Parte 2: LA ELECCIÓN QUE LO CAMBIÓ TODO

Diez días.

Eso era todo lo que me quedaba antes de abandonar el país donde había entregado tres años de mi vida a un hombre que nunca me vio realmente.

Después de la cena de la familia Chu, Alexander no volvió a ser el mismo.

Durante los días siguientes intentó actuar como si nada hubiera pasado.

Me enviaba flores.

Me mandaba mensajes.

Me preguntaba si había comido.

Pero ya no podía engañarme.

Porque ahora sabía leer cada gesto suyo.

Antes veía preocupación.

Ahora veía costumbre.

Antes escuchaba amor.

Ahora escuchaba miedo a perder algo que creía que siempre estaría disponible.

Una noche, mientras guardaba mis últimos documentos en una maleta, Alexander apareció en la puerta del dormitorio.

—¿Qué estás haciendo?

No levanté la cabeza.

—Ordenando algunas cosas.

Sus ojos recorrieron la habitación.

Por primera vez notó lo que había cambiado.

El armario ya no estaba lleno de mis vestidos.

Los cajones estaban casi vacíos.

Mis libros favoritos habían desaparecido.

Incluso las fotografías donde aparecíamos juntos ya no estaban.

—¿Dónde están tus cosas?

—Algunas las vendí. Otras las regalé.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

Cerré la maleta lentamente.

—Porque ya no las necesito.

Hubo un silencio extraño.

Alexander dio un paso hacia mí.

—Sofía, ¿qué significa eso?

Lo miré.

Por primera vez en mucho tiempo, no sentí ganas de explicarle nada.

—Significa que me voy.

Su expresión cambió.

No como un hombre herido.

Como un hombre sorprendido porque alguien se atrevió a salir de una jaula que él consideraba cómoda.

—¿Irte? ¿A dónde?

—Francia.

La palabra cayó entre nosotros.

Alexander se quedó inmóvil.

—¿Francia?

—Sí.

—¿Por qué?

Sonreí con calma.

—Porque alguien me ofreció una vida donde no tengo que preguntarme si soy suficiente.

Sus ojos se oscurecieron.

—¿Quién?

—Gabriel Laurent.

El nombre pareció despertar algo en su memoria.

La familia Laurent.

Una de las familias más antiguas de Europa.

Alexander apretó la mandíbula.

—¿Estás hablando de un matrimonio?

No respondí.

Y ese silencio fue suficiente.

—¿Te vas a casar con un desconocido?

—Me voy a casar con alguien que sabe exactamente quién soy.

Alexander soltó una risa corta.

Pero no tenía humor.

—No puedes hacer eso solo porque estás molesta conmigo.

—No estoy molesta.

Lo miré directamente.

—Estoy cansada.

Esa palabra pareció golpearlo más fuerte que cualquier reproche.

Porque por primera vez entendió que mi dolor no era una rabieta.

Era una despedida.

—Sofía…

Su voz bajó.

—Lucía no significa lo que crees.

Casi sonreí.

—¿Ah, no?

—No.

Se acercó.

—Ella volvió por trabajo.

—Entonces dime por qué la escondiste.

Silencio.

—Dime por qué fui una sustituta durante tres años.

Sus labios se separaron, pero no salió ninguna respuesta.

Porque no había una respuesta que pudiera hacerme olvidar esas palabras.

Setenta por ciento.

Ingenua.

Obediente.

Como un poodle pequeño.

El hombre que decía amarme había sido quien más fácilmente me había convertido en una copia de otra persona.


Al día siguiente ocurrió algo que nunca esperé.

Helena Chu apareció en mi casa.

No venía con su actitud fría habitual.

Venía seria.

—Necesito hablar contigo.

La invité a pasar.

Ella miró la habitación casi vacía y suspiró.

—Así que es verdad.

No respondí.

Helena tomó asiento.

—Alexander está actuando como si no le importara.

—¿Y usted le cree?

Ella me miró.

Por primera vez, no vi superioridad en sus ojos.

Vi culpa.

—No.

La respuesta me sorprendió.

—Mi hijo siempre creyó que algunas personas nunca se irían.

Guardé silencio.

Helena sacó un sobre de su bolso.

—Encontré esto.

Lo abrí.

Eran documentos.

Contratos.

Correos.

Y una transferencia antigua.

Mis ojos se detuvieron en un nombre.

Lucía Navarro.

—¿Qué es esto?

Helena bajó la mirada.

—Hace cinco años, antes de que conocieras a Alexander, Lucía decidió irse al extranjero. Pero antes de hacerlo, le pidió dinero a la familia Chu.

Pasé las páginas rápidamente.

—¿Para qué?

—Para iniciar su carrera.

Fruncí el ceño.

—¿Y?

Helena respiró profundamente.

—Y le dijo a Alexander que volvería algún día.

Mi corazón se quedó quieto.

—Entonces…

—Entonces mi hijo nunca cerró esa historia.

Pero había algo más.

Algo que no esperaba.

Helena señaló otro documento.

—Mira la fecha.

Lo hice.

Mis dedos se congelaron.

Era de tres años atrás.

El mismo año en que conocí a Alexander.

—No entiendo.

Helena habló despacio.

—Lucía regresó una vez antes.

Levanté la mirada.

—¿Qué?

—Regresó cuando tú y Alexander llevaban apenas seis meses juntos.

El mundo pareció detenerse.

—¿Él la vio?

Helena asintió.

—Sí.

Mi pecho se apretó.

—¿Y él me eligió?

Helena tardó en responder.

—Eso pensé.

Pero entonces agregó:

—Hasta que vi la forma en que te trataba.

Mis ojos bajaron.

Porque entendí algo.

Alexander no me había elegido porque me amaba más.

Me había elegido porque yo estaba allí.

Porque era fácil.

Porque era cómoda.

Porque llenaba un espacio vacío.


Esa noche, Alexander volvió desesperado.

Ya no tenía la calma arrogante de siempre.

Parecía alguien que finalmente estaba perdiendo algo.

—Tenemos que hablar.

—No hay nada que hablar.

—Sí lo hay.

Sacó su teléfono y abrió una conversación.

Era con Lucía.

—Léelo.

No quería.

Pero lo hice.

Lucía:
“¿Cuándo vas a dejar a esa chica?”

Alexander:
“Estoy resolviendo las cosas.”

Lucía:
“Pensé que cuando volviera todo sería igual.”

Alexander:
“Yo también.”

Mis manos se quedaron frías.

Pero había más.

Otro mensaje.

Lucía:
“Recuerda que tu familia necesita esta alianza.”

Me quedé mirando esa frase.

—¿Alianza?

Alexander cerró los ojos.

—No es lo que parece.

—Entonces explícame.

Por primera vez, no tuvo una respuesta preparada.

Finalmente dijo:

—Mi familia quería unir nuestros negocios.

—¿Y yo qué era?

Silencio.

—Sofía…

—No.

Negué con la cabeza.

—Quiero escucharlo.

Alexander bajó la mirada.

Y esa fue la primera vez que vi arrepentimiento real en él.

—Al principio pensé que nunca podría olvidarla.

Una lágrima apareció en mis ojos.

Pero no cayó.

—Continúa.

—Después te conocí.

Me miró.

—Y pensé que contigo podía empezar de nuevo.

—¿Pensaste?

Mi voz salió tranquila.

—El amor no es algo que uno usa para olvidar a otra persona, Alexander.

Él dio un paso hacia mí.

—Me equivoqué.

—Sí.

—Pero te amo.

Lo miré durante mucho tiempo.

El antiguo yo habría esperado escuchar esas palabras durante años.

La nueva yo solo sintió tristeza.

—Llegaste tarde.


Tres días después llegó el día del vuelo.

Mi padre me acompañó al aeropuerto.

Yo llevaba una maleta.

Nada más.

No llevaba el collar de diamantes.

No llevaba recuerdos.

No llevaba el peso de Alexander.

Cuando estábamos a punto de entrar, escuché mi nombre.

—¡Sofía!

Me detuve.

Alexander corrió hacia mí.

Sin traje perfecto.

Sin escoltas.

Sin orgullo.

Solo él.

—No te vayas.

Mi padre me miró.

Yo levanté una mano para pedirle unos minutos.

Alexander respiraba con dificultad.

—Sé que no merezco que me perdones.

No dije nada.

—Sé que destruí algo que era verdadero.

Sus ojos estaban rojos.

—Pero dame una oportunidad.

Negué lentamente.

—Alexander, una oportunidad no sirve cuando la persona que amas ya aprendió a vivir sin ti.

Él apretó los puños.

—¿Entonces nunca me quisiste?

La pregunta me dolió.

Porque la respuesta era lo contrario.

—Te quise demasiado.

Pausa.

—Ese fue mi error.


Seis meses después, París me recibió con lluvia.

Pero era una lluvia diferente.

No era la tristeza de una despedida.

Era el comienzo de algo nuevo.

Gabriel Laurent no intentó reemplazar a nadie.

No prometió un amor perfecto.

Solo me dio algo que nunca había tenido.

Respeto.

Paciencia.

Elección.

Una tarde, mientras caminábamos junto al río Sena, me preguntó:

—¿Todavía piensas en él?

Sonreí.

—A veces recuerdo quién era yo cuando estaba con él.

Gabriel me miró.

—¿Y quién eres ahora?

Observé las luces de París reflejadas en el agua.

—Alguien que finalmente volvió a elegirse.


Un año después, las noticias anunciaron que Lucía Navarro había terminado su contrato con Chu Media.

La familia Chu perdió una importante alianza.

Y Alexander renunció a varios cargos dentro de la empresa.

Nunca supe si fue por amor perdido o por culpa.

Quizá por ambas.

Pero ya no importaba.

Porque mi vida ya no giraba alrededor de sus decisiones.

El día que recibí una invitación para una gala en París, vi un nombre conocido entre los invitados.

Alexander Chu.

Nos encontramos frente a frente después de mucho tiempo.

Él me miró.

Yo sonreí.

—Te ves diferente.

—Lo soy.

Asintió.

—Fui un idiota.

—Sí.

Los dos sonreímos ligeramente.

Por primera vez, no había dolor.

Solo pasado.

—¿Eres feliz?

Miré hacia donde estaba Gabriel esperando.

—Sí.

Alexander siguió mi mirada.

Y entendió.

—Me alegro.

Esa fue la última conversación que tuvimos.

Porque algunas personas llegan a nuestra vida para quedarse.

Y otras llegan para enseñarnos que nunca debemos abandonarnos por nadie.

Yo pensé que perder a Alexander Chu era perder mi mundo.

Pero la verdad era otra.

El día que dejé de ser su sustituta, finalmente me convertí en la protagonista de mi propia historia.

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