PARTE 2: LA MARCA EN EL BRAZO DE ESPERANZA DEMOSTRÓ QUE SUS EMBARAZOS NO ERAN MILAGROS, PERO LO QUE ENCONTRARON BAJO EL CONVENTO ERA MUCHO MÁS ATERRADOR.

La doctora Paloma examinó nuevamente la pequeña marca del brazo de Esperanza.

—Esto tiene pocos días —dijo.

La joven monja perdió por primera vez aquella serenidad que había mantenido durante años.

—Pero yo habría recordado una inyección.

—No necesariamente —respondió Paloma—. Sobre todo si alguien hizo que estuvieras profundamente dormida.

La madre Caridad sintió un escalofrío.

Aquello significaba que alguien podía entrar en la habitación de Esperanza sin que ella lo supiera.

Y si había ocurrido recientemente, esa persona seguía dentro del convento o tenía una forma secreta de acceder a él.

Caridad tomó una decisión.

No avisaría todavía a las demás hermanas.

Esa misma tarde revisó personalmente las cerraduras.

La puerta principal permanecía asegurada cada noche.

Las ventanas del ala donde dormía Esperanza tenían barrotes antiguos.

La puerta del jardín sólo podía abrirse con tres llaves.

Una estaba en poder de Caridad.

Otra pertenecía a la hermana Lucía, encargada de las provisiones.

La tercera permanecía guardada en un armario cerrado de la sacristía.

Nada parecía alterado.

Hasta que Paloma preguntó:

—¿Siempre ha dormido Esperanza en la misma habitación?

Caridad se detuvo.

—Sí.

Esperanza ocupaba la habitación número siete desde que había llegado al convento.

Paloma levantó la mirada.

—Entonces empecemos por allí.

Esperaron hasta que Esperanza llevó a los niños al comedor.

Después entraron.

Era una habitación sencilla.

Una cama.

Un crucifijo.

Un armario.

Una pequeña mesa.

Caridad inspeccionó cada rincón.

Nada.

Paloma, sin embargo, se arrodilló junto a la cama.

—Ayúdeme a moverla.

Debajo había polvo acumulado.

Excepto en una zona.

Una franja estrecha del suelo estaba completamente limpia.

Caridad pasó los dedos por las tablas.

Una se movió.

Ambas mujeres se miraron.

Retiraron la cama y levantaron la tabla.

Debajo encontraron una argolla metálica.

Caridad sintió que se le secaba la boca.

Tiró de ella.

Una sección del suelo se levantó lentamente.

Debajo apareció una escalera de piedra que descendía hacia la oscuridad.

—Esto no figura en ningún plano —susurró Caridad.

Paloma encendió la linterna de su teléfono.

—¿Cuánto tiempo lleva usted aquí?

—Treinta y siete años.

—¿Y nunca supo que esto existía?

Caridad negó lentamente.

Bajaron.

El aire se volvió húmedo y frío.

Al final de la escalera encontraron un corredor estrecho.

Las paredes eran mucho más antiguas que el edificio superior.

Caridad recordó entonces algo.

El convento había sido reconstruido sobre los restos de una antigua propiedad religiosa.

Durante décadas se hablaba de pasadizos sellados.

Siempre había pensado que era una leyenda.

Caminaron unos veinte metros.

Entonces Paloma se detuvo.

—Madre.

En el suelo había otra tira de cinta médica.

Exactamente igual.

Unos pasos después encontraron un envoltorio vacío de material sanitario.

Luego un guante desechchable.

Aquello no era un túnel abandonado.

Alguien lo utilizaba.

Llegaron hasta una puerta metálica moderna instalada entre los antiguos muros de piedra.

Caridad tocó el picaporte.

Estaba abierta.

Dentro había una habitación pequeña.

Una mesa.

Un armario metálico.

Una lámpara portátil.

Y una camilla.

Esperanza jamás había estado allí conscientemente.

Pero Paloma observó la habitación y comprendió inmediatamente que alguien había preparado aquel lugar para realizar procedimientos médicos lejos de cualquier mirada.

—Tenemos que salir —dijo.

Caridad, sin embargo, vio algo encima del armario.

Una caja.

La abrió.

Había carpetas.

La primera llevaba escrito:

ESPERANZA I.

La segunda:

ESPERANZA II.

La tercera tenía una fecha reciente.

Paloma abrió una de ellas.

Su rostro cambió.

—Dios mío.

—¿Qué?

—Hay registros médicos.

Caridad tomó las hojas.

Fechas.

Medicamentos.

Resultados.

Notas escritas a mano.

Los dos embarazos anteriores aparecían documentados con una precisión imposible.

Y después encontró una columna que le heló la sangre.

PROCEDIMIENTO REALIZADO.

Caridad tuvo que apoyarse en la mesa.

Aquello confirmaba que los embarazos de Esperanza no habían sucedido espontáneamente.

Habían sido provocados mediante intervención médica.

Pero faltaba algo.

—¿Quién hizo esto?

Paloma pasó las páginas.

No había firma.

Sólo iniciales.

Entonces Caridad encontró una fotografía.

Era Esperanza dormida.

Parecía mucho más joven.

En la esquina figuraba una fecha.

Cinco años antes.

Dos años antes de su primer embarazo.

—La estaban observando desde antes —susurró.

Un ruido resonó en el corredor.

Las dos mujeres se quedaron inmóviles.

Pasos.

Alguien venía.

Paloma apagó inmediatamente la linterna.

Caridad cerró la carpeta.

Los pasos se acercaron.

Una sombra apareció bajo la puerta.

Entonces escucharon el sonido de unas llaves.

Caridad agarró la mano de Paloma y ambas se escondieron detrás de un armario ancho.

La puerta se abrió.

Entró una persona.

Caridad apenas respiraba.

Desde su escondite sólo pudo ver el borde de un hábito.

Era una de las monjas.

La desconocida caminó directamente hacia la mesa.

Abrió la caja.

Se quedó inmóvil.

Había notado que alguien había movido los documentos.

Luego escucharon su voz.

—Madre Caridad.

El corazón de la religiosa casi se detuvo.

—Sé que está aquí.

Silencio.

—No debería haber bajado.

Paloma apretó su brazo.

La mujer avanzó hacia el armario.

Caridad reconoció entonces la voz.

Y aquello fue todavía peor.

—Hermana Lucía…

Lucía apareció frente a ellas.

Pero no parecía sorprendida.

Parecía decepcionada.

—Le dije muchas veces que algunas puertas deben permanecer cerradas, madre.

Caridad salió lentamente.

—¿Qué le hicieron a Esperanza?

Lucía no respondió.

—¿Quién es el responsable?

Por primera vez, la expresión de Lucía vaciló.

Miró hacia el techo.

—Usted todavía cree que esto empezó con Esperanza.

Caridad frunció el ceño.

Lucía abrió otro compartimento del armario.

Dentro había decenas de carpetas antiguas.

Algunas tenían más de cuarenta años.

Nombres de mujeres.

Fechas.

Fotografías.

Caridad tomó una al azar.

Entonces dejó de respirar.

La carpeta llevaba su propio nombre.

MADRE CARIDAD.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Esto es imposible.

Lucía la observó en silencio.

Caridad abrió la carpeta.

La primera página tenía fecha de treinta y seis años atrás.

La segunda contenía información médica que ella jamás había visto.

Y entre ambas apareció una fotografía de un recién nacido.

Detrás había una frase escrita a mano:

“SUJETO VIABLE. TRASLADADO SEGÚN LO ACORDADO.”

Caridad sintió que las piernas le fallaban.

—Yo nunca tuve un hijo.

Lucía cerró los ojos.

—Eso es lo que le hicieron creer.

Entonces Paloma encontró algo todavía peor en la carpeta de Esperanza.

El documento correspondiente al embarazo actual incluía una fecha prevista para el nacimiento.

Y debajo había una instrucción:

“ÚLTIMO NACIMIENTO. PREPARAR TRASLADO DEL RECIÉN NACIDO Y ELIMINAR A LA TESTIGO PRINCIPAL.”

—¿Quién es la testigo principal? —preguntó Paloma.

Antes de que Lucía pudiera responder, un golpe seco resonó detrás de ellas.

La puerta metálica acababa de cerrarse.

Después escucharon cómo giraba una llave desde el otro lado.

Lucía palideció.

—No fui yo.

Caridad miró la carpeta que llevaba su nombre.

Desde el corredor llegó lentamente la voz de un hombre.

—Madre Caridad, debería haber dejado que los milagros siguieran siendo milagros.

Y en ese instante comprendió algo mucho más aterrador que la existencia del túnel.

Había un hombre dentro del convento.

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