No firmé. Tampoco respondí la llamada de Renata.
Envié una sola captura a Lucía.
—Necesito que guardes esto.
—¿Qué vas a hacer?
—Descubrir por qué tienen tanta prisa.
Esa misma tarde llamé a Daniel Ortega, un abogado que había trabajado con mi familia antes de que yo me casara.
Le envié la publicación falsa, la carta y los mensajes de Renata.
Tardó menos de una hora en responder.
—Mariana, no borres nada.
—No pensaba hacerlo.
—Esto no parece un simple intento de difamación.
—¿Qué encontraste?
Hubo silencio.
—La cuenta desde la que publicaron esto fue recuperada hace cuatro meses.
—¿Por quién?
—Por alguien que tenía acceso a tus documentos personales.
Sentí un escalofrío.
—¿Alejandro?
—No puedo afirmarlo todavía. Pero hay algo peor.
Daniel me envió un archivo.
Era un contrato de compraventa relacionado con una propiedad en Los Cabos.
El comprador era una empresa que no reconocía.
Pero en la última página aparecía el nombre de Alejandro.
Y debajo, una firma digital.
—¿Qué tiene que ver esto conmigo?
—Mira quién aparece como beneficiaria final.
Abrí el documento.
Mi nombre.
Me quedé inmóvil.
—Yo nunca firmé esto.
—Precisamente.
Daniel explicó que durante los dos meses de ausencia de Alejandro se habían creado varias sociedades para adquirir propiedades utilizando dinero de la empresa.
Pero una parte de las acciones había sido transferida a mi nombre.
—¿Por qué harían eso?
—Porque si mañana estalla una investigación financiera, necesitarán un responsable que parezca haber autorizado las operaciones.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
No querían divorciarse de mí.
Querían convertirme en el chivo expiatorio.
Esa noche Alejandro volvió a llamarme.
Esta vez contesté.
—¿Dónde estás?
—En casa.
—¿Con Renata?
Silencio.
—Mariana, no hagas esto.
—¿Quién utilizó mi identidad para firmar contratos?
Su respiración cambió.
—¿Qué contratos?
—Los de Los Cabos.
No respondió.
—Alejandro.
—Déjame explicarte.
—No.
Mi voz salió sorprendentemente tranquila.
—Ahora me toca preguntar.
—¿Qué quieres saber?
—¿Cuándo descubriste que Renata estaba desviando dinero?
Silencio.
Muy largo.
Entonces escuché:
—Hace tres semanas.
Cerré los ojos.
—Y no me dijiste.
—Estaba intentando reunir pruebas.
—¿Y el aeropuerto?
—No fue idea mía.
—¿Entonces de quién?
Otra pausa.
—Renata.
—¿Por qué?
Alejandro bajó la voz.
—Porque necesitaba que pareciera que tú habías descubierto una aventura y reaccionado impulsivamente.
Sentí que todo encajaba.
El abrazo.
Las fotografías.
La publicación falsa.
La carta del abogado.
Los tres días de ultimátum.
No querían que pensara.

Querían que huyera.
—¿Y tú?
—¿Qué?
—¿Por qué me dejaste creer que estabas involucrado?
Su voz se quebró.
—Porque si Renata descubría que yo sabía, podía desaparecer antes de que pudiéramos demostrarlo.
Me quedé callada.
—Mariana, necesito que confíes en mí.
Miré la carpeta sobre la mesa.
—Todavía no sé si puedo.
Al día siguiente, Daniel me llamó desesperado.
—Encontramos una transferencia nueva.
—¿De cuánto?
—Doce millones.
—¿A dónde?
—A una cuenta a nombre de Renata.
Sentí alivio durante apenas un segundo.
Hasta que Daniel añadió:
—Pero alguien acaba de intentar transferir otros treinta millones.
—¿Quién?
—Tu esposo.
Me quedé helada.
—Eso es imposible.
—No.
Daniel respiró profundamente.
—La orden salió hace seis minutos.
Miré mi teléfono.
Tenía un mensaje nuevo de Alejandro.
Solo decía:
“No vuelvas a casa. No confíes en nadie que te diga que está de mi parte.”
Y entonces llegó otro mensaje.
De Renata.
“Ya descubriste demasiado.”
Debajo había una fotografía.
Era una imagen tomada desde el interior de mi antiguo departamento.
Y en ella aparecía alguien que yo conocía perfectamente.
Alguien que jamás debería haber estado allí.
Mi propia madre.