PARTE 2: MI ESPOSA DESCONOCIDA

Después de aquella noche en la gala, pensé que Nathaniel iba a sentirse avergonzado.

Pensé que intentaría mantener las apariencias.

Quizá incluso pediría que volviéramos a nuestro acuerdo original.

Un matrimonio de papel.

Una transferencia mensual.

Dos personas que seguían caminos separados.

Me equivoqué.

Porque al día siguiente, cuando llegué a mi escritorio, encontré una taza de café.

Americano.

Sin azúcar.

Con una pizca de sal.

Y una nota pegada.

“Para la señorita que sabe demasiado sobre mis gustos.”

No había firma.

No hacía falta.

Lo miré desde mi silla durante varios segundos.

Después sonreí.

—Qué infantil.

Piper apareció detrás de mí.

—¿Ya empezó?

Guardé la nota.

—¿Qué cosa?

Ella sonrió.

—Mi primo está enamorado.

Casi dejé caer el café.

—No digas tonterías.

—Sienna.

—¿Qué?

—Un hombre que no recuerda el rostro de su esposa durante seis meses no compra café personalizado al día siguiente de descubrir quién es.

No respondí.

Porque, por desgracia, tenía razón.


Nathaniel cambió.

No de golpe.

Eso habría sido demasiado fácil.

Fue poco a poco.

Como si estuviera descubriendo a una persona que había tenido delante todo este tiempo.

Empezó a preguntarme cosas.

No como jefe.

Como marido.

—¿Por qué elegiste aceptar este matrimonio?

Una tarde, mientras revisábamos documentos, me hizo esa pregunta.

Levanté la vista.

—Piper me convenció.

Asintió.

—¿Y tú qué pensaste?

Me encogí de hombros.

—Que era temporal.

Silencio.

—¿Eso era todo?

Lo miré.

—Nathaniel, tú tampoco parecías estar buscando una esposa.

Bajó los ojos.

Porque era verdad.

El día de nuestra boda, él ni siquiera me miró correctamente.


Una semana después, me invitó a cenar.

No como secretaria.

Como esposa.

Acepté.

Porque necesitaba saber algo.

Necesitaba saber si Nathaniel realmente estaba cambiando.

O si solo estaba disfrutando del juego.

El restaurante era tranquilo.

Nada parecido a las cenas de negocios a las que él solía ir.

Por primera vez lo vi sin una pantalla en la mano.

Sin llamadas.

Sin esa expresión de hombre que siempre estaba resolviendo un problema.

—Nunca pensé que serías así.

Lo dijo de repente.

Tomé agua.

—¿Así cómo?

—Divertida.

Levanté una ceja.

—¿Divertida?

—Sí.

Sonrió ligeramente.

—En mi recuerdo eras solo una firma.

La frase dolió.

Aunque sabía que era verdad.

Nathaniel lo notó.

Su expresión cambió.

—Lo siento.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Porque ahora sé que no era culpa tuya que yo no recordara.

Pausa.

—Era culpa mía por no haber querido conocer a la persona que tenía enfrente.


Esa noche hablamos durante horas.

Descubrí cosas que nunca había sabido.

Que Nathaniel había aceptado el matrimonio porque creía que no tenía importancia.

Que después del viaje a Alemania se había concentrado tanto en la empresa que dejó pasar los meses.

Que cada transferencia que enviaba era, en su mente, una forma de cumplir su parte del acuerdo.

Pero no entendía algo:

El dinero no era el problema.

La ausencia sí.


—¿Sabes qué fue lo peor?

Le pregunté.

Nathaniel me miró.

—¿Qué?

—Que no me dolió que no me amaras.

Silencio.

—Me dolió que ni siquiera intentaras conocerme.

Bajó la mirada.

Y por primera vez no tuvo una respuesta.


El problema llegó con la familia Graves.

Cuando la abuela de Nathaniel se enteró de que finalmente estábamos conviviendo como una pareja real, organizó una cena.

Demasiado rápido.

Demasiado perfecta.

Yo sabía que algo pasaba.

Y tenía razón.

Durante la cena, el tío de Nathaniel sonrió.

—Ahora que Sienna está más cerca de la familia, quizá sería bueno revisar el acuerdo matrimonial.

Nathaniel dejó los cubiertos.

—¿Qué acuerdo?

El hombre pareció sorprendido.

—El acuerdo de compensación.

Silencio.

Miré a Nathaniel.

Él no sabía.

—¿Qué compensación?

La abuela suspiró.

—Queríamos asegurarnos de que ella no saliera perjudicada.

Nathaniel me miró.

—¿Recibiste dinero por casarte conmigo?

No me dio tiempo de responder.

Porque su expresión cambió.

No de enojo.

De tristeza.

—Pensaste que eso era lo único que podías recibir de mí.

No supe qué decir.


Después de la cena discutimos.

Por primera vez.

—¿Por qué no me dijiste?

Lo miré.

—Porque tú tampoco me preguntaste nada durante seis meses.

Silencio.

La respuesta lo golpeó.

Porque era verdad.

—Pensé que era lo que querías.

—Y yo pensé que tú querías distancia.

Nos quedamos mirándonos.

Dos personas casadas que habían pasado medio año actuando como desconocidos.


La solución no llegó con una gran declaración.

Llegó con pequeños cambios.

Nathaniel empezó a llegar a casa.

Aprendió que mi café no era como el suyo.

Descubrió que odiaba las flores con demasiado perfume.

Recordó que me gustaba leer antes de dormir.

Y yo descubrí que debajo de ese hombre frío había alguien que simplemente nunca había aprendido a acercarse.


Tres meses después, renuncié oficialmente al puesto de secretaria.

Nathaniel se sorprendió.

—¿Por qué?

Sonreí.

—Porque quiero que cuando me mires, no veas a tu empleada.

Pausa.

—Quiero que veas a tu esposa.

Él asintió.

—Tienes razón.

Después añadió:

—Aunque admitiré que mi secretaria era bastante peligrosa.

Me reí.

—¿Peligrosa?

—Sí.

—¿Por qué?

Se acercó.

—Porque consiguió que me enamorara antes de que supiera que era mi esposa.


Un año después, renovamos nuestros votos.

Sin contratos.

Sin acuerdos.

Sin firmas por obligación.

Solo nosotros.

Piper lloró durante toda la ceremonia.

Después me susurró:

—Nunca pensé que mi plan de matrimonio falso funcionaría demasiado bien.

La miré.

—Tu plan casi destruyó mi paciencia.

—Pero funcionó.

Suspiré.

—Eso es lo peor.


Durante seis meses, Nathaniel Graves creyó que solo tenía una secretaria eficiente.

Una mujer cualquiera.

Alguien que trabajaba bajo sus órdenes.

No sabía que era la misma persona a la que había prometido cuidar.

No sabía que la mujer que le preparaba café, organizaba sus reuniones y discutía con él todos los días…

era la esposa que había olvidado conocer.

Pero quizá algunas historias de amor no empiezan cuando dos personas se encuentran.

A veces empiezan cuando finalmente dejan de pasar de largo.

Y Nathaniel no perdió a su esposa porque no la recordara.

La encontró cuando por fin decidió mirarla.

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