La pantalla se encendió.
La misma interfaz.
El mismo grupo.
La misma sonrisa de Hazel.
Y una pregunta:
“¿Debería Valeria disculparse con Adrian por arruinar la noche de cumpleaños?”
Debajo aparecieron tres opciones:
Sí.
No.
Que Adrian decida.
Clara me tomó del brazo.
—Nos vamos.
Negué con la cabeza.
—No.
—Valeria…
—Tres años atrás habría salido corriendo.
Miré la pantalla.
—Hoy quiero ver cómo termina.
Adrian levantó la vista.
—Llegaste.
No respondí.
Hazel se levantó.
—Valeria, no queríamos hacerte sentir mal.
—Claro que no.
—Solo queremos arreglar las cosas.
Miré el pastel sobre la mesa.
Tenía escrito mi nombre.
Pero debajo había una pequeña frase:
“Para nuestra amiga dramática.”
Solté una risa.
—¿Ese es mi regalo?
Adrian frunció el ceño.
—No empieces.
—No he empezado nada.
Señalé la pantalla.
—Ustedes empezaron hace tres años.
Uno de los amigos levantó el teléfono.
—Vamos, cuñada. Vota.
—No voy a votar.
Hazel sonrió.
—Entonces todos decidirán por ti.
—Eso es exactamente lo que estoy cansada de escuchar.
Adrian se levantó.
—Valeria, basta.
Lo miré.
—¿Basta de qué?
—De convertir cada cosa en una guerra.
—No es una guerra.
Respiré profundamente.
—Es una despedida.
El salón quedó en silencio.
Adrian palideció.
—¿Qué quieres decir?
—Que ya no voy a participar.
Señalé la pantalla.
—Ni en tus encuestas.
—Ni en tus decisiones.
—Ni en tu vida.
Hazel se levantó inmediatamente.
—Adrian, no puedes dejar que se vaya así.
Él la miró.
Por primera vez, no siguió sus palabras.
—Cállate, Hazel.
Ella quedó inmóvil.
Yo también.
Era la primera vez que Adrian le hablaba así.
Entonces alguien del fondo dijo:
—¿Qué pasa con la votación?
Adrian miró la pantalla.
Los resultados empezaban a aparecer.
Disculparse: 0
No disculparse: 0
Que Adrian decida: 1
Después aparecieron más números.
Uno.
Dos.
Cinco.
Diez.
Veinte.
Treinta.
Adrian frunció el ceño.
—¿Quién está votando?
Nadie respondió.
Entonces el teléfono de uno de sus amigos sonó.
—Espera.
Otro miró su pantalla.
—A mí también.
—¿Qué demonios?
Clara sacó su teléfono.
—Valeria…
Le mostró la pantalla.
El grupo privado había sido inundado de mensajes.
Pero ninguno era de sus amigos.
Eran antiguos compañeros de universidad.
Exempleados.
Personas que habían presenciado aquellas votaciones durante años.
Alguien había compartido las capturas que yo había guardado.
Las 276.
Una por una.
Con fechas.
Horas.
Preguntas.
Resultados.
Y comentarios.
Algunos mensajes comenzaron a aparecer:
“¿De verdad hicieron esto durante tres años?”
“Pensé que era una broma ocasional.”
“Esto es cruel.”
“¿Adrian nunca la defendió?”
Hazel empezó a ponerse nerviosa.
—¿Quién publicó eso?
Yo levanté el teléfono.
—Yo.
Adrian me miró como si no pudiera reconocerme.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Por qué?
Lo miré directamente.
—Porque durante tres años ustedes decidieron quién debía pedir perdón.
—Hoy decidí que mi dignidad no se somete a votación.
Nadie habló.
Entonces el administrador del grupo escribió:
“¿Quién votó por Valeria aquella noche?”
La pregunta quedó en la pantalla.
Yo también quería saberlo.
Hasta que apareció una respuesta.
“Yo.”
Todos giraron la cabeza.
Un hombre sentado al fondo levantó la mano.
Era Daniel Wu.
Uno de los amigos de Adrian.
Casi nunca hablaba.
Adrian lo miró sorprendido.
—¿Tú?
Daniel asintió.
—Yo puse el único voto por Valeria.
Hazel soltó una risa nerviosa.
—¿Por qué?
Daniel la miró.
—Porque era su cumpleaños.
—Y porque era evidente que nadie más iba a elegirla.
El silencio fue absoluto.
Daniel continuó:
—Llevo tres años pensando que algún día Adrian iba a darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Miró a Adrian.
—Pero nunca lo hizo.
Adrian apretó los puños.
—No entiendes nuestra relación.
—No.
Daniel negó con la cabeza.
—La entiendo demasiado bien.
Se levantó.
—Todos ustedes convirtieron a una persona en una encuesta porque era más cómodo que admitir que la estaban lastimando.
Adrian no respondió.
Yo miré a Daniel.
—Gracias.
Él simplemente asintió.
Luego tomó su abrigo y salió.
Uno por uno, los demás comenzaron a levantarse.
Nadie quiso votar.
Nadie quiso reír.
Nadie quiso seguir fingiendo.
Hazel fue la última en quedarse.
Se acercó a Adrian.
—¿Vas a dejarla ir?
Adrian no contestó.
—Adrian.
Él finalmente levantó la mirada.
—Hazel, vete.
Ella se quedó congelada.
—Pero…
—Vete.

Hazel tomó su bolso y salió.
La puerta se cerró.
Adrian y yo quedamos solos.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada.
Entonces él miró el pastel.
—Era tu cumpleaños.
—Sí.
—Quería que estuvieras feliz.
—No.
Sacudí la cabeza.
—Querías que yo aceptara las reglas otra vez.
Adrian se sentó lentamente.
—Pensé que siempre estarías.
—Ese fue tu error.
Lo vi bajar la cabeza.
—¿De verdad vas a terminar todo?
—Sí.
—¿Después de tres años?
Solté una sonrisa triste.
—Precisamente por esos tres años.
Tomé las llaves del apartamento y las dejé sobre la mesa.
—Tu copia.
Adrian las miró.
—¿Ya no quieres que vuelva?
—No.
—¿Ni siquiera mañana?
—No.
—¿Y si cambio?
Lo miré durante unos segundos.
—Entonces cambia.
—Pero hazlo por ti.
Tomé mi bolso.
—No para recuperarme.
Caminé hacia la puerta.
Adrian se levantó.
—Valeria.
Me detuve.
—¿Qué?
Su voz salió mucho más baja.
—¿Me quisiste de verdad?
Sonreí.
—Demasiado.
—Entonces, ¿por qué puedes irte tan fácilmente?
Abrí la puerta.
—Porque tardé tres años en hacerlo.
Salí.
Al día siguiente, recibí un mensaje.
No era de Adrian.
Era del administrador del antiguo grupo.
Habían eliminado las encuestas.
Después alguien publicó una última pregunta:
“¿Deberíamos dejar de decidir por los demás?”
No hubo votación.
Todos abandonaron el grupo.
Incluido Adrian.
Semanas después, me enteré de que había cancelado la membresía del club donde solían reunirse.
Hazel dejó de aparecer en sus redes.
Y Adrian finalmente comenzó terapia.
No regresó.
No porque no quisiera.
Sino porque por primera vez entendió que pedir otra oportunidad no era una decisión que pudiera someterse a votación.
Yo también cambié.
Me mudé.
Cambié de trabajo.
Volví a salir con mis amigas.
Aprendí a comprar cosas solo porque me gustaban, no porque combinaban con el color favorito de otra persona.
Y, sobre todo, dejé de preguntarme qué pensaban los demás antes de preguntarme qué quería yo.
Tres meses después, llegó mi cumpleaños.
Esta vez no hubo una pantalla gigante.
No hubo encuesta.
No hubo diecisiete votos contra uno.
Solo había una mesa pequeña, un pastel sencillo y seis personas que realmente querían estar allí.
Clara levantó su copa.
—Por Valeria.
Todos sonrieron.
Yo también.
Apagué las velas.
Y por primera vez en muchos años, pedí un deseo sin preguntarle a nadie cuál debía ser.
Elegirme a mí misma.
Y esta vez no necesitaba que nadie votara.