Parte 2: ESCAPÉ DE MI PROPIA BODA Y EN EL AEROPUERTO DESCUBRÍ QUE EL HOMBRE QUE SIEMPRE AMÉ HABÍA REGRESADO POR MÍ

—¿Quién te hizo llorar así?

Julian seguía frente a mí con aquella vieja carta apretada entre los dedos.

Mi teléfono volvió a sonar.

Ethan.

Lo rechacé.

—El hombre con quien debía casarme.

Julian miró mi vestido.

—¿Debías?

—La boda terminó antes de empezar.

Por primera vez, sonrió ligeramente.

Entonces levantó la carta.

—Qué extraño. Yo regresé precisamente porque descubrí que nunca debiste casarte con él.

Me quedé inmóvil.

Reconocí inmediatamente el sobre.

Cinco años atrás, antes de que Julian se marchara al extranjero, había escrito una carta confesándole todo lo que nunca tuve valor de decirle.

Nunca respondió.

Durante años pensé que me había rechazado.

—¿De dónde sacaste eso?

—Tu madre me la entregó hace tres días.

Sentí un escalofrío.

—Eso es imposible. Yo te la envié hace cinco años.

Julian negó lentamente.

—Nunca llegó.

Abrió el sobre.

Dentro estaba mi carta, todavía con el sello intacto.

Mi madre la había escondido durante cinco años.

—¿Por qué?

—Porque mi familia atravesaba problemas financieros —respondió Julian—. Tus padres pensaban que Ethan sería una opción mucho más conveniente.

Mi teléfono sonó nuevamente.

Esta vez contesté.

—¿Dónde estás? —gritó Ethan—. Hay doscientas personas esperando.

—Entonces diviértanse.

—¡Lía, deja de comportarte como una niña! Clara se sintió mal. Solo estaba ayudándola.

Julian escuchaba en silencio.

—¿También necesitabas comer de su boca para ayudarla?

Ethan calló.

Luego endureció la voz.

—Regresa ahora.

—No.

—Tu familia depende de este matrimonio.

Ahí estaba.

No amor.

No disculpas.

Negocios.

—Entonces cásate con mi familia.

Colgué.

Pero Ethan todavía no había terminado.

Cuarenta minutos después apareció en el aeropuerto acompañado por Clara, su madre y mis padres.

Mi madre corrió hacia mí.

—¡Lía! ¿Qué estás haciendo?

Entonces vio a Julian.

Su rostro perdió el color.

—Tú…

Julian levantó la carta.

—Hola, señora Morgan.

Mi madre se quedó paralizada.

Mi padre comprendió inmediatamente.

—No hagamos una escena aquí.

Me reí.

—Curioso. Cuando Ethan humillaba a su novia delante de todos, nadie tenía miedo de hacer una escena.

Clara se acercó.

—Lía, estás exagerando.

La miré.

—Entonces responde una pregunta. ¿Por qué llevas el mismo collar que Ethan me dijo que había comprado para su madre?

Clara instintivamente se tocó el cuello.

Ethan palideció.

Yo ya había visto aquel collar semanas antes en el recibo de su tarjeta.

Pero había preferido creer su explicación.

Clara comenzó a tartamudear.

—Fue… un regalo de cumpleaños.

—Tu cumpleaños es dentro de cuatro meses.

Silencio.

Julian me miró, pero no intervino.

Esta vez quería que yo misma terminara aquello.

Ethan dio un paso hacia mí.

—Sí, le compré algunas cosas. ¿Y qué? Clara siempre ha estado conmigo.

—Exactamente.

Me quité definitivamente el anillo y lo coloqué en su mano.

—Así que quédate con ella.

Ethan me agarró de la muñeca.

—No puedes cancelar nuestra boda por esto.

Julian avanzó inmediatamente.

—Suéltala.

Ethan lo reconoció.

—¿Julian Blake?

—Suéltala.

Algo en su voz hizo que Ethan retirara la mano.

Entonces mi madre explotó.

—¡Lía, si abandonas este matrimonio, olvídate de volver a nuestra casa!

La miré.

—¿Porque amas a Ethan?

No respondió.

—No. Porque necesitas que su familia pague el préstamo de mi hermano.

Mi padre bajó la mirada.

Aquello fue suficiente.

—Durante años me pidieron que fuera madura, comprensiva y agradecida. Pero en realidad solo querían que fuera obediente.

Tomé mi maleta.

—Se acabó.

Ethan soltó una carcajada amarga.

—¿Y qué harás? ¿Irte con él?

Miró a Julian.

—¿Crees que regresó por amor? Pregúntale por qué realmente volvió.

Giré hacia Julian.

Él permaneció tranquilo.

—Díselo —insistió Ethan.

Julian me entregó otra carpeta.

Dentro había documentos empresariales.

La familia Shaw estaba intentando adquirir la compañía donde trabajaba mi padre.

Y Julian acababa de comprar la participación mayoritaria.

Mi padre se quedó blanco.

—¿Tú eres el nuevo propietario?

—Desde esta mañana.

Ethan lo miró furioso.

—¿Planeaste esto?

Julian negó.

—Volví por negocios. Descubrí lo de la boda después.

Después me miró.

—Y entonces recibí la carta que debí recibir hace cinco años.

Mi madre empezó a llorar.

—Solo quería darte una vida estable.

—No —respondí—. Querías elegir una vida conveniente para mí.

Julian se acercó, pero mantuvo cierta distancia.

—Lía, no tienes que venir conmigo.

Lo miré sorprendida.

—No regresé para sacarte de una boda y meterte inmediatamente en otra relación.

Sonrió.

—Solo quería decirte algo que debí poder decir hace cinco años.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Qué?

—Yo también te amaba.

Nadie habló.

—Cuando me fui —continuó— esperé durante meses alguna señal tuya. Pensé que habías elegido olvidarme.

Las lágrimas volvieron a mis ojos.

—Yo pensé exactamente lo mismo.

Julian miró mi vestido.

—Entonces quizá ambos perdimos cinco años por una carta escondida.

Ethan dio un paso adelante.

—Lía, no hagas esto.

Lo miré por última vez.

—Tú me escondiste durante tres años porque decías que el amor no necesitaba demostraciones.

Señalé a Clara.

—Pero con ella nunca tuviste miedo de que todos miraran.

Ethan abrió la boca.

No encontró respuesta.

—Gracias —dije—. Hoy finalmente entendí la diferencia entre alguien que me tolera y alguien que realmente me ve.

Tomé mi maleta y caminé hacia la zona de salidas.

Julian me alcanzó.

—¿Tienes boleto?

Negué.

—Solo sabía que necesitaba escapar.

Él sonrió.

—Entonces primero salgamos de aquí.

—¿Y después?

—Después decides tú.

Aquellas palabras hicieron que me detuviera.

Toda mi vida alguien había decidido por mí.

Mi madre.

Mi padre.

Ethan.

Julian era el primero que simplemente me devolvía la elección.

Seis meses después, Ethan y Clara terminaron su relación.

Sin mí entre ellos, descubrieron rápidamente que aquello que parecía emocionante mientras era prohibido no funcionaba tan bien cuando tuvieron que enfrentarse a la realidad.

Mis padres tardaron meses en aceptar que ya no podían utilizar mi vida para solucionar los problemas de mi hermano.

Yo alquilé mi propio apartamento y empecé de nuevo.

Julian no me pidió que fuera su novia inmediatamente.

Tomamos café.

Después cenamos.

Discutimos.

Nos reímos.

Y nos conocimos otra vez como las personas en las que nos habíamos convertido.

Un año después regresamos al mismo aeropuerto.

Esta vez yo no llevaba un vestido de novia.

Julian me entregó un pequeño sobre.

Dentro estaba aquella carta de hacía seis años.

Debajo había otra, escrita por él.

—¿Qué dice?

—Léela cuando quieras.

Sonreí.

—¿Y si espero cinco años?

—Esta vez pienso asegurarme personalmente de que llegue a la destinataria.

Me reí.

Entonces abrió una pequeña caja.

Pero no se arrodilló inmediatamente.

—Lía Morgan, antes de preguntar necesito que sepas algo.

—¿Qué?

—Puedes decir que no.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

Era extraño que las palabras más románticas que había escuchado fueran precisamente aquellas.

Puedes decir que no.

Porque significaban que mi respuesta importaba.

Julian finalmente se arrodilló.

—¿Quieres casarte conmigo?

Miré alrededor.

Nadie me presionaba.

Nadie esperaba salvar un préstamo.

Nadie protegía la reputación de una familia.

Solo estaba el hombre que había regresado con una carta vieja y me había preguntado quién me había hecho llorar.

Sonreí.

—Sí.

Y esta vez, cuando llegó el día de mi boda, no hubo novia escapando por una puerta trasera.

Caminé hacia el altar por decisión propia.

Porque el amor correcto nunca necesitó esconderme, humillarme ni obligarme a quedarme.

Solo necesitó darme la libertad de elegir.

Y esta vez, lo elegí a él.

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