Nathan se quedó inmóvil.
Miró a Sophia.
Después me miró a mí.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó.
Mi madre seguía al teléfono.
—Los investigadores encontraron los registros bancarios. El dinero salió de una cuenta relacionada con Sophia.
Sophia negó rápidamente con la cabeza.
—¡Es mentira!
Su voz temblaba.
—Yo jamás haría algo así.
Nathan dio un paso hacia ella.
—Entonces explícame el informe.
—Nathan, yo…
Por primera vez, Sophia no encontró las palabras adecuadas.
Yo observé en silencio.
Durante dos años había sido la esposa ignorada.
La mujer que esperaba.
La mujer que perdonaba.
La mujer que siempre llegaba después de Sophia.
Pero aquella noche algo había cambiado.
Ya no estaba esperando nada.
—Elena —dijo Nathan—, ¿cuándo supiste esto?
—Hace cinco minutos.
—¿Y por qué tu madre tenía ese informe?
Lo miré.
—Porque después del accidente mi familia investigó por su cuenta.
—¿Y por qué nunca me lo dijeron?
Mi voz se volvió fría.
—Porque tú estabas demasiado ocupado protegiendo a Sophia.
Nathan cerró los ojos.
Aquella frase le dolió.
Pero era verdad.
Dos años atrás.
La noche antes de nuestra boda, mi automóvil sufrió un accidente.
Todos dijeron que había sido un fallo mecánico.
Nathan llegó al hospital y permaneció junto a mi cama hasta que desperté.
Me prometió que nada volvería a pasarme.
Yo le creí.
Pero después de la boda, comenzó a alejarse.
Y Sophia apareció cada vez más.
Primero fueron pequeñas coincidencias.
Luego llamadas.
Comidas.
Visitas.
Heridas.
Problemas.
Siempre había una razón para que Nathan estuviera con ella.
Y cada vez que yo preguntaba, él decía lo mismo:
—Es mi familia.
Yo terminé aceptándolo.
Hasta que dejé de hacerlo.
Nathan tomó el teléfono de mi mano.
—Quiero hablar con tu madre.
Se lo entregué.
Escuchó durante varios minutos.
Su rostro cambió poco a poco.
—¿Quién pagó la reparación del automóvil?
Mi madre respondió.
Nathan palideció.
—¿Qué?
Yo observé su expresión.
—¿Qué dijo?
Nathan bajó el teléfono.
—El taller recibió un pago por adelantado.
—¿De quién?
No respondió.
Mi madre habló desde el teléfono.
—De una empresa que pertenece a la familia West.
Sophia comenzó a llorar.
—No significa nada.
La miré.
—Entonces será fácil demostrarlo.
Sophia dejó de llorar.
Nathan llamó inmediatamente a un investigador militar.
Pidió que revisaran los documentos originales.
También solicitó los registros de acceso a la cuenta.
Yo no intervine.
No tenía nada que demostrar.
La verdad ya había comenzado a caminar sola.
Pero antes de irme, Nathan me alcanzó.
—Elena.
Me detuve.
—¿Qué?
—No te vayas.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque necesito hablar contigo.
Sonreí con tristeza.
—Llevas dos años necesitando hablar conmigo.
Bajó la mirada.
—Lo sé.
—Pero nunca lo hiciste.
Silencio.
—Ahora que Sophia está en problemas, de repente tienes tiempo.
Su rostro se contrajo.
—No es por ella.
—Entonces dime por qué.
Nathan respiró profundamente.
—Porque tengo miedo de perderte.
Aquellas palabras llegaron demasiado tarde.
Pero esta vez no me dolieron.
—Ya me perdiste.
Me di la vuelta.
—Solo que todavía no habías entendido que me fui.

Dos días después, recibí una llamada.
Era mi madre.
—Elena, encontraron algo más.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué?
—Una segunda transferencia.
—¿Relacionada con el accidente?
—No.
Hizo una pausa.
—Relacionada con tu matrimonio.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
—Alguien pagó a un antiguo empleado de la familia Blackwood para que enviara información privada sobre ti a Sophia.
Sentí un escalofrío.
—¿Información sobre mí?
—Tus horarios. Tus viajes. Tus citas médicas. Incluso las veces que visitabas a Nathan en el cuartel.
Cerré los ojos.
De repente, muchas cosas comenzaron a encajar.
Sophia siempre sabía dónde estaba.
Siempre aparecía cuando yo estaba con Nathan.
Siempre encontraba la forma de convertirse en la víctima.
No había sido casualidad.
Alguien la estaba ayudando.
Esa misma tarde fui al cuartel.
Nathan estaba esperándome.
No llevaba uniforme.
Solo una camisa blanca y una expresión agotada.
—Encontraste algo —dijo.
Asentí.
Le entregué la carpeta.
La abrió.
Leyó.
Una página.
Otra.
Otra.
Su rostro perdió el color.
—Esto no puede ser.
—Puede.
—Elena…
—No me digas que no puede ser.
Se quedó callado.
Entonces vio un nombre.
Su propio apellido.
Pero no era el de Sophia.
Era el de su madre.
Margaret Blackwood.
Nathan levantó lentamente la mirada.
—Mi madre.
—Sí.
—Ella pagó para obtener información sobre ti.
No respondí.
—¿Por qué?
—Eso tendrás que preguntárselo a ella.
Nathan cerró la carpeta.
Durante unos segundos pareció no saber qué hacer.
Después tomó su teléfono.
—Voy a llamarla.
Margaret respondió.
—Nathan, ¿qué ocurre?
—Mamá.
Su voz era fría.
—¿Pagaste a alguien para vigilar a Elena?
Silencio.
Largo.
Demasiado largo.
Nathan cerró los ojos.
—Mamá.
Finalmente ella respondió.
—Lo hice para proteger a nuestra familia.
—¿De qué?
—De ella.
Me quedé mirando a Nathan.
Su rostro se endureció.
—¿Qué significa eso?
Margaret suspiró.
—Elena nunca debía casarse contigo.
Silencio.
—¿Por qué?
—Porque antes de la boda descubrimos quién era realmente.
Nathan se quedó inmóvil.
—¿Quién es?
La respuesta de Margaret fue casi un susurro.
—La familia de Elena no es quien ella cree.
Mi corazón se detuvo por un instante.
Nathan me miró.
Yo también estaba confundida.
Margaret continuó:
—Su padre no murió en aquel accidente.
Mi respiración se cortó.
—Está vivo.
Nathan dejó caer lentamente el teléfono sobre la mesa.
Y entonces escuchamos una última frase antes de que la llamada terminara:
—Y si Elena descubre dónde ha estado durante estos dos años, la familia Blackwood tendrá problemas mucho mayores que un divorcio.
Miré a Nathan.
Por primera vez, ambos entendimos que Sophia quizá nunca había sido el verdadero peligro.
Y que el secreto que su madre había ocultado durante años…
podía cambiar por completo quién era yo.