PARTE 2: LA HIJA QUE LE HABÍAN ROBADO

Mauricio permaneció sentado frente al escritorio durante varios minutos sin tocar el expediente.

No podía apartar los ojos de aquella firma.

Lorena Aranda.

Su hermana.

La persona que había estado a su lado cuando Valeria murió.

La misma mujer que lo acompañó al hospital.

La misma que le había dicho, con lágrimas en los ojos, que debía dejar atrás el pasado.

Y ahora su nombre aparecía junto a una orden que prácticamente decía que su propia hija debía desaparecer de su vida.

—¿Desde cuándo sabías que ella era mi hija? —preguntó finalmente.

Paola bajó la mirada.

—Hace seis meses.

Mauricio levantó la cabeza.

—¿Seis meses?

—Encontré una copia del expediente en una caja que me entregaron cuando terminó el proceso. Había documentos que nunca había visto. Entre ellos estaba el número del embrión.

Mauricio apretó los dedos.

—¿Y por qué no me buscaste?

Paola respiró profundamente.

—Porque tenía miedo.

—¿De Lorena?

Ella asintió.

—Y de usted.

Mauricio se quedó en silencio.

Paola continuó:

—Cuando descubrí quién era el padre, intenté llamar a la clínica. Me dijeron que el expediente estaba cerrado. Después alguien vino a mi casa.

—¿Quién?

—Un abogado.

Mauricio sintió un escalofrío.

—¿Qué quería?

—Me ofreció dinero para que desapareciera con Camila.

—¿Cuánto?

Paola dijo una cantidad.

Mauricio casi se levantó de la silla.

No era una fortuna para él.

Pero sí suficiente para cambiar la vida de una mujer que apenas podía pagar la renta.

—¿Y rechazaste?

—Sí.

—¿Por qué?

Paola miró hacia el pasillo.

—Porque Camila empezó a preguntar por su papá.

Aquella respuesta lo golpeó de una manera inesperada.

Mauricio recordó los brazos de la niña alrededor de su cuello.

“¡Papá! ¡Ya regresaste!”

Tres años.

Tres años durante los cuales aquella pequeña había crecido sin saber por qué el hombre de las fotografías de su habitación nunca aparecía.

Tres años durante los cuales él había creído que su segundo embrión había sido donado.

Y durante esos mismos tres años, alguien había estado criando a su hija lejos de él.

—¿Qué más sabes?

Paola dudó.

—Que no fue un accidente.

—¿Qué cosa?

—Que el proceso de adopción no se canceló.

Mauricio se quedó completamente quieto.

—Explícate.

Paola abrió una segunda carpeta.

Dentro había documentos de la clínica, recibos y copias de correos electrónicos.

—La pareja que debía recibir a Camila nunca desapareció. Ellos existían. Habían firmado todos los documentos.

Mauricio tomó uno de los papeles.

La fecha coincidía con el nacimiento de Camila.

—Entonces, ¿por qué no se la llevaron?

—Porque alguien pagó para que el procedimiento se detuviera.

Mauricio leyó el nombre de la cuenta bancaria.

No pertenecía a Lorena.

Era una empresa.

Pero reconoció el domicilio fiscal.

Era una de las compañías que formaban parte de su propio grupo empresarial.

Sintió que el aire de la biblioteca se volvía pesado.

—Esta empresa es mía.

—Sí.

—Yo nunca autoricé esto.

Paola negó con la cabeza.

—Pero alguien tenía autorización para mover dinero.

Mauricio cerró los ojos.

Durante años había confiado en Lorena para supervisar algunas de sus inversiones mientras él estaba viajando.

Nunca imaginó que esa confianza pudiera haberse convertido en un arma.

Entonces escucharon un pequeño ruido.

Mauricio levantó la cabeza.

Camila estaba parada en la puerta.

Tenía el cabello despeinado y sostenía su muñeca de tela contra el pecho.

—¿Por qué están hablando tan fuerte?

Paola se levantó inmediatamente.

—Vuelve a dormir, mi amor.

Camila no se movió.

Miró a Mauricio.

—¿Tú eres mi papá?

La pregunta dejó a los dos adultos sin palabras.

Mauricio sintió que algo se rompía dentro de él.

Se arrodilló para quedar a su altura.

—No sé si soy el papá que tú imaginabas.

Camila frunció el ceño.

—Mamá dijo que mi papá estaba lejos.

—Estaba lejos.

—¿Trabajando?

Mauricio tragó saliva.

—Sí.

La niña lo observó unos segundos.

Después preguntó:

—¿Vas a volver a irte?

Mauricio no pudo responder inmediatamente.

Aquella pregunta era demasiado sencilla.

Y, sin embargo, contenía tres años enteros de ausencia.

—No quiero hacerlo.

Camila se acercó.

—Entonces eres mi papá.

Mauricio sintió los ojos húmedos.

Extendió los brazos.

La niña se dejó abrazar.

Fue la primera vez que sostuvo a su hija.

Y también fue la primera vez que comprendió cuánto tiempo le habían robado.

Pero aquel momento duró poco.

Su teléfono vibró.

Una notificación bancaria.

Después otra.

Y otra.

Mauricio soltó lentamente a Camila.

En la pantalla aparecía una serie de transferencias realizadas esa misma noche.

Desde una cuenta corporativa.

Hacia una sociedad vinculada con Lorena.

El último movimiento tenía una descripción que le hizo sentir un vacío en el estómago:

“Operación familiar — fase final”.

Mauricio miró a Paola.

—¿Qué significa esto?

Ella palideció.

—No lo sé.

—¿Estás segura?

—Nunca había visto esa frase.

Mauricio llamó a su director financiero.

—Necesito que despiertes a todo el equipo de auditoría.

—Señor, son casi las tres de la mañana.

—No me importa.

Su voz había cambiado.

Ya no era el hombre confundido que había entrado en aquella casa.

Era el empresario que había construido un imperio desde cero.

—Quiero todas las transferencias de los últimos tres años relacionadas con Lorena, sus empresas y cualquier intermediario. No borres nada. No bloquees ninguna cuenta todavía.

—¿Hay algún problema?

Mauricio miró a Camila.

—Sí.

Hizo una pausa.

—Creo que alguien lleva tres años robándome algo mucho más importante que dinero.

Colgó.

Pero antes de poder decir otra palabra, escuchó el sonido de un automóvil entrando en la propiedad.

Paola se puso de pie.

—¿Quién es?

Mauricio caminó hasta la ventana.

Un vehículo negro se detuvo frente a la entrada.

Después bajaron dos personas.

Y detrás de ellas apareció Lorena.

Vestía un abrigo elegante y llevaba una expresión demasiado tranquila para alguien que supuestamente no sabía nada de aquella conversación.

Mauricio se quedó mirando.

—¿Qué hace aquí a esta hora?

Paola retrocedió.

—Ella nunca viene de noche.

Mauricio tomó el expediente.

—Entonces hoy sí.

La puerta principal se abrió.

Un empleado anunció:

—Señor Mauricio, la señora Lorena dice que necesita hablar con usted inmediatamente.

Mauricio no respondió.

Miró a Camila.

La niña seguía abrazada a su muñeca.

Entonces guardó el expediente debajo de su saco.

—Dile que pase.

Lorena entró en la biblioteca pocos segundos después.

—Mauricio.

Su voz sonaba preocupada.

—Me dijeron que habías regresado.

Mauricio la observó.

—Regresé esta noche.

Lorena sonrió.

—Y ya veo que conociste a Camila.

Silencio.

Aquella frase fue suficiente.

Paola levantó la cabeza.

Mauricio sintió que la sangre se le enfriaba.

—¿Cómo sabes su nombre?

Lorena tardó apenas un segundo en responder.

—Paola me habló de ella hace tiempo.

—¿Cuándo?

—No recuerdo.

Mauricio sonrió.

Pero no había humor en aquella sonrisa.

—Qué curioso.

Lorena frunció el ceño.

—¿Qué?

Mauricio sacó lentamente el expediente.

—Porque yo tampoco recuerdo haberte contado que el embrión había sobrevivido.

El rostro de Lorena cambió.

Por primera vez, su máscara se quebró.

Solo durante un instante.

Pero Mauricio lo vio.

Y supo que acababa de encontrar la primera grieta.

—Hermano —dijo ella—, estás confundido.

—No.

Mauricio dejó el expediente sobre la mesa.

—Estoy empezando a recordar.

Lorena miró los documentos.

Después miró a Camila.

Y finalmente volvió los ojos hacia él.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Entonces explícamelo.

Ella permaneció callada.

Mauricio dio un paso hacia ella.

—¿Por qué ordenaste que nadie me hablara de mi hija?

Lorena palideció.

—Yo nunca…

—¿Por qué pagaste para detener la adopción?

—Eso no es cierto.

—¿Por qué utilizaste una empresa de mi grupo?

Su silencio fue la respuesta.

Mauricio sintió que la rabia le subía lentamente por el pecho.

Pero no gritó.

—Tres años —dijo—. Tres años de mi vida.

Lorena lo miró con lágrimas en los ojos.

—Lo hice por ti.

Mauricio soltó una risa amarga.

—No vuelvas a decir eso.

—Valeria murió. Tú estabas destruido. No podías criar a un niño.

—¡Era mi hija!

La voz resonó por toda la biblioteca.

Camila se asustó.

Mauricio inmediatamente bajó el tono y se acercó a ella.

—Perdón.

La niña se escondió detrás de Paola.

Ese pequeño movimiento terminó de destruirlo.

Su propia hija le tenía miedo.

No porque él fuera peligroso.

Sino porque era un desconocido.

Lorena observó la escena.

Y entonces dijo algo que Mauricio nunca olvidaría.

—Todavía puedes arreglarlo.

Él levantó la mirada.

—¿Qué significa eso?

Lorena sacó un sobre de su bolso.

—Antes de que hagas algo de lo que puedas arrepentirte, deberías leer esto.

Mauricio tomó el sobre.

En el frente había una fotografía antigua.

Una fotografía de Valeria.

Pero detrás de ella había otra persona.

Un hombre que Mauricio reconoció inmediatamente.

Su padre.

El hombre que había muerto seis años atrás.

Mauricio abrió el sobre con manos temblorosas.

Dentro había una carta escrita por Valeria.

La primera línea decía:

“Si estás leyendo esto, significa que Lorena no cumplió su promesa.”

Mauricio dejó de respirar.

Levantó lentamente los ojos.

Lorena ya no lloraba.

Ahora parecía aterrada.

Y en ese momento Mauricio comprendió que el secreto de Camila no era la única mentira que su hermana había mantenido durante tres años.

Había otra.

Una relacionada con Valeria.

Una que podía cambiar todo lo que Mauricio creía saber sobre la muerte de su esposa.

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