PARTE 2: EL NIÑO QUE MI MARIDO HABÍA OCULTADO

Me quedé detrás de la pared, intentando respirar sin hacer ruido.

—¿La tía Mariana ya sabe que soy tu hijo?

La pregunta de Mateo seguía repitiéndose en mi cabeza.

Andrés respondió algo que no alcancé a escuchar.

Entonces Teresa habló.

—No importa. Esta noche todo quedará resuelto.

Me acerqué un poco más.

—¿Resuelto cómo? —preguntó la mujer que había llegado con ellos.

—Andrés va a hablar con ella después de la cena —respondió Teresa—. Si se niega a aceptar al niño, tendremos una razón para terminar el matrimonio.

Sentí que las piernas me temblaban.

No querían simplemente ocultarme a Mateo.

Querían utilizarlo para destruirme.

Retrocedí hacia la cocina y le entregué la charola a Fernanda.

—Necesito cinco minutos.

—¿Qué pasó?

—No preguntes. Solo déjame entrar al despacho.

Fernanda entendió que algo grave ocurría.

Desde una computadora del restaurante podía consultar la reserva y algunos documentos administrativos que Teresa había enviado para organizar la fiesta.

Encontré una lista de gastos.

El nombre de Andrés aparecía en varios pagos.

Hoteles.

Restaurantes.

Transferencias mensuales.

Y una descripción que me hizo detener la respiración:

“Manutención Mateo R.”

Diez años.

Andrés había estado pagando por aquel niño desde antes de conocerme.

Pero había algo todavía más extraño.

Abrí uno de los documentos adjuntos.

Era una copia de un acta de nacimiento.

El nombre de la madre aparecía claramente.

Laura Ríos.

El nombre del padre:

Andrés Herrera.

Pero la fecha de nacimiento de Mateo era nueve meses antes de nuestra boda.

Eso significaba que Andrés no había tenido un hijo durante nuestro matrimonio.

Había llegado a nuestro matrimonio con una vida paralela que nunca me contó.

Guardé fotografías de cada documento.

Entonces escuché pasos.

Teresa entró al despacho.

Por suerte, yo ya estaba escondida detrás de una puerta.

—¿Ya llegó el abogado? —preguntó.

—Todavía no —respondió Andrés.

Teresa bajó la voz.

—Cuando Mariana descubra al niño, pedirá el divorcio. Y entonces podremos reclamar parte de sus bienes.

Me quedé inmóvil.

¿Mis bienes?

Entonces Andrés dijo algo que me heló todavía más.

—No quiero esperar al divorcio.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero que firme mañana.

—¿La transferencia?

—Sí.

Teresa guardó silencio.

—¿Y si se niega?

Andrés respondió:

—Después de lo que pasó con el bebé, todavía puedo hacer que parezca que ella no está emocionalmente estable.

Sentí que se me cerraba la garganta.

Durante nueve años había pensado que Andrés simplemente era un hombre débil que no sabía enfrentarse a su madre.

Ahora comprendía que quizá nunca había sido débil.

Solo había estado esperando el momento adecuado.

Salí del despacho sin que me vieran.

Fernanda me esperaba en la cocina.

—Mariana, ¿qué está pasando?

Le entregué mi teléfono.

—Necesito que guardes todo esto.

Ella miró las fotografías y abrió los ojos.

—Dios mío…

—No digas nada.

Regresé al salón.

Continué sirviendo mesas como si nada hubiera ocurrido.

Andrés pasó junto a mí sin reconocerme.

Mateo estaba sentado cerca de Teresa.

El niño parecía feliz.

Eso fue lo único que me dolió de verdad.

Porque él no tenía culpa de nada.

Cuando llegó el momento del brindis, Teresa levantó su copa.

—Hoy quiero celebrar algo más que mi cumpleaños.

Todos la miraron.

—Quiero celebrar que finalmente nuestra familia vuelve a estar completa.

Andrés se puso de pie.

La mujer llamada Laura también.

Y Mateo quedó entre ellos.

Teresa sonrió.

—Este es mi nieto.

Los invitados comenzaron a aplaudir.

Yo apreté los dedos alrededor de la charola.

Entonces Andrés tomó el micrófono.

—Hay alguien a quien también debemos agradecer.

Miró directamente hacia la zona de los meseros.

Por un instante pensé que me había reconocido.

Pero no.

Se volvió hacia Laura.

—Gracias por esperar todos estos años.

Laura comenzó a llorar.

Mateo abrazó a su padre.

Y entonces Teresa dijo:

—Mañana tendremos otra celebración.

Sacó un sobre de su bolso.

—Porque Andrés finalmente podrá comenzar una nueva vida.

El salón estalló en aplausos.

Yo miré el sobre.

Reconocí mi propia firma en la esquina.

Era una copia de un documento que jamás había firmado.

Mi sangre se heló.

No solo habían ocultado a un hijo.

También habían falsificado mi firma.

Y ahora sabía exactamente para qué.

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