PARTE 2: EL PARECIDO QUE NADIE PODÍA EXPLICAR

El sábado por la tarde, Santiago llegó a la casa de su madre con Daniela y los gemelos.

Yo no estaba allí.

No pensaba aparecer.

Después de firmar el divorcio, había decidido que mi lugar ya no estaba dentro de aquella familia. Pero Beatriz me había pedido que no hiciera nada, que esperara y observara.

—Valeria —me había dicho por teléfono—, si lo que sospecho es cierto, esos niños van a revelar una verdad que Santiago ni siquiera imagina.

Por eso acepté esperar.

A las cinco de la tarde, Beatriz estaba en el salón principal de su casa en Guadalajara cuando escuchó el automóvil detenerse frente a la entrada.

Santiago bajó primero.

Luego rodeó el vehículo y abrió la puerta para Daniela.

Ella salió sosteniendo a la niña.

Una empleada tomó al pequeño de sus brazos.

—Mamá —dijo Santiago—, finalmente vas a conocer a tus nietos.

Beatriz no respondió.

Sus ojos se clavaron en el niño.

El pequeño tenía apenas unos días de nacido.

Dormía tranquilamente, con una pequeña manta blanca alrededor del cuerpo.

Daniela sonrió.

—Se llama Mateo.

Beatriz dio un paso hacia él.

Luego otro.

Y entonces se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué pasa? —preguntó Santiago.

Ella no respondió.

Se inclinó lentamente hacia el bebé.

Apartó un poco la manta.

Miró su rostro.

Después sus pequeñas manos.

Finalmente levantó la mirada hacia Santiago.

Su rostro había perdido todo el color.

—¿Él nunca te habló de ese parecido?

Santiago frunció el ceño.

—¿De qué parecido?

Beatriz no contestó.

Sus dedos comenzaron a temblar.

—No puede ser.

Daniela se puso nerviosa.

—¿Qué ocurre, señora Beatriz?

Beatriz la miró.

Durante varios segundos no dijo nada.

Luego señaló al niño.

—¿Quién eligió ese nombre?

—Santiago —respondió Daniela—. Él siempre quiso llamarlo Mateo.

Beatriz cerró los ojos.

Como si acabara de recordar algo que llevaba años enterrado.

—No —susurró—. Ese no es el problema.

Santiago dejó de sonreír.

—Mamá, estás asustando a Daniela.

Beatriz levantó la mano.

—Quiero ver el otro bebé.

Daniela entregó a la niña.

Beatriz la observó también.

Su expresión cambió.

Pero no fue alivio.

Fue miedo.

—Los dos —murmuró.

Santiago soltó una pequeña risa.

—Claro que son gemelos.

—No me refiero a eso.

Beatriz levantó la mirada.

—Quiero saber dónde nacieron.

Daniela respondió rápidamente:

—En la clínica Santa Elena.

Beatriz palideció todavía más.

—¿Quién fue el médico?

Daniela mencionó el nombre.

Y entonces Beatriz se sentó.

—Dios mío.

Santiago se acercó.

—Mamá, ¿qué está pasando?

Ella lo miró directamente.

—¿Nunca revisaste quién era el médico que atendió a Daniela?

—Era una clínica privada. ¿Qué importa?

Beatriz respiró profundamente.

—Importa todo.


Mientras tanto, yo estaba en mi departamento revisando documentos.

No había podido dejar de pensar en aquella llamada.

Una clínica de fertilidad.

Daniela.

Un hombre de la familia Alcázar.

Y ahora los gemelos.

Abrí nuevamente una carpeta que llevaba semanas guardada en mi computadora.

Durante la revisión financiera de NexoTech había encontrado varias transferencias que Santiago nunca pudo explicar.

Una de ellas iba a una empresa llamada Vida Nova Servicios Médicos.

Otra terminaba en una cuenta relacionada con una clínica de Zapopan.

La cifra no era enorme.

Pero se repetía cada tres meses.

Nunca había sabido qué significaba.

Hasta que Beatriz me llamó.

—Valeria, necesito que vengas.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Pasó algo?

Hubo silencio.

—Los niños tienen un parecido que no puedo ignorar.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Parecido con quién?

Beatriz tardó unos segundos.

—Con alguien que murió hace veintisiete años.

Me quedé callada.

—¿Qué quieres decir?

—Ven.

No pregunté más.


Cuando llegué a la casa, Beatriz me recibió en una habitación privada.

No había nadie más.

Sobre la mesa había una caja de madera vieja.

—¿Qué es eso?

—Documentos de mi familia.

Beatriz abrió la caja.

Sacó una fotografía.

Era antigua.

En ella aparecía un muchacho de unos veinte años.

Tenía cabello oscuro, ojos grandes y una pequeña marca junto a la ceja izquierda.

Miré la fotografía.

No reconocí al hombre.

—¿Quién es?

—Mi hijo mayor.

Fruncí el ceño.

—¿Santiago tiene un hermano?

—Tenía.

Me quedé inmóvil.

Beatriz continuó:

—Se llamaba Sebastián.

Aquello cambió por completo la expresión de su rostro.

—Murió cuando tenía veintidós años.

—¿Cómo?

—Un accidente de carretera.

Guardó silencio unos segundos.

—Pero antes de morir dejó algo que nunca pudimos recuperar.

—¿Qué?

Beatriz sacó otra fotografía.

Esta vez aparecía una mujer joven junto a Sebastián.

—Su novia.

La miré.

No la conocía.

—¿Y qué tiene que ver con Daniela?

Beatriz respiró profundamente.

—Esa mujer era la madre de Daniela.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

—Entonces explícame.

Beatriz apoyó las manos sobre la mesa.

—Sebastián y ella estuvieron juntos durante casi dos años. Mi esposo nunca aprobó la relación. Cuando descubrimos que ella estaba embarazada, mi suegro hizo todo lo posible para separarlos.

—¿Daniela es hija de Sebastián?

Beatriz negó.

—Eso es lo que todos creímos.

Me quedé mirándola.

—¿Todos?

—La niña nació meses después de la muerte de Sebastián. Su madre desapareció con ella. Nunca volvimos a verla.

—Entonces…

—Daniela creció con otro apellido.

Sentí un escalofrío.

—¿Y Santiago?

Beatriz cerró la caja.

—Santiago nunca supo toda la historia.

—¿Qué estás insinuando?

Antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta.

Era Santiago.

Beatriz se puso de pie.

—No debiste venir.

Santiago me miró.

Su rostro cambió al verme.

—¿Valeria?

—Hola, Santiago.

—¿Qué haces aquí?

—Tu madre me llamó.

Él miró a Beatriz.

—¿Por qué?

—Porque tus hijos están relacionados con un secreto que nuestra familia enterró hace décadas.

Santiago soltó una risa nerviosa.

—Mamá, basta.

—No.

Beatriz abrió la caja y sacó la fotografía de Sebastián.

Santiago la miró.

Durante unos segundos pareció no comprender.

Luego su rostro perdió el color.

—¿Dónde encontraste eso?

—En los archivos de tu abuelo.

—Pensé que todas esas cosas habían desaparecido.

Beatriz lo miró fijamente.

—No todas.

Santiago apretó la mandíbula.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que alguien ha estado ocultando información sobre nuestra familia durante más de veinte años.

Yo permanecí en silencio.

Santiago tomó la fotografía.

—¿Por qué me enseñas esto ahora?

Beatriz señaló la puerta.

—Porque acabas de traer a esta casa a dos niños cuyo nacimiento puede demostrar que la historia que te contaron sobre tu familia era mentira.

Santiago no respondió.

Entonces su teléfono vibró.

Lo sacó del bolsillo.

Leyó el mensaje.

Su expresión cambió por completo.

—¿Qué pasa? —preguntó Beatriz.

Santiago no contestó.

Le arrebaté el teléfono de la mano antes de que pudiera ocultarlo.

En la pantalla aparecía un mensaje de un número desconocido.

“Ya viste al niño. Ahora pregúntale a tu madre quién fue realmente el padre de Daniela.”

Debajo había una fotografía.

Daniela aparecía frente a una clínica.

A su lado estaba un hombre.

Reconocí inmediatamente el rostro.

Era el médico que había llevado el tratamiento de fertilidad de Daniela.

Pero había algo todavía más extraño.

El hombre llevaba el mismo apellido que Beatriz acababa de mencionar.

Alcázar.

Santiago retrocedió.

—No.

Beatriz cerró los ojos.

—¿Quién te envió eso?

—No lo sé.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez apareció un segundo mensaje.

“Y dile a Valeria que revise los movimientos de NexoTech del último año. Ella ya tiene la respuesta.”

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

Santiago me miró.

—¿Qué movimientos?

No respondí.

Porque ya sabía exactamente cuáles.

Las transferencias a la clínica.

Los pagos a empresas fantasma.

Y una cuenta que durante meses había aparecido vinculada a Daniela.

Pero había algo que jamás había considerado.

Abrí mi computadora.

Busqué el archivo.

Filtré todas las operaciones relacionadas con Vida Nova.

Apareció una transferencia.

Luego otra.

Luego una tercera.

Todas autorizadas por Santiago.

Pero la última me dejó helada.

El dinero no iba a Daniela.

Tampoco al médico.

Iba a una cuenta cuyo titular me resultaba familiar.

Beatriz Alcázar.

Levanté lentamente la mirada.

Beatriz se había quedado completamente inmóvil.

—¿Por qué tu cuenta recibió dinero de Santiago? —pregunté.

Ella no respondió.

Santiago miró a su madre.

—Mamá…

Beatriz cerró los ojos.

—Yo no quería que esto saliera a la luz.

—¿Qué cosa? —preguntó Santiago.

Beatriz comenzó a llorar.

—Porque cuando tu padre descubrió que Daniela podía ser hija de Sebastián…

La voz se le quebró.

—Él decidió que esa niña jamás debía llevar nuestro apellido.

Santiago dio un paso atrás.

—¿Qué hicieron?

Beatriz no contestó.

Yo miré nuevamente las transferencias.

Entonces encontré una última operación.

Una cantidad enorme.

Pagada apenas tres días antes del nacimiento de los gemelos.

En el concepto solo aparecían cuatro palabras:

“Prueba genética. Resultado definitivo.”

Sentí que se me helaban las manos.

—Beatriz…

Ella levantó la mirada.

—No abras ese archivo.

—¿Por qué?

—Porque si lo haces, Santiago descubrirá que los gemelos no son quienes él cree.

La habitación quedó completamente en silencio.

Santiago tomó el teléfono.

—¿Qué significa eso?

Beatriz no respondió.

Yo abrí el archivo.

Y cuando apareció el resultado de la prueba genética, Santiago dejó caer el teléfono al suelo.

Porque el documento demostraba algo que podía destruir no solo su matrimonio…

sino toda la historia de la familia Alcázar.

Los gemelos tenían una coincidencia genética que nadie había esperado.

Y junto al resultado había una segunda firma.

La de mi propia mejor amiga.

Daniela.

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