La mano de Giovanni seguía sosteniendo la mía.
Y en cuanto dimos el primer paso hacia la pista de baile, todo el salón cambió.
No fue porque hubiéramos hecho algo escandaloso.
No fue porque hubiéramos levantado la voz.
Fue porque todos conocían el nombre que yo acababa de tomar entre mis dedos.
Giovanni Fierro.
El hombre del que mi familia política hablaba en susurros.
El empresario que había convertido una pequeña compañía de transporte en uno de los grupos de inversión más importantes del país.
El hombre que rara vez aparecía en eventos sociales.
Y ahora estaba bailando conmigo.
Una enfermera con un vestido sencillo.
Una madre soltera.
Una mujer que hacía tres minutos estaba intentando no llorar en una mesa escondida.
—Todo el mundo está mirando —susurré.
Giovanni no apartó la vista de mí.
—Lo sé.
—¿Y eso no te molesta?
—No.
—¿Por qué?
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Porque por primera vez esta noche no me están mirando a mí.
No pude evitar sonreír.
Y fue extraño.
Porque hacía mucho tiempo que no sonreía de verdad.
La música continuó.
Sus movimientos eran seguros, pero no arrogantes.
No me trataba como alguien que necesitaba ser salvada.
Me trataba como una igual.
Y eso era algo que casi había olvidado que existía.
Entonces escuché una voz detrás de nosotros.
—Jessica.
Mi cuerpo se tensó.
Tyler.
Giovanni lo notó inmediatamente.
—¿Quieres irte?
Negué.
—No.
Porque durante años había huido de las situaciones incómodas.
Había bajado la mirada.
Había dejado que otros decidieran cuánto valía.
Esta vez no.
Tyler se acercó.
Su sonrisa parecía forzada.
—No sabía que estabas casada.
Miré a Giovanni.
Luego a él.
—Hay muchas cosas que no sabes sobre mí.
La expresión de Tyler cambió.
Porque era verdad.
Él conocía a la Jessica de veinticuatro años.
La chica que lo amaba.
La mujer que esperaba que él volviera.
Pero no conocía a la mujer en la que me había convertido.
Giovanni extendió una mano hacia mí.
No para poseerme.
Para recordarme que no estaba sola.
—¿Hay algún problema?
Tyler miró su mano.
Luego a él.
Por primera vez parecía incómodo.
—Solo estaba hablando con mi antigua amiga.
Giovanni sonrió ligeramente.
—Curioso.
—¿Qué?
—Porque ella no parece considerarte un amigo.
El silencio fue inmediato.
Tyler apretó la mandíbula.
—No sabes nada de nuestra historia.
Giovanni lo miró con calma.
—Sé suficiente.
Y esas tres palabras hicieron más daño que un grito.
Después de la boda, pensé que todo terminaría ahí.
Pensé que Giovanni volvería a su vida y yo volvería a la mía.
Una madre.
Una enfermera.
Una mujer intentando pagar facturas y criar a una niña maravillosa.
Pero al día siguiente recibí una llamada.
Era Giovanni.
—Necesito hablar contigo.
Fruncí el ceño.
—¿Sobre qué?
—Sobre el acuerdo.
Me quedé en silencio.
Porque casi había olvidado que todo había comenzado como una actuación.
—Claro.
Nos reunimos en una cafetería tranquila.
Cuando llegó, no parecía el hombre poderoso que todos temían.
Parecía simplemente un hombre cansado.
—Mi familia cree que estamos casados.
Lo miré.
—Eso es tu problema.
Asintió.
—Lo sé.
Pausa.
—Pero necesito pedirte algo más.
Suspiré.
—Giovanni…
—Solo escucha.
Su tono no fue autoritario.
Fue sincero.
—Mi familia organizará una cena esta semana.
—¿Y quieres que vuelva a fingir?
—Sí.
Lo miré durante unos segundos.
—¿Por qué yo?
La respuesta llegó sin dudar.
—Porque cuando todos en esa sala intentaban hacerte sentir pequeña, tú seguiste siendo amable.
Me quedé callada.
—Y porque cuando te pregunté si querías ayudarme, no preguntaste cuánto dinero ganarías.
Bajó la mirada.
—Eso es raro para mí.
Acepté.
No por dinero.
No porque necesitara un hombre que me protegiera.
Sino porque algo dentro de mí quería saber quién era realmente Giovanni Fierro.
La cena familiar fue exactamente como esperaba.
Elegante.
Fría.
Llena de personas midiendo cada palabra.
La tía de Giovanni, Isabella, me recibió con una sonrisa perfecta.
Demasiado perfecta.
—Así que tú eres Jessica.
—Sí.
Me observó de arriba abajo.
No de forma grosera.
Peor.
Como si estuviera evaluando un objeto.
—Interesante elección.
Giovanni apareció a mi lado.
—No es una elección.
Tomó mi mano.
—Es mi esposa.
La mesa quedó en silencio.
Por primera vez entendí algo.
Giovanni no estaba actuando.
O al menos no completamente.
Porque la forma en que defendía mi lugar era demasiado real.
La sorpresa llegó después de la cena.
Cuando regresaba a casa, encontré un mensaje.
Era de Tyler.

“Necesitamos hablar”.
Lo ignoré.
Llegó otro.
“Jessica, no sabes lo que está pasando”.
Lo bloqueé.
Pero al día siguiente apareció frente al hospital donde trabajaba.
—Solo cinco minutos.
Lo miré cansada.
—No.
—Por favor.
Suspiré.
—Habla.
Tyler parecía diferente.
Más nervioso.
—Vanessa está embarazada.
—Lo sé.
—Pero…
Dudó.
—El bebé no es mío.
El mundo pareció detenerse.
Lo miré.
—¿Qué?
—Me enteré hace una semana.
No sentí alegría.
No sentí satisfacción.
Solo tristeza.
Porque durante años había pensado que Tyler había elegido una vida mejor.
Pero ahora entendía algo.
Él no había elegido felicidad.
Había elegido escapar.
—¿Y qué quieres de mí?
Bajó la mirada.
—No lo sé.
La respuesta era honesta.
Por primera vez en años.
—Entonces encuentra la respuesta lejos de mí.
Me fui.
Porque ya no era la mujer que esperaba que él regresara.
Una semana después ocurrió algo que nadie esperaba.
La verdadera razón por la que Giovanni había necesitado una esposa falsa salió a la luz.
No era solo por su tía.
Era porque su familia quería quitarle el control de la empresa.
Ellos creían que un hombre sin esposa estable no podía liderar un imperio familiar.
Querían reemplazarlo.
Pero cuando vieron que estaba casado conmigo…
todo cambió.
Entonces entendí.
Yo no era una pieza del juego.
Era la persona que había cambiado las reglas.
Una noche, Giovanni vino a verme.
Lily estaba jugando en la sala.
Cuando lo vio, levantó la cabeza.
—¿Eres el señor que bailó con mamá?
Sonreí.
Giovanni se agachó.
—Sí.
—¿Sabes bailar?
—Un poco.
Ella lo miró seriamente.
—Mi mamá baila cuando está feliz.
Me quedé inmóvil.
Porque Lily había visto algo que yo no quería admitir.
Giovanni me miró.
Y por primera vez perdió esa seguridad que todos conocían.
—¿Eres feliz conmigo?
No respondí inmediatamente.
Porque la respuesta importaba.
Mucho.
—Sí.
Su expresión cambió ligeramente.
—Pero tengo miedo.
—¿De qué?
Miré a mi hija.
—De volver a confiar en alguien y descubrir que solo era una ilusión.
Giovanni se acercó lentamente.
—Jessica.
—¿Sí?
—Yo no necesito una esposa falsa.
Pausa.
—Necesito una mujer que elija estar conmigo cuando ya no haya ningún acuerdo.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
Porque esas palabras eran exactamente lo contrario de lo que había vivido con Tyler.
Uno me había dejado cuando más lo necesitaba.
El otro me estaba dando la libertad de elegir.
Meses después, Tyler y Vanessa terminaron su matrimonio antes de que comenzara oficialmente.
La verdad salió a la luz.
Pero para mí ya no importaba.
Porque mi vida había seguido adelante.
Lily adoraba a Giovanni.
Él aprendió sus canciones favoritas.
La llevaba al parque.
Leía cuentos antes de dormir.
Nunca intentó reemplazar a su padre.
Simplemente estuvo presente.
Y eso era algo que muchos padres biológicos nunca lograban hacer.
Un año después, Giovanni volvió a llevarme al mismo salón del Bellmont Grand.
El lugar donde todo había comenzado.
La misma vista del río.
Las mismas luces.
Pero yo ya no era la mujer sentada sola en la Mesa Doce.
—¿Recuerdas la primera vez que te pedí bailar?
Sonreí.
—Me dijiste que fingiera ser tu esposa.
Él sonrió.
—Y tú aceptaste.
—Porque necesitabas un aliado.
Negó.
—No.
Tomó mi mano.
—Porque yo necesitaba conocer a la mujer que eras cuando todos intentaban convencerte de que no valías suficiente.
Me quedé en silencio.
Entonces se arrodilló.
No con una gran escena.
No frente a cientos de personas.
Solo nosotros.
—Jessica Hale.
Sonrió.
—Esta vez no quiero que finjas ser mi esposa.
Pausa.
—Quiero preguntarte si quieres serlo de verdad.
Miré alrededor.
Pensé en la mujer que había sido abandonada embarazada.
La mujer que había escuchado que desperdició su futuro.
La mujer que pensaba que estar sola significaba haber perdido.
Y luego miré a Lily.
A Giovanni.
A la vida que había construido.
Sonreí.
—Sí.
Porque a veces la persona que llega para fingir quedarse…
es precisamente la persona que te demuestra que nunca debiste conformarte con alguien que decidió irse.