PARTE 2: EL LIBRO QUE SERGIO NUNCA DEBIÓ ENCONTRAR

Sergio me sujetó la muñeca con fuerza.

—¿Qué estás haciendo?

No respondí.

Intenté apartar la mano, pero él apretó todavía más.

—Lucía, te estoy hablando.

Levanté lentamente la mirada.

Por primera vez desde que había llegado a casa, vi miedo detrás de su enfado.

No le preocupaba haberme hecho daño.

Le preocupaba que yo estuviera empacando algo que, para él, significaba mucho más de lo que aparentaba.

—Suéltame.

—No hasta que me expliques qué está pasando.

Miré su mano sobre mi muñeca.

—Hace una hora querías utilizar nuestros ahorros para alquilarle un piso a Valeria.

—Porque necesita ayuda.

—Y ahora quieres impedirme que me lleve mis herramientas.

—No son solo herramientas.

Silencio.

Ahí estaba.

La frase que necesitaba escuchar.

—¿Entonces qué son?

Sergio no respondió.

Yo sonreí débilmente.

—Eso pensaba.

Me soltó.

Retrocedió un paso y se pasó una mano por el cabello.

—Lucía, estás exagerando.

—Quizá.

—No puedes destruir nuestros planes por un mensaje de tu amiga.

—No estoy destruyendo nada.

Cerré cuidadosamente el baúl.

—Estoy dejando de financiar una vida que ya no quiero.

—¿Qué significa eso?

—Que no habrá casa.

—¿Y nuestro matrimonio?

Lo miré.

—Eso todavía está por decidir.

Su rostro palideció.


Aquella noche no dormimos juntos.

Sergio se quedó en el sofá.

Yo continué organizando mis cosas.

Libros.

Herramientas.

Documentos.

Piezas que durante años había guardado con más cuidado que cualquier joya.

A las dos de la madrugada, mientras revisaba un armario antiguo, encontré una caja que no recordaba haber visto desde hacía mucho tiempo.

Era pequeña.

De madera oscura.

Tenía una cerradura de latón.

La reconocí inmediatamente.

Pertenecía a mi maestro.

El hombre que me había enseñado a restaurar manuscritos cuando yo tenía diecinueve años.

Dentro había tres fotografías.

Una carta.

Y un pequeño libro encuadernado en cuero.

Lo abrí.

La primera página tenía una inscripción escrita a mano.

“Para Lucía. Entrégalo únicamente cuando comprendas que ya no puedes confiar en quien duerme a tu lado.”

Sentí un escalofrío.

Mi maestro había muerto seis años antes.

¿Cómo podía haber escrito aquello?

Pasé la página.

Debajo había una segunda frase.

“Hay personas que se acercan a los restauradores no por amor a los libros, sino por lo que algunos libros esconden.”

Me quedé inmóvil.

Entonces recordé algo.

Durante los últimos dos años, Sergio había preguntado demasiadas veces por mi trabajo.

No por mí.

Por mis clientes.

Por los libros que restauraba.

Por las subastas.

Por las piezas antiguas que pasaban por mis manos.

Yo siempre había pensado que era curiosidad.

Quizá no.

Abrí el pequeño libro.

En su interior había una lista de nombres.

Coleccionistas.

Casas de subastas.

Anticuarios.

Y varias empresas.

Una de ellas me resultó familiar.

La empresa de Sergio.

Sentí que el estómago se me cerraba.


A la mañana siguiente fui a ver a mi mejor amiga.

Dejé el libro sobre su mesa.

Ella lo abrió.

Leyó dos páginas.

Después levantó la mirada.

—Lucía, ¿Sergio sabe que tienes esto?

—No.

—Entonces no se lo digas.

—¿Por qué?

Ella señaló uno de los nombres.

—Porque conozco a esta persona.

—¿Quién?

—El hombre que aparece aquí.

Me mostró una fotografía antigua.

Era un empresario especializado en antigüedades.

Había aparecido varias veces en revistas.

Pero había algo más.

Su hijo era Valeria.

Sentí que todo se detuvo.

—¿Valeria?

Mi amiga asintió.

—Sí.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Entonces entendí que la historia de la mujer que acababa de volver del extranjero y que necesitaba desesperadamente un piso quizá no era tan inocente como Sergio quería hacerme creer.

Mi amiga pasó otra página.

—Mira esto.

Había una anotación junto al nombre del padre de Valeria.

“Colección Song. Tres piezas desaparecidas.”

Y debajo:

“Localización desconocida.”

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—¿Qué tiene que ver esto con Sergio?

Mi amiga señaló una fecha.

Era de hacía tres años.

El mismo año en que conocí a Sergio.

—Lucía…

—¿Qué?

—Creo que tu novio no empezó a interesarse por Valeria cuando ella regresó del extranjero.

La miré.

—¿Entonces cuándo?

—Mucho antes.


Regresé a casa al mediodía.

Sergio estaba esperándome.

Sobre la mesa había una carpeta.

—Tenemos que hablar.

Dejé mi bolso.

—Adelante.

—Hablé con el banco.

—¿Y?

—La señal de la casa todavía puede recuperarse si encontramos otro comprador.

—No habrá otro comprador.

—Lucía…

—Ya tomé la decisión.

Golpeó suavemente la carpeta.

—No entiendes cuánto dinero hay en juego.

Me quedé quieta.

—¿Cuánto?

Sergio guardó silencio.

—Dime.

—No es asunto tuyo.

—Acabas de decir que hay dinero en juego.

Se levantó.

—Solo confía en mí.

Casi sonreí.

—Eso es precisamente lo que ya no puedo hacer.

Entonces escuché un coche detenerse frente a la casa.

Sergio miró hacia la ventana.

Su rostro cambió.

—¿Quién es?

No respondió.

Alguien llamó a la puerta.

Tres golpes.

Firmes.

Sergio no se movió.

Yo sí.

Abrí.

Un hombre de unos sesenta años estaba de pie en el umbral.

Llevaba un abrigo oscuro y sostenía un sobre grueso.

—¿Lucía Martínez?

—Sí.

Me entregó el sobre.

—Soy el abogado de tu maestro.

Miré a Sergio.

Él había perdido completamente el color del rostro.

El abogado continuó:

—Tu maestro dejó instrucciones para entregarte esto cuando vendieras una propiedad determinada.

—¿Qué propiedad?

El hombre miró directamente a Sergio.

—La casa que iba a comprar con él.

Sentí un nudo en el pecho.

—¿Por qué?

El abogado bajó la voz.

—Porque tu maestro sospechaba que alguien intentaría utilizarte para recuperar una pieza que desapareció de una colección privada hace años.

Miré el sobre.

Después a Sergio.

Y entonces entendí por qué estaba tan desesperado por que yo comprara aquella casa.

No era solo por vivir con Valeria.

No era solo por el dinero.

Era por algo que él creía que estaba dentro de aquella propiedad.

El abogado me entregó una última hoja.

—Hay una condición.

—¿Cuál?

—Antes de vender, debes abrir el libro que tu maestro te dejó.

Se me helaron las manos.

—Ya lo hice.

El hombre negó lentamente.

—No, Lucía.

—Ese no era el libro.

Señaló mi bolso.

—El verdadero está escondido dentro de la cubierta de uno de tus libros restaurados.

Miré hacia el salón.

Hacia mis cajas.

Hacia el baúl que había preparado para marcharme.

Y detrás de mí, Sergio dio un paso hacia adelante.

—Lucía…

Por primera vez, su voz no sonaba enfadada.

Sonaba desesperada.

Entonces el abogado añadió:

—Y si encuentras lo que hay dentro, entenderás por qué Valeria acaba de regresar al país.

El teléfono de Sergio comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

No contestó.

Volvió a sonar.

Esta vez apareció un nombre.

Valeria.

Lo miré.

Luego miré el sobre.

Y comprendí que aquella tarde no iba a descubrir únicamente una traición sentimental.

Iba a descubrir por qué el hombre con el que pensaba casarme llevaba tres años intentando entrar en un mundo que nunca entendió.

Y, sobre todo…

qué había estado buscando realmente dentro de mis libros.

Continuará…

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