A las once y veinte de la noche, Adrian seguía de pie frente al sofá.
Yo no había levantado la vista desde que le dije que quería que él y Clara estuvieran juntos.
Durante unos segundos no respondió.
Luego soltó una risa fría.
—¿Qué estás intentando hacer?
—Nada.
—¿Quieres castigarme?
Negué con la cabeza.
—No.
—¿Quieres que vaya detrás de ti?
—Tampoco.
Adrian frunció el ceño.
Parecía más confundido que enfadado.
—Entonces, ¿por qué?
Lo miré.
En mi vida anterior habría discutido.
Habría dicho que Clara era la razón por la que me había abandonado tantas veces.
Habría utilizado cada palabra cruel que conocía para obligarlo a quedarse.
Pero esta vez solo dije:
—Porque ya no quiero que me quieras por obligación.
Su expresión cambió.
Muy ligeramente.
—Nunca te obligué a casarte conmigo.
Casi sonreí.
—No. Fui yo quien te obligó.
Silencio.
—Y después pasé cinco años castigándote por no amarme.
Adrian no respondió.
Miró las cajas apiladas junto a la pared.
—¿De verdad vas a irte?
—Sí.
—¿A dónde?
—Todavía no lo sé.
—¿Y cuándo piensas volver?
—No pienso volver.
Su mandíbula se tensó.
—Lina.
—Adrian.
Nos miramos durante varios segundos.
Por primera vez en nuestra relación, ninguno de los dos estaba intentando ganar.
Yo solo estaba cansada.
Él parecía no saber qué hacer con una mujer que ya no quería retenerlo.
Finalmente preguntó:
—¿Qué pasa con mi abuelo?
—Él se encargará de sí mismo.
—No lo conoces.
—Lo conozco mejor de lo que crees.
Me levanté.
—Y también sé que, aunque esté furioso conmigo, algún día entenderá que obligar a dos personas a casarse nunca fue una buena idea.
Adrian permaneció inmóvil.
Tomé mi maleta.
Antes de pasar junto a él, dije:
—Cuida de Clara.
Sus ojos se endurecieron.
—¿La amas tanto?
Me detuve.
—No.
—Entonces, ¿por qué haces esto?
Volví el rostro.
—Porque en mi otra vida te odié tanto que olvidé que también te había amado.
Sus ojos se quedaron clavados en mí.
—¿Otra vida?
Me di cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.
Bajé la mirada.
—Olvídalo.
Salí de la casa.
Pero aquella noche no llegué al aeropuerto.
Cuando estaba a punto de subir al taxi, recibí una llamada.
Era el abuelo de Adrian.
—Lina.
Su voz estaba llena de cansancio.
—Ven a verme.
—No creo que sea buena idea.
—Solo ven.
Hubo una pausa.
—Por favor.
Aquella última palabra me sorprendió.
El hombre que había controlado nuestra boda nunca me había pedido nada.
Así que regresé.
Lo encontré sentado solo en su estudio.
Sobre el escritorio había una fotografía antigua.
Adrian tenía apenas ocho años.
Y junto a él estaba su madre.
—No sabía que guardaba esa foto —dije.
El abuelo sonrió débilmente.
—La encontré esta tarde.
Me señaló la silla.
—Siéntate.
Lo hice.
Durante unos minutos no dijo nada.
Luego preguntó:
—¿Por qué cancelaste la boda?
—Porque entendí que ustedes estaban intentando construir una familia sobre una obligación.
Él cerró los ojos.
—Yo creía que estaba protegiendo a Adrian.
—Lo sé.
—Pensé que, si se casaba contigo, finalmente dejaría de vivir en el pasado.
Bajé la mirada.
—No funcionó.
—No.
Su voz se quebró.
—Solo conseguí que dos personas se hicieran daño durante cinco años.
No respondí.
Entonces hizo algo inesperado.
Sacó un documento de un cajón.
—Esto pertenece a Adrian.
Lo miré.
Era una carta.
No estaba dirigida a mí.
Era para Clara.
La reconocí inmediatamente.
En mi vida anterior, nunca había visto aquella carta.
—¿Qué es?
—La escribió Adrian hace cinco años.
Mi corazón se aceleró.
—¿Hace cinco años?
El abuelo asintió.
—La noche anterior a su boda.
Abrí el sobre.
La primera línea me dejó inmóvil.
Clara, perdóname.
Seguí leyendo.
Adrian explicaba que no podía casarse con ella porque su familia estaba endeudada con la mía y porque el abuelo había tomado una decisión que él no podía desafiar sin destruir a varias personas.
Pero había algo más.
Algo que nunca supe.
Adrian había decidido aceptar el matrimonio no porque quisiera lastimarme.
Lo había hecho porque creía que así podría proteger a su padre.
Y Clara lo sabía.
La carta terminaba con una frase:
Si algún día Lina me deja libre, no quiero volver a mirar atrás.
Mis dedos comenzaron a temblar.
Levanté la mirada.
—¿Por qué nunca le entregó esta carta?
El abuelo respiró profundamente.
—Porque fui un cobarde.
Entonces entendí.
Durante cinco años había odiado a Adrian por intentar escapar.
Él me había odiado por no dejarlo ir.
Pero ninguno de los dos conocía toda la verdad.
Me levanté.
—¿Dónde está Adrian?
El abuelo me miró.
—Fue al hospital.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Por qué?
—Clara empeoró esta noche.
Llegué al hospital casi a medianoche.
Adrian estaba sentado frente a la habitación de Clara.
Tenía la cabeza inclinada.
Cuando me vio, se levantó inmediatamente.
—¿Qué haces aquí?
—Necesitaba hablar contigo.
—Ahora no.
—Lo sé.
Miré hacia la puerta.
—¿Cómo está?
—Mal.
Asentí.
—Entonces me quedaré afuera.
Adrian me miró con desconcierto.
—¿No vas a hacer una escena?
—No.
—¿No vas a decirme que debería estar contigo?
—No.
—¿No vas a preguntarme si todavía la amo?
Negué.
—Ya sé que la amas.
Por primera vez, sus ojos se humedecieron.
—Lina…
—Y está bien.
Se quedó completamente quieto.
—¿Por qué?
—Porque esta vez no quiero ganar.
Adrian bajó la mirada.
—Yo tampoco.
Nos sentamos en silencio.
Durante casi una hora, ninguno habló.
Hasta que un médico salió de la habitación.
—Familia de Clara Moon.
Adrian se puso de pie.
—Soy yo.
El médico miró sus papeles.
—La situación es delicada, pero logramos estabilizarla.
Adrian cerró los ojos.
Soltó el aire que había estado conteniendo.
Yo me levanté.

—Me voy.
Adrian me tomó suavemente del brazo.
—Espera.
Lo miré.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por dejarme ir.
Mi corazón se apretó.
—No tienes que agradecerme por eso.
—Sí.
Sus ojos estaban llenos de algo que nunca había visto en nuestra primera vida.
No amor.
No todavía.
Era arrepentimiento.
—Cinco años —susurró—. Cinco años creyendo que tú eras mi prisión.
Tragué saliva.
—Y yo creí que tú eras mi única oportunidad de ser feliz.
Se hizo silencio.
—Los dos estábamos equivocados.
Solté lentamente su brazo.
—Cuida de ella.
—Lo haré.
Me di la vuelta.
Esta vez no miré atrás.
Tres meses después, vivía en otra ciudad.
Había empezado a trabajar en una pequeña firma de diseño.
Mi vida era tranquila.
Nadie sabía quién era Adrian Blackwood.
Nadie conocía al abuelo.
Nadie esperaba que me convirtiera en una esposa perfecta.
Por primera vez, podía despertar sin miedo.
Una tarde recibí una llamada.
Era Adrian.
No contesté.
El teléfono volvió a sonar.
Luego llegó un mensaje.
Clara está fuera de peligro.
Me quedé mirando la pantalla.
Después llegó otro.
No te llamo para pedirte que vuelvas.
Y un tercero.
Solo quería que lo supieras.
No respondí.
Guardé el teléfono.
Pensé que aquello sería el final.
Pero una semana después, alguien llamó a mi puerta.
Abrí.
Adrian estaba allí.
Sin traje.
Sin guardaespaldas.
Sin expresión arrogante.
Solo él.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a devolverte algo.
Sacó una pequeña caja.
La reconocí.
Era el anillo que había tirado al bote de basura el día que cancelé nuestra boda.
—¿Por qué lo conservaste?
—Porque encontré tu otro anillo.
—¿Mi otro anillo?
Sacó una segunda caja.
Dentro había una alianza sencilla.
La que Adrian había comprado cinco años antes.
La que nunca llegó a entregarme.
—La compré antes de nuestra boda —dijo—. No quería usar el anillo familiar.
Lo miré.
—¿Por qué me lo enseñas ahora?
Adrian respiró profundamente.
—Porque esta vez no quiero pedirte matrimonio.
Mi corazón se detuvo un instante.
—Quiero pedirte que me conozcas.
No pude evitar sonreír.
—¿Conocerte?
—Sí.
—Después de cinco años casados.
—Nunca nos conocimos realmente.
Tenía razón.
Habíamos sido dos personas heridas intentando obligarse a encajar.
Adrian bajó la mirada.
—Si me dices que no, me iré.
Lo observé durante mucho tiempo.
En mi otra vida, habría corrido hacia él.
Habría abrazado sus piernas.
Habría suplicado.
Pero esta vez no.
—Puedes entrar a tomar un café.
Adrian levantó lentamente la mirada.
—¿Eso significa…?
—Significa exactamente lo que dije.
Sonrió.
Era la primera vez que lo veía sonreír así.
Sin culpa.
Sin obligación.
Sin miedo.
Solo felicidad.
Y mientras cerraba la puerta detrás de él, comprendí algo que nunca había entendido en mi primera vida:
A veces volver a empezar no significa recuperar a la persona que perdiste.
Significa tener la oportunidad de conocerla por primera vez.
Y esta vez, si Adrian Blackwood llegaba a convertirse en mi esposo…
sería porque ambos habíamos elegido quedarnos.
No porque ninguno de los dos estuviera obligado a hacerlo.