PARTE 2: LEONARDO INTENTÓ NEGAR SU MATRIMONIO SECRETO FRENTE A TRESCIENTOS INVITADOS, HASTA QUE SAQUÉ LAS COPIAS CERTIFICADAS QUE ÉL CREÍA QUE JAMÁS VERÍA.

—¡Está mintiendo! —gritó Leonardo—. ¡Regina está haciendo esto porque discutimos!

No respondí.

Abrí tranquilamente mi bolso.

Saqué el sobre.

Y coloqué sobre la mesa las dos copias certificadas del Registro Civil.

La primera llevaba el nombre completo de Leonardo.

La segunda, el de Jimena.

Fecha de celebración:

tres días antes de nuestra boda.

Leonardo dejó de gritar.

Jimena comenzó a llorar.

El padre de Leonardo tomó uno de los documentos y lo leyó dos veces.

—¿Te casaste con ella?

Leonardo intentó arrebatárselo.

—Papá, déjame explicarlo.

—¿Sí o no?

—Sí.

Aquella palabra destruyó cualquier posibilidad de seguir fingiendo.

Su madre, que ya había recuperado el conocimiento, volvió a incorporarse ayudada por dos familiares.

—¿Entonces qué demonios hacemos todos aquí?

Leonardo me miró.

Y cometió su siguiente error.

—Regina sabía que esta ceremonia no tenía efectos civiles.

Solté una carcajada.

—¿Perdón?

—Íbamos a explicarlo después.

—¿Íbamos?

Saqué mi teléfono.

—Entonces supongo que también acordamos esto.

Reproduje un audio.

Era Leonardo hablando con Jimena dos semanas antes.

Su voz llenó el salón:

“Primero me caso contigo por el civil. Después hago la ceremonia con Regina. Su familia ya invirtió demasiado dinero en el proyecto para echarse atrás.”

Jimena respondió:

“¿Y si descubre que estamos casados?”

Leonardo se rio.

“Después de la boda será demasiado tarde. Cuando las empresas estén unidas, podrá llorar todo lo que quiera.”

El silencio posterior fue absoluto.

Mi padre se levantó lentamente.

Porque aquella boda nunca había sido solamente una boda.

Durante tres años, Leonardo había insistido en fusionar parte de la empresa inmobiliaria de su familia con la compañía de construcción de la mía.

El acuerdo definitivo debía firmarse dos días después de la ceremonia.

Yo poseía el treinta y cinco por ciento de las acciones de nuestra compañía.

Y mi firma era indispensable.

Leonardo no necesitaba casarse legalmente conmigo.

Necesitaba que todos creyéramos que nuestra unión seguía adelante hasta conseguir mi firma.

Jimena se tapó la boca.

—Tú me dijiste que Regina sabía que lo nuestro era real.

Leonardo giró hacia ella.

—Cállate.

—Me dijiste que esta ceremonia era solo para tranquilizar a los inversionistas.

—¡Jimena!

Ella retrocedió.

Entonces comprendí algo.

Jimena sabía que él me engañaba.

Sabía que iba a presentarse a una ceremonia conmigo después de haberse casado con ella.

Pero no conocía toda la maniobra empresarial.

Yo tampoco sentí pena por ella.

Simplemente entendí que Leonardo había mentido en direcciones diferentes para conseguir cosas diferentes de ambas.

Miré al notario que mi padre había invitado.

—¿Trajo los documentos?

Se acercó con una carpeta.

—Aquí están.

Leonardo frunció el ceño.

—¿Qué documentos?

Firmé delante de él.

No era ninguna transferencia secreta ni una maniobra para ocultar bienes.

Era la revocación formal de todas las autorizaciones que yo había concedido para negociar la futura operación empresarial en mi nombre.

Mi padre añadió:

—Y nuestra compañía se retira de la fusión.

Leonardo perdió el color.

—No pueden hacerlo.

—Sí podemos —respondí—. El acuerdo definitivo nunca fue firmado.

—¡Nos vas a hacer perder millones!

—No.

Cerré la carpeta.

—Tú apostaste millones a que yo llegaría al altar sin descubrir que ya tenías esposa.

Los invitados empezaron a marcharse.

Los socios comerciales también.

Y aquello fue lo que finalmente aterrorizó a Leonardo.

No perderme.

Perder el negocio.

—Regina, espera.

Me siguió hasta la salida.

—Podemos arreglarlo.

—Estás casado.

—Me divorcio de Jimena.

Jimena escuchó aquello.

Su rostro cambió completamente.

—¿Qué?

Leonardo ni siquiera la miró.

—Fue un error. Dame unas semanas.

Entonces comprendí exactamente qué clase de hombre tenía delante.

Tres días antes había prometido una vida a Jimena.

Aquella mañana había intentado casarse simbólicamente conmigo.

Y ahora estaba dispuesto a abandonar a su esposa porque había perdido un contrato.

—Gracias —le dije.

—¿Por qué?

—Por hacer que irme sea todavía más fácil.

Me marché.

Las consecuencias no llegaron de manera cinematográfica.

Llegaron en forma de llamadas.

Reuniones canceladas.

Abogados.

Socios haciendo preguntas incómodas.

Nuestra empresa retiró formalmente la operación y continuó por separado.

La familia de Leonardo tuvo que explicar a sus inversionistas por qué una negociación presentada como prácticamente cerrada había desaparecido de repente.

Jimena solicitó separarse de él pocos meses después.

No porque yo se lo pidiera.

Nunca volví a hablar con ella.

Antes de irse, sin embargo, entregó a nuestros abogados mensajes que demostraban hasta qué punto Leonardo había utilizado la supuesta boda para mantener viva la negociación empresarial.

Aquello terminó con cualquier intento suyo de afirmar que todo había sido un simple “malentendido sentimental”.

Seis meses después Leonardo vino a mi oficina.

Ya no llevaba aquel esmoquin blanco.

Parecía cansado.

—Perdí a Jimena.

No respondí.

—Perdí la operación.

Silencio.

—Y te perdí a ti.

—No me perdiste en el altar.

Levantó los ojos.

—Me perdiste cuando decidiste que podías casarte con una mujer y utilizar a otra.

—Te amaba.

Negué lentamente.

—Me necesitabas.

Aquello era diferente.

Un año después, nuestra compañía cerró por cuenta propia el proyecto que originalmente debía realizar junto a la familia de Leonardo.

El día de la firma, mi padre me entregó la pluma.

—¿Algún arrepentimiento?

Pensé en los trescientos invitados.

En mi vestido.

En Leonardo ordenándome subir al altar como si mi humillación fuera simplemente otro punto de su agenda.

—Uno.

Mi padre levantó una ceja.

Sonreí.

—Haber tardado tres años en descubrir quién era.

Firmé.

Aquella boda nunca ocurrió.

Y durante meses algunas personas dijeron que había sido el día más humillante de mi vida.

Se equivocaban.

La humillación habría sido subir al altar sabiendo la verdad y guardar silencio para proteger las apariencias.

Yo hice exactamente lo contrario.

Dejé al novio esperando.

Puse su propia acta de matrimonio sobre la mesa.

Y salí del salón sin marido.

Pero también sin entregar mi nombre, mi empresa ni mi futuro a un hombre que ya había prometido los suyos a otra mujer.

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