PARTE 2: Los siete años que nadie conocía

—¿Ningún argumento?

Sienna miró a Declan.

El hombre que recordaba habría intentado convencerla.

Habría explicado.

Habría encontrado una manera de darle la vuelta a la situación.

Pero este Declan simplemente se quedó esperando.

—Ningún argumento —respondió.

Ella apartó la mirada.

—Bien.

El ascensor llegó al vestíbulo.

Caminaron separados por unos pasos hasta la salida del hospital.

Antes de subir a su coche, Sienna se detuvo.

—Una cosa más.

Declan levantó la vista.

—No intentes conocer a mi hija.

El cambio en su rostro fue inmediato.

Pero no discutió.

—Está bien.

Esa respuesta la desconcertó.

Porque durante años había imaginado ese momento.

Había imaginado que él exigiría explicaciones.

Que preguntaría.

Que reclamaría.

Pero no.

Solo aceptó.

Y eso era casi peor.


El sábado llegó demasiado rápido.

Sienna pasó toda la mañana diciéndose que no importaba.

Que era solo una conversación.

Una explicación pendiente.

Nada más.

Pero cuando dejó a Lily con su vecina y llegó al restaurante, su corazón latía demasiado rápido.

Declan ya estaba allí.

Sin guardaespaldas.

Sin traje elegante.

Solo una camisa oscura y una expresión que parecía más cansada que poderosa.

Sienna tomó asiento.

—Me sorprende que hayas venido solo.

—Me pediste que fuera yo.

Ella asintió.

—Empieza.

Declan respiró profundamente.

Durante unos segundos pareció buscar las palabras correctas.

—La noche antes de desaparecer, recibí una llamada.

Sienna no parpadeó.

—¿De quién?

—De mi padre.

El nombre quedó entre ellos.

Sienna recordaba al hombre.

Un empresario poderoso.

Controlador.

Alguien que nunca había aprobado su relación.

—Me dijo que si seguía contigo, destruiría todo lo que tenía.

Ella soltó una pequeña risa amarga.

—¿Y le creíste?

Declan bajó la mirada.

—No al principio.

Pausa.

—Pero después descubrí que había problemas con la empresa familiar. Había personas intentando hundirnos. Mi padre pensó que tú eras un punto débil.

Sienna apretó los dedos alrededor de la taza.

—Así que decidiste protegerme desapareciendo.

—Fue una estupidez.

Por primera vez, ella escuchó arrepentimiento verdadero.

—Pensé que si me odiabas, estarías a salvo.

—¿A salvo?

Su voz se quebró.

—Declan, yo pensé que estabas muerto.

Él cerró los ojos.

Esa frase le dolió.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Sienna respiró profundamente.

—Yo tenía veintidós años. Estaba sola. No sabía si había ocurrido un accidente, si te habían pasado algo, si simplemente me habías abandonado.

Una lágrima cayó, pero ella la limpió rápidamente.

—Y después descubrí que estaba embarazada.

El mundo pareció detenerse.

Declan levantó la cabeza.

—¿Qué?

Sienna se quedó inmóvil.

Demasiado tarde.

Lo había dicho.

Los ojos de Declan cambiaron.

—Sienna…

Ella se levantó.

—No.

—Espera.

—No tenías derecho a saberlo así.

—¿Tengo una hija?

Silencio.

Esa pregunta salió rota.

No como una exigencia.

Como un hombre que acababa de perder siete años en un segundo.

Sienna no respondió.

Pero no hacía falta.

Porque en ese momento, Declan vio una fotografía que estaba dentro de su cartera abierta sobre la mesa.

Una niña.

Seis años.

Cabello oscuro.

Ojos grandes.

Los mismos ojos.

Sus ojos.


Declan no habló durante varios minutos.

Simplemente miró la fotografía.

—¿Cómo se llama?

Sienna dudó.

—Lily.

Él tragó saliva.

—¿Sabe quién soy?

—No.

La respuesta pareció destruirlo.

—¿Por qué?

Ella lo miró.

—Porque tú no estabas.

No hubo crueldad en su voz.

Solo verdad.

Declan bajó la mirada.

—Quiero conocerla.

—No puedes aparecer después de siete años y pedir un lugar.

—Lo sé.

—No puedes entrar en su vida porque ahora descubriste que existe.

—Lo sé.

—Entonces deja de decirlo.

Él levantó los ojos.

—Porque no sé qué hacer.

Esa confesión la sorprendió.

Declan Voss nunca había parecido perdido.

Pero ahora sí.

—No sé cómo ser su padre.

Sienna guardó silencio.

—Pero quiero aprender.


Esa noche, cuando Sienna llegó a casa, encontró un mensaje.

No era de Declan.

Era del hospital.

Una emergencia había ocurrido con uno de sus pacientes.

Mientras revisaba los documentos enviados, encontró algo extraño.

Un nombre.

Voss Foundation.

Se quedó mirando la pantalla.

Porque ese era el nombre de una de las organizaciones más grandes de la ciudad.

Y entonces entendió algo.

Declan no solo había desaparecido.

Había construido un imperio en silencio.

Pero la pregunta era:

¿Por qué nunca volvió?


Al día siguiente, Sienna llevó a Lily al parque.

La niña corría con una pequeña chaqueta rosa cuando un hombre se detuvo cerca.

Declan.

No se acercó.

No la llamó.

Solo estaba allí.

Esperando.

Sienna frunció el ceño.

—¿Qué haces?

—Me dijiste que no apareciera en su vida sin permiso.

Pausa.

—Así que estoy esperando a que tú decidas.

Ella lo observó.

Ese hombre que había roto su corazón.

Ese mismo hombre que ahora parecía dispuesto a aceptar cualquier límite.

Lily se acercó corriendo.

—Mamá.

Luego miró a Declan.

—¿Quién es él?

Sienna abrió la boca.

Pero no encontró una respuesta.

Declan tampoco.

Entonces Lily inclinó la cabeza.

La misma expresión que él había visto en sus propias fotografías de infancia.

Y preguntó:

—¿Por qué ese señor me está mirando como si me conociera?

Declan contuvo la respiración.

Porque en ese momento comprendió algo.

No había perdido solo siete años con Sienna.

Había perdido siete años con su hija.

Y recuperarlos no dependería de cuánto dinero tuviera.

Ni de cuántos guardaespaldas lo siguieran.

Solo dependería de una cosa:

Si Sienna todavía podía creer en él.

Pero justo cuando estaba a punto de responder, su teléfono vibró.

Un mensaje urgente.

Una sola línea:

“La persona que separó a Sienna y Declan hace siete años acaba de regresar.”

Y debajo aparecía un nombre que ninguno de los dos esperaba volver a ver.

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