Parte 2: LA ENFERMERA QUE SALVÓ AL JEFE DE LA MAFIA Y DESCUBRIÓ QUE EL HOMBRE QUE RESCATÓ PODÍA CAMBIAR SU DESTINO PARA SIEMPRE

Me quedé inmóvil frente a la ventana.

La calle estaba llena.

No eran curiosos.

No eran vecinos.

Eran hombres que habían venido con un propósito.

Todos vestían de negro.

Todos miraban hacia nuestra casa.

Y todos esperaban una orden.

Sentí que mi garganta se cerraba.

—Josephine… —susurró Eloan detrás de mí—. ¿Quién es ese hombre?

No respondí.

Porque por primera vez desde que lo encontré en aquel callejón, la verdad empezó a tomar forma.

No había sido un desconocido.

No había sido un hombre perdido.

Había sido alguien al que muchas personas estaban buscando.

Alguien importante.

Alguien peligroso.

Me giré lentamente hacia el sofá.

Él ya estaba despierto.

Sus ojos azules me observaban desde la oscuridad de la sala.

No parecía sorprendido.

Como si hubiera sabido desde el principio que este momento llegaría.

—¿Quién eres? —pregunté.

El silencio llenó la habitación.

Marbel dejó caer lentamente el rosario que sostenía.

Eloan dio un paso atrás.

El hombre intentó incorporarse, pero el dolor lo obligó a detenerse.

Aun herido, aun débil, seguía teniendo esa presencia que hacía que una habitación pareciera más pequeña.

—Mi nombre es Kael Voss.

El nombre no significó nada para mí.

Hasta que vi la reacción de mi hermana.

Su rostro perdió color.

—No…

La miré.

—¿Qué pasa?

Eloan tragó saliva.

—Josephine…

Su voz apenas salió.

—Ese nombre está en las noticias.

Fruncí el ceño.

—¿Qué noticias?

Ella me miró como si no pudiera creer que yo no lo supiera.

—Kael Voss.

Pausa.

—El hombre al que llaman el Rey Fantasma.

El aire pareció desaparecer.

Miré nuevamente al hombre frente a mí.

El mismo que había encontrado sangrando en un callejón.

El mismo al que había llevado a casa porque no podía dejarlo morir.

Ahora entendía por qué no había llamado a la policía.

Por qué no había querido un hospital.

Por qué aquella cadena con la letra K parecía más importante que su propia vida.

No era solo un hombre herido.

Era un hombre perseguido.


—Tienes que irte —dije.

Kael levantó una ceja.

—¿Esa es tu forma de agradecerme?

Lo miré.

—Te salvé la vida.

—Y yo te salvé de hacer algo peor.

—¿Qué?

Su expresión cambió.

Por primera vez parecía serio.

—Si hubieras llamado a emergencias, ahora mismo esos hombres de afuera no estarían buscando a un paciente.

Silencio.

—Estarían buscando un cadáver.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

No sabía si creerle.

Pero algo en su voz me dijo que no estaba exagerando.

Era la voz de alguien que había visto demasiado.

—¿Por qué vinieron aquí?

Kael miró hacia la ventana.

—Porque saben que me ayudaste.

Mi corazón se aceleró.

—¿Cómo?

No respondió inmediatamente.

Luego miró mi bufanda roja.

La que seguía alrededor de la herida.

—Porque esa bufanda es conocida.

La toqué.

—¿Mi bufanda?

Asintió.

—La llevaba cuando me encontraron.

Me quedé confundida.

—Entonces, ¿me estaban siguiendo por eso?

Kael negó lentamente.

—No.

Me miró.

—Te estaban siguiendo porque yo te elegí.

Sentí un golpe de incomodidad.

—¿Qué significa eso?

Pero antes de que pudiera responder, escuchamos un ruido.

La puerta principal.

Alguien había golpeado.

Una vez.

Dos veces.

Marbel apretó el rosario.

Eloan me tomó del brazo.

—Josephine…

Kael intentó levantarse.

—Quédate aquí.

Lo miré sorprendida.

—¿Me estás dando órdenes en mi propia casa?

Por primera vez apareció una pequeña sonrisa en su rostro.

—No.

Respiró con dificultad.

—Te estoy pidiendo que sobrevivas.


La puerta volvió a sonar.

Más fuerte.

Una voz masculina atravesó la madera.

—Buscamos a Kael Voss.

Nadie respiró.

—Sabemos que está aquí.

Miré a Kael.

Él permanecía completamente quieto.

Pero sus ojos habían cambiado.

Ya no eran los ojos de un hombre herido.

Eran los ojos de alguien acostumbrado a estar al mando.

—Josephine.

Lo miré.

—¿Qué?

—Cuando entre esa puerta, no importa lo que escuches.

Pausa.

—No entregues la cadena.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Su mirada bajó hacia el colgante.

—Porque no es solo mío.

No entendí.

Pero antes de preguntar, ocurrió algo inesperado.

Mi madre dio un paso hacia él.

Todos nos quedamos sorprendidos.

—Espera.

Kael la miró.

Marbel se acercó lentamente.

Sus ojos estaban clavados en la cadena.

—¿Dónde conseguiste eso?

La expresión de Kael cambió.

—Era de mi padre.

Mi madre se quedó inmóvil.

—¿Cuál era su nombre?

Él dudó.

Por primera vez desde que lo conocía, vi miedo en su rostro.

—Adrian Voss.

Mi madre se llevó una mano al pecho.

—No puede ser.

Sentí que algo más grande estaba ocurriendo.

Algo que nadie en esa casa entendía.

—Mamá…

Ella miró a Kael.

—Tu padre me salvó la vida hace veinticinco años.

Silencio.

Kael la observó.

—¿Quién eres tú?

Marbel respiró profundamente.

—Alguien que le debe una deuda a la familia Voss.


La puerta finalmente cedió.

Pero los hombres que entraron no encontraron a una familia aterrorizada.

Encontraron algo diferente.

A Kael Voss sentado en un sofá.

A una enfermera frente a él.

Y a una anciana sosteniendo una vieja fotografía.

El hombre que parecía liderar el grupo se detuvo.

—Señor Voss.

Kael levantó la mirada.

—Diles que se vayan.

El hombre dudó.

—Pero señor…

—Ahora.

No gritó.

No necesitó hacerlo.

Todos obedecieron.

Porque incluso herido, seguía siendo alguien al que otros temían.

Cuando la casa volvió a quedar en silencio, lo miré.

—¿Eso pasa normalmente?

Kael me observó.

—No.

Pausa.

—Normalmente las personas huyen de mí.

Bajé la mirada.

—Yo no sabía quién eras.

—Lo sé.

—Si hubiera sabido…

—¿Me habrías dejado morir?

La pregunta me tomó por sorpresa.

No respondí.

Porque ambos sabíamos la respuesta.

No.

Nunca lo habría hecho.


Esa mañana descubrí que la historia de Kael Voss era mucho más complicada de lo que decían los periódicos.

No era simplemente un jefe criminal.

Había heredado una organización construida por su padre.

Pero también había heredado enemigos.

Muchos.

Y la noche que lo encontré no estaba huyendo de la policía.

Estaba intentando descubrir quién dentro de su propia organización lo había traicionado.

La bala que recibió no fue un ataque cualquiera.

Fue una advertencia.

Alguien quería verlo muerto.

Y ahora yo estaba involucrada.


Tres días después, Kael seguía en nuestra casa.

No porque quisiera.

Porque su estado no le permitía moverse.

Y porque, aunque jamás lo admitiría, mi madre insistió.

—Ese hombre salvó a mi hija sin saber quién era —dijo Marbel—. Ahora ella salvó la suya.

Kael no discutió.

Algo que me sorprendió.

Porque con todos los demás parecía imposible hacerlo cambiar de opinión.

Pero con mi madre escuchaba.

Conmigo también.

Aunque ninguno de los dos quisiera admitirlo.

Una tarde, mientras cambiaba el vendaje de su herida, habló.

—¿Por qué realmente me ayudaste?

No levanté la vista.

—Ya te lo dije.

—No.

Su voz fue baja.

—Me diste una respuesta de enfermera.

Seguí limpiando la herida.

—¿Y qué quieres escuchar?

Me miró.

—La verdad.

Suspiré.

—Porque mi padre murió esperando que alguien llegara.

Silencio.

—Y yo sé lo que se siente pensar que nadie vendrá.

Por primera vez, Kael no tuvo una respuesta.


Una semana después, llegó el momento de que se fuera.

La nieve había desaparecido de las calles.

La ciudad volvía a moverse.

Kael estaba en la puerta de nuestra casa con un traje oscuro.

Ya no parecía un hombre al borde de la muerte.

Parecía nuevamente alguien capaz de controlar un imperio.

Pero antes de irse, dejó algo sobre la mesa.

Mi bufanda roja.

La había lavado.

Reparado.

Incluso había cosido una pequeña parte rota.

La tomé sorprendida.

—No tenías que hacerlo.

Me miró.

—Sí tenía.

—Es solo una bufanda.

Negó.

—No.

Pausa.

—Es la primera cosa que alguien me dio sin querer nada a cambio.

No supe qué decir.

Porque entendí que para un hombre como él, eso significaba más de lo que parecía.

Antes de irse, se detuvo.

—Josephine.

—¿Sí?

Me miró.

—La próxima vez que veas a alguien herido en un callejón…

Levanté una ceja.

—¿Sí?

Una pequeña sonrisa apareció.

—Intenta elegir a alguien menos problemático.

No pude evitar reír.

Y fue la primera vez que vi a Kael Voss sonreír de verdad.


Pensé que aquella sería la última vez que lo vería.

Me equivoqué.

Porque al día siguiente, trescientos hombres no llegaron a mi puerta para castigarme.

Llegaron para protegerme.

Porque Kael Voss había dado una orden:

“Nadie toca a la mujer que me salvó la vida”.

Y sin saberlo, la noche en que atendí las heridas de un desconocido…

no estaba salvando a un jefe de la mafia.

Estaba cambiando mi propio destino.

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