PARTE 2: EL INFORME QUE HUNDIÓ AL CORONEL FERRAL

La casa de los Ferral estaba llena cuando llegamos.

Generales retirados, oficiales superiores, familiares y antiguos compañeros del abuelo de Lucio ocupaban el enorme salón.

Yo entré sola.

Lucio llegó casi veinte minutos después, acompañado por Policía Militar y con una expresión que ya no tenía nada de arrogante.

Alina no estaba con él.

La habían trasladado para rendir declaración.

Su madre fue la primera en acercarse.

—Elodie, ¿qué hiciste?

La miré tranquilamente.

—Cumplí con mi deber.

—¡Es tu marido!

—Precisamente por eso no podía hacer una excepción.

Lucio entró.

Todas las conversaciones se apagaron.

Su padre se levantó.

—Explícanos qué está pasando.

Lucio miró a su familia.

Después me miró a mí.

—Fue un malentendido.

Yo coloqué una carpeta sobre la mesa.

—No.

Abrí la primera página.

—Fue un traslado no autorizado.

Segunda página.

—Uso de un vehículo militar para un asunto personal.

Tercera.

—Acceso de una persona no autorizada a una instalación restringida.

Cuarta.

—Y falsificación de información en el registro de salida.

Su padre palideció.

—¿Falsificación?

Lucio apretó la mandíbula.

—Yo no falsifiqué nada.

—Entonces tendremos que preguntarle al oficial responsable del registro.

En ese instante entró el mayor Salcedo, encargado de logística de la brigada.

Llevaba otra carpeta.

—Comandante Marcen.

—Adelante.

La dejó junto a la mía.

—Encontramos algo más.

Lucio dio un paso hacia él.

—¿Qué?

El mayor abrió la carpeta.

—El vehículo que utilizó el coronel Ferral no estaba asignado al cuerpo artístico ni a transporte de personal.

—Eso ya lo sabemos —dijo Lucio.

—No.

El mayor levantó la mirada.

—No estaba asignado a ningún transporte.

Silencio.

—Ese vehículo debía permanecer dentro del perímetro porque llevaba equipo clasificado para una operación programada al día siguiente.

Mi corazón se detuvo.

Miré a Lucio.

—¿Qué equipo?

El mayor respondió:

—Un dispositivo de comunicaciones y documentación operativa.

La expresión de Lucio cambió.

—Yo no sabía que estaba ahí.

—Eso será parte de la investigación.

Su padre golpeó la mesa.

—¡Esto es una locura! ¡Mi hijo no robaría información!

—Nadie ha dicho eso —respondí.

—Pero usted está tratando de destruirlo.

—No.

Cerré lentamente la carpeta.

—Estoy tratando de averiguar por qué alguien necesitaba sacar ese vehículo de la base precisamente esta noche.

Nadie habló.

Entonces apareció una agente de Policía Militar en la entrada.

—Comandante Marcen.

Me acerqué.

—Encontramos algo en el teléfono de la señorita Vester.

Lucio se tensó.

—¿Qué?

La agente abrió una fotografía.

Era una captura de pantalla de una conversación.

El remitente era Lucio.

La hora coincidía con la salida del vehículo.

El mensaje decía:

“Cuando lleguemos, no hables con nadie. Yo me encargo del resto.”

Alina había respondido:

“¿Y después?”

La respuesta de Lucio:

“Después de mañana, todo habrá terminado.”

La sala quedó completamente inmóvil.

—Eso puede tener otra interpretación —dijo Lucio rápidamente.

Lo miré.

—Entonces explícanos cuál.

No respondió.

La agente continuó.

—También encontramos una transferencia reciente desde una cuenta asociada a una empresa privada.

Le entregó otra hoja.

—La empresa pertenece a un familiar directo de la señorita Vester.

Lucio cerró los ojos.

Su padre se dejó caer lentamente en una silla.

Y yo comprendí que Alina nunca había sido simplemente una amante.

Había algo mucho más grande detrás.

Pero todavía faltaba una pieza.

—¿Dónde está ella? —pregunté.

—En una sala de entrevistas.

—Quiero hablar con ella.

Lucio levantó la cabeza.

—Elodie…

—No como tu esposa.

Lo miré directamente.

—Como subcomandante.

Una hora después, Alina estaba sentada frente a mí.

Ya no llevaba el abrigo de Lucio.

Parecía mucho más joven sin aquel símbolo sobre los hombros.

—Yo no quería hacerte daño —dijo.

—No estoy aquí por nuestro matrimonio.

Ella bajó la mirada.

—Lo sé.

—Entonces dime la verdad.

Alina respiró profundamente.

—Lucio me pidió que llevara algo.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

—Una memoria.

—¿Dónde está?

Ella comenzó a llorar.

—No la tengo.

—¿Quién la tiene?

Alina tardó unos segundos.

Después susurró:

—Tu segundo al mando.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

—El teniente coronel Damián Rojas.

Mi segundo al mando.

El hombre que llevaba ocho años trabajando conmigo.

El hombre que había sido responsable de revisar los movimientos de vehículos aquella semana.

El hombre que me había entregado personalmente el primer informe sobre Lucio.

Me levanté.

—¿Por qué iba a estar involucrado?

Alina negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Qué contenía la memoria?

—No vi los archivos.

—¿Y Lucio?

—Él dijo que era información que podía hacer caer a varias personas.

Salí de la sala.

Cuando regresé a la brigada, Damián no estaba en su oficina.

Su computadora estaba encendida.

La pantalla mostraba un documento abierto.

Una lista de nombres.

Algunos pertenecían a oficiales.

Otros, a empresarios.

Y uno de ellos me hizo detenerme.

Lucio Ferral.

Debajo aparecía otro nombre.

Elodie Marcen.

Y junto a nuestros nombres había una palabra:

OBJETIVOS.

Sentí que se me helaba la sangre.

Entonces apareció una nueva línea en la pantalla.

“FASE DOS ACTIVADA.”

Mi teléfono vibró.

Era Lucio.

Contesté.

Su voz ya no tenía rabia.

Solo miedo.

—Elodie, escúchame.

—¿Dónde estás?

—En casa de mi abuelo.

—¿Por qué?

Hubo silencio.

—Porque encontré algo en los archivos familiares.

—¿Qué?

—El abuelo llevaba años investigando una red dentro de las Fuerzas Armadas.

Mi respiración se detuvo.

—¿Y?

—Tu nombre aparece en su investigación.

—¿El mío?

—Sí.

Pausa.

—Y hay una nota escrita a mano.

—¿Qué dice?

Su voz se quebró.

—Que si algún día alguien intenta utilizarme para acercarse a ti…

Silencio.

—…no confíes en nadie de tu propia cadena de mando.

Miré la pantalla de Damián.

Después miré la carpeta que había llevado conmigo durante todo el día.

Por primera vez entendí que el traslado de Alina había sido apenas una distracción.

Lucio no había llevado a una mujer al cuartel para desafiarme.

Alguien había utilizado nuestro matrimonio para poner en movimiento algo mucho más peligroso.

Y mientras yo pensaba que estaba investigando a mi esposo…

alguien dentro de mi propia brigada llevaba semanas investigándome a mí.

Tomé la carpeta.

—Lucio.

—¿Sí?

—Esta vez no voy a protegerte.

—Lo sé.

—Pero tampoco voy a dejar que te conviertan en el culpable de algo que no hiciste.

Hubo un silencio.

Entonces él dijo:

—Elodie…

—¿Qué?

—Creo que sé quién está detrás de todo.

—Dímelo.

Su respuesta me hizo quedarme completamente quieta.

—La persona que ordenó seguirte durante las últimas tres semanas…

—es alguien que tú considerabas tu amigo.

La llamada se cortó.

Y, por primera vez desde que había detenido a mi propio marido frente a la brigada, comprendí que aquella noche no había salvado solamente el reglamento.

Había descubierto una conspiración que llevaba años escondida bajo nuestros propios uniformes.

Y ahora alguien sabía que yo había encontrado la verdad.

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