

Leo estaba respondiendo.

Afuera, Keller dejó de golpear el cristal.

Uno de los especialistas se acercó tanto a la puerta que casi apoyó la frente contra ella.

—Dios mío —murmuró.

Elena no celebró.

Sabía que aquello sólo había comprado tiempo.

Desactivó el bloqueo.

Las puertas se abrieron.

Gabriel entró primero.

Elena esperaba sentir el cañón de su pistola.

En cambio, Gabriel pasó junto a ella y miró fijamente a Leo.

—¿Está vivo?

La pregunta salió rota.

Elena asintió.

—Por ahora.

Keller entró detrás de él.

—¡Apártate de ese paciente!

Dos médicos corrieron hacia la incubadora.

Revisaron los monitores.

Uno pidió inmediatamente una nueva imagen del tórax.

Keller señaló a Elena.

—Seguridad. Sáquenla de aquí.

Gabriel giró lentamente.

—Nadie la toca.

Keller palideció.

—Señor Russo, esta mujer acaba de realizar un procedimiento fuera de sus competencias.

—Y el niño está respirando.

—Eso no cambia lo que hizo.

—Para mí cambia bastante.

Minutos después llegó la imagen que terminó con la discusión médica.

El especialista de Boston la sostuvo contra la pantalla iluminada.

Su expresión se endureció.

Había evidencia compatible con lo que Elena había sospechado.

La presión en el tórax había estado agravando el colapso de Leo.

El hombre miró a Keller.

—Ella lo vio.

Keller negó inmediatamente.

—Fue una conjetura.

—Fue una conjetura correcta.

Gabriel escuchó cada palabra.

Después miró a los quince médicos reunidos alrededor de su sobrino.

—Quince expertos.

Nadie respondió.

—Quince.

Señaló a Elena.

—¿Y ella fue la única que lo vio?

—Gabriel —susurró Isabella desde su silla de ruedas.

Él fue hacia su hermana.

Isabella estaba llorando.

—¿Leo va a vivir?

El especialista respiró profundamente.

—Sigue extremadamente grave. Las próximas horas serán críticas. Pero ahora tiene una posibilidad que hace unos minutos no tenía.

Isabella cubrió su rostro.

Gabriel cerró los ojos.

Sólo durante un instante.

Cuando volvió a abrirlos, toda vulnerabilidad había desaparecido.

Se volvió hacia Elena.

—¿Cuánto te debo?

Ella lo miró confundida.

—¿Qué?

—Dime una cifra.

Keller soltó una risa nerviosa.

—Señor Russo, ella probablemente será suspendida antes del amanecer.

Gabriel giró la cabeza.

—No estaba hablando contigo.

Elena se quitó lentamente los guantes.

—No quiero su dinero.

Aquella respuesta pareció sorprenderlo más que cualquier otra cosa ocurrida esa noche.

—Todo el mundo quiere algo.

—Yo quería que Leo siguiera vivo.

Gabriel la estudió en silencio.

Entonces llegaron tres administradores del hospital acompañados por seguridad.

El director médico llevaba documentos en la mano.

—Señorita Jenkins, debe acompañarnos.

Gabriel dio un paso adelante.

—¿Para qué?

—Se ha producido una violación extremadamente grave del protocolo.

Elena levantó una mano antes de que Gabriel respondiera.

—Iré.

—Elena —dijo Isabella.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre.

Elena se volvió.

Isabella extendió una mano débil desde la silla.

—Gracias por no rendirte con mi hijo.

Elena la apretó suavemente.

Después salió.

Dos horas más tarde estaba sentada sola en una oficina administrativa.

Su identificación descansaba sobre la mesa.

Habían suspendido inmediatamente sus privilegios clínicos mientras comenzaba una investigación interna.

Keller había presentado un informe.

El departamento jurídico también había sido notificado.

Elena escuchó todo sin protestar.

Había sabido el precio antes de actuar.

Lo que no esperaba era encontrar a Gabriel esperando cuando salió.

Estaba solo.

Sin Carmine.

Sin arma visible.

—Leo está estable —dijo.

Elena cerró los ojos unos segundos.

Era suficiente.

Intentó caminar hacia los ascensores.

Gabriel la siguió.

—Te despidieron.

—Me suspendieron.

—Te despedirán mañana.

—Probablemente.

—Entonces trabaja para mí.

Elena se detuvo.

—No.

Gabriel frunció el ceño.

—Ni siquiera preguntaste cuánto.

—Porque usted cree que el dinero convierte una mala idea en una buena.

Por primera vez, una sonrisa casi invisible apareció en su rostro.

—Tienes cuarenta y cinco mil dólares de deuda.

Elena se quedó helada.

—¿Cómo sabe eso?

—Sé cosas.

—Investigar mis finanzas no es una manera normal de agradecerme.

—Yo tampoco soy un hombre normal.

—Eso ya lo había notado.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Gabriel colocó una mano para impedir que se cerraran.

—Tu deuda desaparecerá esta noche.

—No la toque.

—¿Prefieres perder tu apartamento?

Elena sintió rabia.

—Prefiero no pertenecerle a nadie.

La expresión de Gabriel cambió.

—No estoy intentando comprarte.

—Entonces deje de ponerme precio.

Entró al ascensor.

Esta vez Gabriel permitió que las puertas se cerraran.

Elena creyó que había terminado.

Se equivocaba.

A las siete de la mañana regresó a su apartamento.

Había dormido menos de diez horas durante los últimos cuatro días.

Sólo quería ducharse y olvidar durante unas horas que posiblemente había destruido su carrera.

Entonces vio el sobre debajo de su puerta.

Dentro había una copia de su contrato de alquiler.

Sobre él aparecía estampada una sola palabra:

PAGADO.

Elena sintió que la sangre le hervía.

Sacó el teléfono para llamar al hospital.

Antes de hacerlo recibió un mensaje.

No era de Gabriel.

Era de un número desconocido.

“Russo cree que salvaste al niño.”

Llegó otro.

“Ahora él cree que estás bajo su protección.”

Elena frunció el ceño.

Un tercer mensaje apareció.

“Eso significa que acabas de convertirte en nuestro problema.”

Adjunta había una fotografía.

Elena dejó de respirar.

La imagen había sido tomada aquella misma mañana.

Mostraba a Elena entrando en su edificio.

Fotografiada desde el otro lado de la calle.

Pero aquello no fue lo que la aterrorizó.

En la esquina inferior aparecía otra fotografía más pequeña.

Era antigua.

Mostraba a su madre durante el tratamiento contra la leucemia.

Elena amplió la imagen.

Detrás de su madre había un hombre que ella jamás había visto.

Llevaba un anillo con un símbolo grabado.

El mismo símbolo que Elena había visto horas antes en uno de los hombres de Gabriel.

Debajo apareció el último mensaje:

“Pregúntale a Gabriel Russo quién pagó realmente el tratamiento de tu madre antes de morir.”

El teléfono de Elena sonó inmediatamente.

Gabriel.

Contestó.

—¿Qué hiciste?

Hubo silencio.

Después Gabriel habló.

—Elena, escucha cuidadosamente. Cierra la puerta y aléjate de las ventanas.

—¿Quién era mi madre para ti?

Esta vez el silencio duró demasiado.

Entonces alguien golpeó tres veces la puerta de Elena.

Gabriel cambió de tono.

—No abras.

Elena miró por la mirilla.

Había un hombre desconocido esperando en el pasillo.

Y sostenía entre los dedos una fotografía de Elena cuando tenía seis años.

—Gabriel…

—Sé quién está afuera.

Elena sintió que se le helaba la sangre.

—¿Quién?

La respuesta de Gabriel llegó en un susurro.

—El hombre que ordenó matar a tu madre.

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