—María Santos.
Mi cuerpo se quedó completamente inmóvil.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Sebastián Blackwood no respondió inmediatamente.
Cerró la puerta detrás de Catherine y señaló la silla frente a su escritorio.
—Siéntate.
No me moví.
—Primero quiero saber quién eres.
Por primera vez, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Esa es exactamente la pregunta que esperaba.
Sacó una carpeta negra.
La abrió.
Y empujó una fotografía hacia mí.
Era una foto de mi hermano Diego.
Me quedé sin aire.
—¿De dónde sacó eso?
—De hace seis años.
Miré la imagen con más atención.
Diego tenía apenas dieciséis años.
Estaba frente a una escuela.
A su lado había un hombre que reconocí inmediatamente.
Mi padre.
Sentí un escalofrío.
Mi padre había muerto cuando yo tenía diecinueve años.
Sebastián pasó otra fotografía.
Esta vez aparecía mi padre junto a un hombre mucho más joven.
Sebastián.
—¿Lo conocía?
—Sí.
Lo miré.
—¿Cómo?
—Tu padre trabajó para mi familia.
Me quedé en silencio.
—Nunca me habló de los Blackwood.
—Porque no quería que supieras.
—¿Por qué?
Sebastián cerró la carpeta.
—Porque antes de morir me pidió que protegiera a sus hijos.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Y usted esperó seis años para hacerlo?
—No.
Su voz cambió.
—Te he estado buscando durante seis años.
No sabía si creerle.
—¿Por qué?
Sebastián se levantó y caminó hacia la ventana.
—Tu padre descubrió que alguien estaba desviando dinero de una fundación que pertenecía a mi familia.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Mucho.
Se volvió.
—Antes de morir, dejó documentos que demostraban quién lo estaba haciendo.
—¿Dónde están?
—Desaparecieron.
—¿Y cree que yo los tengo?
—Creo que tu padre los escondió.
Mi garganta se secó.
—Yo no tengo nada.
—Tal vez no lo recuerdes.
Sacó una última fotografía.
Era nuestra antigua casa.
La casa donde había crecido.
Y debajo de la fotografía había una frase escrita a mano.
Reconocí la letra inmediatamente.
La letra de mi padre.
“Cuando María necesite salvar a Diego, buscará el lugar donde comenzó todo.”
Levanté la mirada.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—Entonces ¿por qué me compró esa noche?
Sebastián guardó silencio.
—Porque cuando vi tu nombre en la lista, entendí que finalmente te había encontrado.
Me levanté.
—Necesito llamar al hospital.
—Ya está hecho.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
—La cirugía de Diego está financiada.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Por usted?
—Sí.
—No puede hacer eso.
—Ya está hecho.
—No le pedí ayuda.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué?
Sebastián me miró directamente.
—Porque tu hermano no debería pagar por los secretos de nuestros padres.
Me quedé sin palabras.
—Pero hay una condición.
Mi corazón se hundió.
—¿Cuál?
—Quiero que vengas conmigo mañana.
—¿A dónde?
—A la casa donde creciste.
Al día siguiente, regresamos a mi antiguo barrio.
La casa llevaba años vacía.
La pintura estaba descascarada.
Las ventanas estaban cubiertas de polvo.
Cuando entré, recuerdos que creía olvidados regresaron de golpe.
La cocina.
La escalera.
La pequeña habitación donde Diego y yo dormíamos.
Sebastián caminó hasta una pared.
—Tu padre escondió algo aquí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me lo dijo la última vez que lo vi.
Golpeó suavemente la madera.
Un sonido hueco respondió.
Nos miramos.
Quitó una pequeña sección del panel.
Dentro había una caja metálica.
Mis manos comenzaron a temblar.
La abrí.
Había documentos.
Una memoria USB.
Y una carta.
Mi nombre aparecía en el sobre.
María.
La abrí.
Solo había unas pocas líneas.
“Si alguna vez encuentras esto, significa que ya no estoy aquí.
No confíes en quien te diga que nuestra familia perdió todo por accidente.
Y, sobre todo, no permitas que Diego firme ningún documento relacionado con la Fundación Santos.”
Miré a Sebastián.
—¿Qué fundación?
Su expresión cambió.
—La fundación que tu padre administraba.
—Pensé que había desaparecido después de su muerte.
—Eso fue lo que todos creyeron.
Conectamos la memoria USB a una computadora.
Había cientos de archivos.
Contratos.
Transferencias.
Nombres.
Fechas.
Y entonces apareció un documento que me hizo detener la respiración.
Una transferencia de 200.000 dólares.
El mismo monto que necesitábamos para la cirugía de Diego.
El dinero había salido de una cuenta perteneciente a la Fundación Santos.
Pero la fecha era de hacía seis años.
Justo antes de la muerte de mi padre.
—¿Qué significa esto?
Sebastián acercó la pantalla.
—Significa que alguien retiró ese dinero en nombre de tu familia.
—¿Quién?
Amplió el documento.
El beneficiario aparecía claramente.
Sentí que mis manos se enfriaban.
Era el nombre de una persona que conocía perfectamente.
Patricia Monroe.
Mi compañera de trabajo.
La misma mujer que me había hablado de aquella subasta.
La misma persona que me había dicho que era una oportunidad para salvar a Diego.

Retrocedí lentamente.
—No.
Sebastián me miró.
—¿La conoces?
—Es mi amiga.
—¿Desde cuándo?
—Cinco años.
Sebastián cerró la computadora.
—Entonces tenemos un problema.
Regresamos al hotel.
Catherine nos esperaba en el vestíbulo.
Tenía el rostro pálido.
—María, necesito hablar contigo.
—¿Qué ocurre?
Miró a Sebastián.
—La subasta fue manipulada.
—¿Qué quieres decir?
—Tu nombre no apareció por casualidad.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién lo puso?
Catherine bajó la voz.
—Patricia Monroe.
Miré a Sebastián.
Todo comenzó a encajar.
La página web.
La invitación.
La insistencia.
La oferta.
Mi nombre.
Todo había sido preparado.
Pero había algo que no comprendía.
—Si Patricia quería encontrarme, ¿por qué necesitaba una subasta?
Catherine respondió:
—Porque sabía que Sebastián Blackwood revisaría personalmente tu expediente.
Me quedé inmóvil.
Sebastián levantó la mirada.
—Ella quería que yo te encontrara.
—¿Por qué?
Nadie respondió.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Patricia.
“Espero que ya hayas conocido a Sebastián.”
Otro mensaje apareció inmediatamente.
“Ahora pregúntale qué hizo tu padre antes de morir.”
Y después llegó el último.
“Porque él sabe quién mató a tu familia.”
Sentí que el corazón me golpeaba contra el pecho.
Miré a Sebastián.
Él había leído el mensaje.
Su rostro había perdido completamente el color.
—¿Es verdad? —pregunté.
Sebastián tardó unos segundos en responder.
Finalmente dijo:
—Sí.
—¿Qué sabe?
Bajó la mirada.
—Sé quién destruyó a tu familia.
Hizo una pausa.
—Y llevo seis años intentando encontrar la prueba.
—¿Quién fue?
Sebastián me miró directamente.
—Alguien que todavía está muy cerca de ti.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez no era Patricia.
Era el hospital.
Contesté.
—¿Sí?
La voz del médico sonaba nerviosa.
—Señorita Santos, tenemos un problema con la cirugía de su hermano.
Me levanté de golpe.
—¿Qué ocurrió?
—El cirujano acaba de descubrir algo en el expediente de Diego.
—¿Qué cosa?
Hubo un silencio.
—Alguien ya había intentado cancelar su operación.
Miré a Sebastián.
—¿Quién?
El médico respondió:
—La persona que aparece como contacto de emergencia de su hermano.
Sentí que el mundo se detenía.
Porque yo nunca había registrado a Patricia.
Y tampoco Sebastián.
El nombre que aparecía en el expediente era otro.
Era el nombre de la persona que yo había considerado mi familia durante toda mi vida.