PARTE 2: EL JEFE QUE ESCUCHÓ DEMASIADO

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Yo seguía sentada en el sofá de cuero de la oficina de Elliot Hawkins, con un vaso de agua entre las manos, intentando convencer a mi cerebro de que aquello no estaba ocurriendo.

Había besado un cartel de Forbes.

Había confesado que mi jefe era atractivo.

Había comparado mi vida laboral con una obsesión imposible.

Y mi jefe estaba ahí.

Escuchándolo todo.

—Señorita Summers —dijo finalmente Elliot.

Cerré los ojos.

—Por favor, no me despida antes de que pueda preparar mi propia carta de renuncia.

Por primera vez en un año, vi algo diferente en su rostro.

No frialdad.

No indiferencia.

Diversión.

Una sonrisa pequeña apareció en la esquina de sus labios.

—¿Eso es lo que cree que voy a hacer?

Abrí un ojo.

—Después de besar una fotografía suya y llamarlo ridículamente sexy, no estoy segura de qué más esperar.

Elliot cruzó los brazos.

—Para ser justa, también dijo que soy imposible.

—Sí.

—Y molesto.

—También.

—Y que no la veo.

La vergüenza desapareció por un instante.

Porque esa parte era verdad.

Bajé la mirada.

—No debería haber dicho eso.

—¿Por qué no?

Lo miré confundida.

Elliot se acercó al escritorio y tomó una carpeta.

—Porque es la primera opinión honesta que alguien me ha dado en mucho tiempo.

Me quedé quieta.

No esperaba eso.

Durante un año había imaginado que Elliot Hawkins era un hombre que no escuchaba a nadie.

Un multimillonario rodeado de personas que asentían antes de que terminara de hablar.

Pero esa noche parecía diferente.

—¿Sabes qué pensé cuando presentaste esa propuesta esta mañana? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Que era mala.

Mi expresión cayó.

Él levantó una mano.

—Espera. Déjame terminar.

Abrió la carpeta.

Dentro estaba mi presentación.

La misma que había preparado durante semanas.

—Pensé que era demasiado buena.

Parpadeé.

—¿Qué?

—La junta no estaba lista para una estrategia tan agresiva. Pero tú no esperaste aprobación para pensar como alguien que dirige una empresa.

Me quedé mirándolo.

—Entonces, ¿por qué dijo “interesante, pero no”?

Elliot suspiró.

—Porque si hubiera dicho que era brillante delante de la junta, todos habrían empezado a cuestionar por qué una asistente ejecutiva estaba dando ideas de dirección.

Se hizo silencio.

—Pensé que estaba protegiendo su posición.

—No parecía protección.

—Lo sé.

Por primera vez vi algo parecido a arrepentimiento en sus ojos.

—Ese es mi problema, Alexia. Paso tanto tiempo tomando decisiones que olvido que las personas no pueden leer mis intenciones.

Mi corazón dio un pequeño golpe.

Porque ese no era el hombre del cartel.

Ese era un hombre real.


Al día siguiente llegué a la oficina preparada para morir de vergüenza.

Esperaba miradas.

Comentarios.

Quizás rumores.

Pero nada ocurrió.

Elliot llegó puntual a las ocho.

Como siempre.

Solo que esta vez se detuvo junto a mi escritorio.

—Buenos días.

Levanté la vista.

—Buenos días, señor Hawkins.

Esperé.

Porque normalmente esa era la parte donde él pedía un informe, una reunión o una docena de cosas imposibles.

Pero simplemente dejó una carpeta sobre mi mesa.

—Revise esto.

La abrí.

Era mi propuesta.

Pero había algo diferente.

En la primera página aparecía un nuevo título:

“Proyecto Summers”.

Levanté la mirada.

—¿Qué significa esto?

—Que la presentarás nuevamente ante la junta.

Me quedé inmóvil.

—¿Yo?

—Sí.

—Pero soy su asistente.

Elliot sonrió ligeramente.

—Ese es exactamente el problema.


La reunión fue diferente.

Por primera vez, no estaba detrás de Elliot tomando notas.

Estaba frente a todos.

Hablando.

Defendiendo mis ideas.

Y cuando terminé, hubo silencio.

Luego uno de los directores empezó a aplaudir.

Después otro.

Al final, toda la sala estaba de acuerdo.

Mi proyecto fue aprobado.

Cuando salimos, caminé junto a Elliot en silencio.

—Gracias.

Él me miró.

—¿Por qué?

—Por darme una oportunidad.

Elliot negó.

—No te di una oportunidad, Alexia.

Se detuvo frente al ascensor.

—Te devolví una que ya era tuya.


Esa noche, mientras recogía mis cosas, encontré algo sobre mi escritorio.

Una pequeña fotografía.

El cartel de Forbes.

Pero esta vez tenía algo escrito detrás.

“Para futuras sesiones de retroalimentación. Intentaré ser menos ridículamente sexy.”

Me quedé mirando la nota.

Y antes de poder evitarlo, sonreí.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Elliot.

Solo decía:

“Por cierto, mañana necesito que me acompañe a una cena.”

Fruncí el ceño.

Respondí:

“¿Trabajo?”

La respuesta llegó unos segundos después.

“No exactamente.”

Mi sonrisa desapareció.

Porque por primera vez en un año entendí algo.

Quizás Elliot Hawkins nunca había sido imposible de leer.

Quizás yo simplemente había estado mirando al hombre equivocado.

Y ahora que finalmente había dejado de ser solo su asistente…

él parecía decidido a descubrir quién era Alexia Summers realmente.

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