PARTE 2: La jefa del Delta

Ethan no dijo una sola palabra.

Se quedó parado en la entrada del club, mirando a la mujer que tenía delante como si estuviera viendo a una desconocida.

Yo levanté lentamente la copa de champán.

—¿Necesitas algo?

Su mirada recorrió el vestido rojo, los tacones, las joyas y finalmente se detuvo en el arma discretamente oculta junto a mi muslo.

Su rostro perdió color.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Es una pregunta interesante.

Di un pequeño sorbo.

—Podría preguntarte lo mismo.

Ethan avanzó.

—Vine a buscarte.

—¿A mí?

—Sí.

Solté una risa.

—Qué curioso. Durante tres años nunca pareciste tener problemas para encontrarme cuando necesitabas que preparara tu cena, planchara tu uniforme o atendiera tus llamadas.

Su mandíbula se tensó.

—No sé qué te pasa.

—Me pasa que dejé de fingir.

Él miró alrededor.

Los hombres que estaban conmigo permanecían completamente quietos.

Ninguno parecía interesado en intervenir.

No porque tuvieran miedo de Ethan.

Sino porque estaban esperando mis órdenes.

Y eso fue precisamente lo que más desconcertó a mi esposo.

—¿Quiénes son ellos?

—Mi equipo.

—¿Tu equipo?

—Sí.

Se rio con incredulidad.

—Evelyn, deja el espectáculo. Vuelve a casa.

Casa.

La palabra me produjo una sensación extraña.

—¿Cuál?

—Nuestra casa.

—Ah.

Dejé la copa sobre la mesa.

—La casa que compró mi familia.

Ethan frunció el ceño.

—¿Qué estás diciendo?

Uno de mis hermanos apareció detrás de mí.

Marcus.

El mayor.

El hombre que había esperado tres años para verme volver.

—Está diciendo que nunca fue tu casa.

Ethan lo reconoció.

Y su expresión cambió.

—Marcus Shaw.

—Coronel Cole.

Marcus sonrió.

—Aunque supongo que pronto tendremos que dejar de llamarte así.

Ethan volvió a mirarme.

—¿Qué significa esto?

Yo me acerqué.

—Significa que mañana por la mañana presentaré la solicitud de divorcio.

Sus ojos se abrieron.

—¿Divorcio?

—Sí.

—¿Por Vanessa?

Negué con la cabeza.

—Por mí.

Eso pareció afectarlo más que cualquier otra cosa.

—Evelyn…

—No.

Levanté una mano.

—No vuelvas a decir mi nombre con esa voz.

—¿Qué voz?

—La voz con la que hablas cuando crees que todavía tienes poder sobre mí.

Ethan respiró profundamente.

—Estás exagerando.

—No.

Sonreí.

—Por primera vez en tres años, estoy siendo completamente honesta.


A la mañana siguiente, el divorcio no fue lo único que recibió Ethan.

A las 8:00 en punto, su teléfono comenzó a llenarse de mensajes.

Primero llegó uno de su abogado.

Después otro de la junta.

Luego una llamada urgente del banco.

Y finalmente un correo que no esperaba.

Notificación de congelación de activos.

Ethan creyó que era un error.

Hasta que abrió el documento adjunto.

La empresa que había financiado varios de sus contratos militares tenía un nuevo accionista mayoritario.

Shaw Maritime Holdings.

Mi familia.

La misma organización que él jamás supo que existía detrás de mi apellido.

Durante años, Ethan había presumido de tener contactos.

Nunca imaginó que algunos de esos contactos respondían directamente a mi familia.

A las 8:17, recibió otra llamada.

Esta vez era de su director financiero.

—Tenemos un problema.

—¿Qué problema?

—Tres contratos fueron suspendidos.

—¿Por qué?

—El nuevo propietario de las instalaciones canceló las autorizaciones.

Ethan se quedó inmóvil.

—¿Quién es el propietario?

Silencio.

—La señorita Shaw.

Su respiración se detuvo.


Mientras tanto, yo estaba sentada en la sala de reuniones de la sede familiar.

Ocho hermanos.

Dos abogados.

Tres directores.

Y mi padre ocupando la cabecera que había permanecido vacía desde su muerte.

Sobre la mesa había una carpeta negra.

Marcus la deslizó hacia mí.

—Todo está listo.

Abrí la carpeta.

Contratos.

Acciones.

Propiedades.

Participaciones.

Ethan había construido su carrera creyendo que yo era una esposa dependiente.

No sabía que muchos de los proyectos que le habían permitido ascender habían pasado, directa o indirectamente, por empresas controladas por mi familia.

Porque yo había pedido que lo ayudaran.

Porque quería que mi esposo tuviera éxito.

Porque creía que amar a alguien significaba abrirle puertas.

Ahora iba a cerrar algunas.

No por venganza.

Por límites.

—¿Quieres que retiremos todo? —preguntó Marcus.

Miré los documentos.

—No.

Todos me observaron.

—Solo retiren aquello que él obtuvo mediante mi influencia personal.

Marcus sonrió.

—Eso será suficiente para dejarlo sin sus principales contratos.

—Lo sé.

Entonces mi teléfono vibró.

Ethan.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después otra vez.

Finalmente llegó un mensaje.

“Necesitamos hablar.”

Lo leí.

Y respondí:

“Ya hablamos durante tres años.”


Dos horas después, Vanessa apareció en mi club.

No vino uniformada.

Vestía de civil.

Entró sola.

Cuando me vio, dejó escapar una respiración larga.

—Así que era verdad.

—¿Qué cosa?

—Todo.

Me quedé en silencio.

Vanessa dejó un sobre sobre la mesa.

—Encontré esto en el despacho de Ethan.

Lo miré.

—¿Qué es?

—Documentos.

Abrí el sobre.

Y entonces vi algo que no esperaba.

Informes internos.

Fotografías.

Correos.

Y una lista de nombres.

Mi nombre aparecía varias veces.

Pero no era eso lo que me preocupó.

Al final de la última página había una nota escrita a mano.

“La familia Shaw debe creer que Evelyn no recuerda quién es.”

Levanté la mirada.

Vanessa estaba pálida.

—¿Quién escribió eso?

—No lo sé.

—¿Ethan?

Negó con la cabeza.

—Creo que no.

Volví a mirar la hoja.

Había otra línea debajo.

“Si Evelyn recupera el control del Delta, perderemos mucho más que contratos.”

Mi expresión cambió.

—¿Qué es el Delta?

Vanessa me miró directamente.

—No lo sé.

Hizo una pausa.

—Pero alguien lleva años intentando localizarlo.

Cerré la carpeta.

—¿Y por qué me la entregas?

Vanessa bajó la mirada.

—Porque Ethan no fue quien empezó todo esto.

Sentí un escalofrío.

—Entonces, ¿quién?

Ella no respondió.

En ese momento, Marcus entró apresuradamente.

—Evelyn.

—¿Qué pasa?

Me entregó su teléfono.

—Acabamos de encontrar al hombre que financió la primera operación contra nuestra familia.

Miré la pantalla.

Una fotografía apareció.

Un rostro que reconocí inmediatamente.

No era un enemigo desconocido.

No era un rival empresarial.

Era alguien que llevaba tres años entrando a nuestra casa.

Alguien que había cenado conmigo.

Alguien que había abrazado a Ethan delante de mí.

Alguien que yo jamás había considerado una amenaza.

Vanessa Frost.

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