PARTE 2: LA ORDEN QUE LO CAMBIÓ TODO

—¿Señora Cross?

Levanté la mirada.

—Sí.

La doctora Elaine Mercer revisó mis análisis durante unos segundos. Después miró a Dorian.

—Necesito hablar con ella a solas.

Dorian no se movió.

—Soy su esposo.

—Precisamente por eso —respondió la doctora con calma—. Espere afuera.

Durante unos segundos pensé que Dorian iba a discutir.

No lo hizo.

Solo me miró.

Antes de salir, sus ojos se detuvieron en mi rostro.

—Si necesitas algo, llámame.

La puerta se cerró.

La doctora tomó asiento frente a mí.

—Alina, voy a preguntarte algo directamente. ¿Existe alguna posibilidad de que estés embarazada?

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

No contesté.

Ella no necesitó que lo hiciera.

—El análisis de sangre es positivo.

Bajé la mirada hacia mis manos.

Había imaginado ese momento.

Había pensado en cómo decírselo a Dorian, cómo sonreiría, cómo quizá volvería a besarme como antes.

Pero jamás había imaginado descubrirlo en medio de nuestro divorcio.

—¿De cuánto tiempo?

—Aproximadamente ocho semanas.

Cerré los ojos.

Ocho semanas.

Eso significaba que Dorian y yo todavía éramos felices cuando ocurrió.

La última noche en que cenamos juntos.

La última vez que me quedé dormida sobre su hombro.

La última vez que me dijo que me amaba.

Después de aquello, todo cambió.

—Hay algo más —continuó la doctora—. Quiero hacer una ecografía y algunos estudios adicionales. Has estado vomitando con frecuencia y estás deshidratada.

Asentí.

Cuando la doctora salió, Dorian entró inmediatamente.

—¿Qué pasa?

Lo miré.

No sabía cómo decirlo.

Así que simplemente lo hice.

—Estoy embarazada.

Dorian se quedó completamente inmóvil.

No respiró durante varios segundos.

Después preguntó:

—¿Estás segura?

—La doctora lo confirmó.

Sus ojos bajaron hacia mi abdomen.

Luego volvieron a mi rostro.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Una risa amarga escapó de mi garganta.

—Porque hace tres semanas me entregaste los papeles del divorcio.

Su mandíbula se tensó.

—Yo no quería divorciarme.

Sentí un escalofrío.

—Entonces ¿por qué lo hiciste?

Dorian sacó su teléfono.

—Porque pensé que me estabas engañando.

Me mostró una fotografía.

Era yo entrando en un hotel.

Con un hombre que no conocía.

La imagen parecía real.

Pero yo jamás había estado allí.

—Esto es falso.

—Lo sé.

Levanté la mirada.

—¿Ahora lo sabes?

—Descubrí la manipulación hace cuatro días.

—¿Y aun así no me dijiste nada?

Dorian apretó el teléfono.

—Porque todavía no sabía quién estaba detrás.

—Podrías haberme preguntado.

—Tenía miedo de que si te preguntaba, desaparecieras.

Me quedé callada.

Aquella era la primera vez que Dorian admitía tener miedo.

—¿Quién lo hizo?

Su expresión se endureció.

—Mi hermano, Marcus.

Sentí que el estómago volvía a revolverse.

—¿Tu hermano?

—Lleva meses intentando hacerse con el control de varias de mis operaciones.

—¿Y para eso destruyó nuestro matrimonio?

—No solo eso.

Dorian guardó el teléfono.

—Intentó convencer al consejo de que yo estaba emocionalmente incapacitado para dirigir la organización.

—¿Por qué?

—Porque hay una cláusula en el fideicomiso familiar.

Esperé.

—Si algo me sucede, mi participación pasa directamente a mi hijo.

Mi corazón se detuvo.

—¿Tu hijo?

Dorian me miró.

—Nuestro hijo.

Por primera vez entendí la verdadera dimensión del asunto.

No querían simplemente separarnos.

Querían impedir que yo estuviera a su lado.

Querían que el bebé desapareciera de la ecuación.

La puerta se abrió.

Caleb apareció.

—Señor Cross.

Dorian se volvió.

—Habla.

—Marcus está aquí.

Dorian se quedó quieto.

—¿Aquí?

—En el hospital.

Mi sangre se enfrió.

Caleb continuó:

—Vino acompañado.

—¿De quién?

El hombre dudó.

—De Victoria Hale.

Reconocí el nombre.

Era la mujer que aparecía en varias de las fotografías falsas que Dorian había recibido.

La supuesta amante.

La persona con la que, según los documentos manipulados, yo había estado reuniéndome.

Dorian se puso de pie.

—Nadie entra en esta habitación.

—Entendido.

Entonces me miró.

—Alina, quédate aquí.

—No.

Él frunció el ceño.

—No voy a dejarte sola.

—Tampoco voy a quedarme sentada mientras todos deciden mi vida.

Dorian sostuvo mi mirada.

—No sabes lo peligroso que puede ser esto.

—Y tú no sabes cuánto odio que vuelvas a decidir por mí.

Hubo un silencio.

Finalmente, Dorian asintió.

—Entonces vienes conmigo.

Salimos al pasillo.

Marcus estaba al otro extremo.

Traje oscuro.

Sonrisa tranquila.

Victoria estaba junto a él.

Cuando nos vio, sonrió.

—Dorian.

Dorian no respondió.

Marcus miró hacia mi abdomen.

Después sonrió de una manera que me hizo sentir incómoda.

—Así que era verdad.

Dorian dio un paso adelante.

—¿Qué sabes?

Marcus se encogió de hombros.

—Lo suficiente.

Victoria habló entonces.

—Alina, no tienes que preocuparte.

La miré.

—¿Perdón?

—Dorian siempre ha sido impulsivo. Esto no tiene por qué convertirse en una tragedia familiar.

Dorian soltó una risa fría.

—Tú no tienes derecho a hablar de mi familia.

Marcus levantó una mano.

—No hemos venido a discutir.

—Entonces ¿para qué vinieron?

Marcus sacó un sobre.

—Para ofrecer una solución.

Lo tomó Dorian.

Dentro había documentos.

Los revisó rápidamente.

Su expresión cambió.

—¿Qué es esto?

Marcus sonrió.

—Un acuerdo de custodia.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Custodia?

Marcus me miró.

—Si el divorcio continúa, será mucho más sencillo determinar quién puede proporcionar un entorno estable para el bebé.

Dorian rompió los documentos en dos.

—No habrá divorcio.

Marcus perdió la sonrisa.

—No puedes decidir eso solo.

—Acabo de hacerlo.

—Dorian.

Marcus dio un paso.

—Si quieres protegerla, deberías escucharme.

—No vuelvas a usar esa palabra.

—¿Cuál?

—Proteger.

Dorian se acercó.

—No sabes lo que significa.

Marcus lo observó durante unos segundos.

Después sonrió.

—Entonces supongo que ya descubriste quién manipuló las fotografías.

Dorian se quedó inmóvil.

—Sí.

—¿Y también descubriste quién pagó al fotógrafo?

Dorian entrecerró los ojos.

Marcus levantó una ceja.

—¿No?

Sacó otro documento.

—Pregúntale a tu esposa quién es el hombre de esta fotografía.

Me quedé mirando la imagen.

Era el mismo hombre.

Pero había algo diferente.

La fotografía no mostraba una habitación de hotel.

Mostraba una reunión.

Una reunión que yo sí recordaba.

Seis meses atrás.

Había ido a ver a un abogado para revisar unos documentos de una propiedad familiar.

El hombre era el asistente del abogado.

Nada más.

—Él trabajaba para una firma legal —dije.

Marcus sonrió.

—Exactamente.

Dorian miró el documento.

—¿Qué intentas demostrar?

Marcus bajó la voz.

—Que alguien utilizó fotografías reales para construir una historia falsa.

Luego miró hacia mí.

—Y que tu esposa no es tan inocente como parece.

Sentí que algo dentro de mí se endurecía.

—Si tienes una acusación, hazla.

Marcus me sostuvo la mirada.

—Tu padre dejó una deuda.

Me quedé paralizada.

Mi padre había muerto hacía seis años.

—¿Qué deuda?

Marcus sonrió.

—Una deuda que Dorian jamás conoció.

Dorian giró hacia mí.

—Alina.

Negué lentamente con la cabeza.

—No sé de qué está hablando.

Marcus sacó un último documento.

—Entonces quizá deberías leer esto.

Dorian tomó el papel.

Lo leyó.

Su expresión cambió por completo.

—¿Dónde encontraste esto?

—En los archivos de tu padre.

Dorian levantó la mirada.

—Eso es imposible.

Marcus sonrió.

—Tu padre dejó una garantía personal.

Me acerqué.

—¿Garantía de qué?

Marcus respondió:

—De una operación que terminó financiando parte del imperio Cross.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—Eso no puede ser.

Mi padre había sido empresario.

Pero nunca me habló de Dorian.

Nunca me dijo que sus negocios estuvieran conectados.

Marcus guardó el documento.

—Tu padre no solo conocía a Dorian.

Pausa.

—Conocía a mi familia.

Dorian se quedó mirando a su hermano.

—¿Qué estás intentando decir?

Marcus respondió con una calma inquietante:

—Que este matrimonio quizá nunca comenzó por amor.

Sentí que Dorian me miraba.

Por primera vez desde que lo conocía, no supe qué estaba pensando.

Marcus se marchó con Victoria.

Nos quedamos solos en el pasillo.

—Dorian…

Él levantó una mano.

—Necesito saber algo.

—¿Qué?

—¿Tu padre alguna vez te habló de mi familia?

Negué.

—Nunca.

Dorian asintió lentamente.

—Entonces hay algo que ambos ignorábamos.

Regresamos a la habitación.

La doctora realizó la ecografía poco después.

Cuando apareció la pequeña imagen en la pantalla, sentí que las lágrimas llenaban mis ojos.

Dorian estaba a mi lado.

No dijo nada.

Solo tomó mi mano.

Durante unos segundos, olvidé el divorcio.

Olvidé a Marcus.

Olvidé las mentiras.

Solo existíamos nosotros tres.

Entonces la doctora observó la pantalla con atención.

—Esperen.

Su tono cambió.

Dorian se tensó.

—¿Qué ocurre?

La doctora amplió la imagen.

—Hay algo extraño.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿El bebé está bien?

—Sí. El bebé está bien.

Hizo una pausa.

—Pero quiero revisar algo.

Después de unos minutos, levantó la mirada.

—Alina, necesito preguntarte una cosa.

—¿Qué?

—¿Alguna vez te dijeron que tenías una condición genética hereditaria?

Negué.

—No.

La doctora miró a Dorian.

—Porque hay un marcador que coincide con algo que he visto antes.

Dorian se quedó inmóvil.

—¿Con qué?

La doctora dudó.

—Con un expediente que revisé hace años.

—¿De quién?

Ella bajó la mirada hacia los resultados.

—Del padre de Alina.

Sentí que se me helaban las manos.

Mi padre había muerto seis años atrás.

Y, sin embargo, acabábamos de descubrir que una parte de su pasado estaba conectada con nuestro bebé.

Dorian apretó mi mano.

—Necesitamos saber qué significa.

La doctora asintió.

—Y para eso tendrán que conseguir los archivos médicos completos de tu padre.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje.

Número desconocido.

Lo abrí.

Solo había una fotografía.

Era una imagen antigua de mi padre.

Junto a él aparecían Dorian y Marcus, muchos años antes de que yo conociera a cualquiera de los dos.

Debajo había una frase:

“Alina, tu padre no te ocultó quién era Dorian. Te ocultó por qué te casaste con él.”

Levanté lentamente la mirada hacia mi esposo.

Dorian también había visto la fotografía.

Su rostro perdió todo color.

—Eso no puede ser —susurró.

—¿Qué?

Se quedó mirando la pantalla.

—Porque ese día…

Pausa.

—Yo ya te conocía.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué acabas de decir?

Dorian levantó los ojos hacia mí.

Y por primera vez comprendí que los seis meses de distancia, el divorcio, las fotografías falsas y la guerra dentro de su familia podían haber sido solo una parte de una historia que había comenzado mucho antes de nuestro primer encuentro.

Mucho antes de nuestro matrimonio.

Incluso antes de que yo supiera que existía.

Y ahora nuestro hijo era la única persona que podía obligarlos a revelar toda la verdad.

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