PARTE 2: EL HOMBRE QUE VIVÍA DOS VIDAS

No dormí aquella noche.

Esperé hasta que Sebastián salió temprano hacia su oficina y, en cuanto cerró la puerta, llamé a la policía.

—Quiero denunciar algo —dije—. Hay una tercera huella registrada en mi casa desde hace ocho meses.

El agente que atendió mi llamada se quedó en silencio.

—¿Está segura de que esa huella no pertenece a algún familiar?

—Completamente.

—¿Y su esposo sabe que existe?

Miré la puerta cerrada.

—No.

Dos horas después, dos investigadores llegaron al departamento.

Revisaron el registro de la cerradura, las cámaras del edificio y los accesos digitales.

Entonces uno de ellos levantó la mirada.

—Señora Herrera, ¿su esposo tiene un hermano gemelo?

Sentí un escalofrío.

—No.

El investigador giró la pantalla hacia mí.

Habían encontrado algo.

La tercera huella no pertenecía a un extraño.

Coincidía parcialmente con la huella de Sebastián.

Pero no era idéntica.

—Son familiares —explicó—. Hay una similitud genética evidente en los patrones, pero esta persona no es su esposo.

—Entonces, ¿quién es?

El investigador negó con la cabeza.

—Todavía no lo sabemos.

Le mostré las fotografías del hombre fallecido, las pertenencias y los registros del accidente.

—Hay algo más —dije—. Mi esposo tenía una cicatriz de apendicectomía.

El agente abrió una fotografía tomada durante la identificación.

—El fallecido también.

Sentí que el estómago se me cerraba.

Dos hombres.

Misma estatura.

Mismo grupo sanguíneo.

Misma cicatriz.

Mismo reloj.

Mismo teléfono.

Mismo anillo.

Y uno de ellos estaba muerto.

Mientras los investigadores seguían revisando el departamento, recibí un mensaje de Sebastián.

“¿Todo bien, amor?”

Miré la pantalla.

No sabía que la policía estaba conmigo.

Respondí:

“Sí. Solo estoy cansada.”

La respuesta llegó inmediatamente.

“Esta noche te preparo la leche. Tienes que descansar.”

Me quedé helada.

La leche.

El medicamento.

El sueño demasiado profundo.

Recordé las cuarenta y siete entradas de aquella tercera huella.

—¿Puedo preguntarle algo? —dijo uno de los investigadores.

—Sí.

—¿Alguna vez su esposo ha desaparecido durante varios días sin una explicación convincente?

Pensé en los últimos ocho meses.

Viajes repentinos.

Reuniones fuera de la ciudad.

Noches en hoteles.

Cambios de humor.

Y una cantidad inexplicable de ropa que aparecía y desaparecía de su armario.

—Sí.

El investigador asintió lentamente.

—Entonces quizá no estamos investigando un accidente.

—¿Qué quiere decir?

Antes de que pudiera responder, su teléfono sonó.

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión cambió.

—Encontraron el vehículo.

—¿Ya lo habían encontrado?

—No. Encontraron algo dentro.

Salimos inmediatamente.

La camioneta estaba en un depósito policial.

Uno de los agentes abrió el compartimento trasero.

Dentro había una segunda maleta.

No pertenecía a Sebastián.

Tampoco a mí.

Había ropa masculina, documentos falsos, tres teléfonos y una carpeta negra.

La abrí.

En la primera página aparecía una fotografía.

Me quedé sin aire.

Era Sebastián.

Pero no era una fotografía reciente.

Tenía al menos diez años.

Debajo aparecía otro nombre:

Samuel Reyes.

Pasé la página.

Había fotografías de varios hombres.

Algunos tenían nombres diferentes.

Pero todos tenían algo en común.

Misma fecha de nacimiento.

Misma dirección inicial.

Y transferencias de dinero realizadas desde una cuenta que yo conocía perfectamente.

La cuenta conjunta de mi matrimonio.

—Dios mío…

El investigador tomó la carpeta.

—¿Reconoce esta cuenta?

—Es nuestra.

—¿Su esposo administra las finanzas?

—Sí.

El agente intercambió una mirada con su compañero.

—Entonces tenemos un problema mucho mayor.

Regresamos al departamento.

Yo ya no quería esperar a Sebastián.

Quería saber quién era.

Revisamos el despacho mientras él estaba fuera.

Encontramos contratos, facturas y varias cuentas ocultas.

Pero fue el fondo falso de un archivador lo que cambió todo.

Había una caja metálica.

Dentro encontré fotografías antiguas.

Sebastián aparecía en ellas junto a un hombre idéntico a él.

En la primera fotografía tenían aproximadamente quince años.

En la segunda, veintidós.

En la tercera, treinta.

Detrás de la última había una frase escrita a mano:

“Uno de nosotros siempre tendrá que desaparecer.”

El investigador me miró.

—¿Está segura de que su esposo no tiene un hermano?

—Toda mi vida.

Entonces encontré un sobre.

Tenía mi nombre.

Lo abrí.

Dentro había una copia de mi acta de nacimiento.

Otra de mi matrimonio.

Y una fotografía de mi madre.

La fotografía estaba tomada veinte años antes de que yo conociera a Sebastián.

Al reverso había una fecha y un nombre.

Samuel Reyes.

Mi respiración se detuvo.

—¿Por qué tendría mi esposo una fotografía de mi madre?

Nadie respondió.

Entonces escuchamos el sonido de la cerradura.

Sebastián había regresado.

Los investigadores apagaron las luces.

Yo escondí la caja detrás del archivador.

La puerta se abrió.

Sebastián entró lentamente.

Dejó las llaves sobre la mesa.

—Lucía…

No respondí.

Caminó hacia el dormitorio.

Después hacia la cocina.

Finalmente se detuvo frente al despacho.

—Sé que estás ahí.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

Él entró.

Encendió la luz.

Miró directamente hacia donde yo estaba escondida.

Y sonrió.

No era la sonrisa de mi esposo.

Era una sonrisa que nunca había visto en siete años.

—Así que finalmente encontraste la caja.

Los investigadores se prepararon para salir.

Pero Sebastián levantó las manos.

—No hace falta.

Miró hacia mí.

—Lucía, antes de que hagan cualquier cosa, hay algo que necesitas saber.

—¿Quién es el hombre que murió anoche?

Su expresión no cambió.

—Mi hermano.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—Pero dijiste que no tenías hermanos.

—Porque oficialmente no existe.

Pausa.

—Y tú tampoco sabes quién era realmente tu madre.

Sentí que se me helaba la sangre.

Sebastián señaló la caja.

—Abre el último compartimento.

Lo hice.

Dentro había una fotografía que nunca había visto.

Mi madre aparecía mucho más joven.

A su lado estaban dos hombres idénticos.

Uno era Sebastián.

El otro era el hombre muerto.

Y entre ellos había una tercera persona.

Mi padre.

Solo que había algo imposible en aquella fotografía.

Los tres hombres aparecían juntos…

dos años antes de que yo naciera.

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