Julián no volvió a dormir aquella noche.
A las 2:17 de la madrugada seguía sentado frente a la computadora de Camila, con el correo abierto en la pantalla y la fotografía del registro del cementerio ampliada en su teléfono.
Una idea no dejaba de repetirse en su cabeza.
Camila había descubierto que su propia familia estaba robando la empresa.
Y menos de dos horas después, según la versión oficial, había muerto.
Demasiada coincidencia.
—No podemos asumir que sigue viva —dijo Lucía, sentada frente a él—. Pero tampoco podemos asumir que murió.
Julián levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que hasta ahora no tenemos un cuerpo identificado, no tenemos una inhumación válida y tenemos un correo que demuestra que Camila temía por su seguridad.
—Entonces alguien la hizo desaparecer.
Lucía guardó silencio.
—Eso es una posibilidad.
—No. —Julián negó lentamente—. Es exactamente lo que hicieron.
La abogada abrió una carpeta.
—Antes de acusar a tu familia necesitamos pruebas. Y necesitamos saber qué ocurrió entre ese correo y el supuesto accidente.
Julián miró la hora del mensaje.
Camila había guardado el borrador a las 16:12.
El reporte del accidente indicaba que el atropello ocurrió a las 18:03.
Casi dos horas después.
—Necesitamos el expediente del accidente —dijo.
Lucía asintió.
—Ya lo pedí.
A las 8:40 de la mañana recibió los primeros documentos.
Julián los revisó uno por uno.
Informe policial.
Acta de defunción.
Fotografías del vehículo.
Declaración de un testigo.
Y un documento que hizo que su respiración se detuviera.
—Lucía.
Ella levantó la cabeza.
—¿Qué?
Julián deslizó una fotografía sobre la mesa.
—Esta es la licencia de conducir de Camila.
Lucía la observó.
—Sí.
—Mira la fecha de expedición.
Lucía entrecerró los ojos.
—Hace seis años.
—Exactamente.
Julián señaló el acta de defunción.
—Aquí dice que el cuerpo fue identificado mediante su licencia.
—Eso no demuestra nada.
—Espera.
Sacó otra hoja.
—La policía escribió que la licencia fue encontrada dentro de la bolsa de la víctima.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Y?
—La bolsa que aparece en las fotografías del accidente es negra.
Julián abrió una imagen tomada durante el funeral.
—Esta es la bolsa que mi hermana llevaba ese día.
Era marrón.
Lucía tomó el teléfono.
Amplió la fotografía.
—Podrían ser dos bolsas.
—Entonces alguien cambió sus pertenencias.
—O la policía cometió un error.
Julián se levantó.
—Demasiados errores.
Lucía no respondió.
Porque también empezaba a comprenderlo.
A las diez de la mañana, Julián llamó a Patricia.
—¿Dónde estás?
—En casa. ¿Por qué?
—Quiero preguntarte algo sobre el accidente de Camila.
Hubo una pausa.
—¿Qué cosa?
—¿Quién reconoció el cuerpo?
Patricia tardó demasiado en contestar.
—Héctor.
Julián sintió que se le cerraba el estómago.
—¿Tú no?
—Yo no podía verla.
—¿Y Rodrigo?
—Tampoco.
—Entonces Héctor identificó el cuerpo.
—Sí.
—¿Cómo pudo hacerlo si el cuerpo estaba irreconocible?
Silencio.
Patricia respiró profundamente.
—Julián, ¿qué estás intentando decir?
—Nada.
—Estás dudando de nosotros.
—Solo estoy haciendo preguntas.
—Después de todo lo que hicimos por ti mientras estabas en Madrid…
Julián cerró los ojos.
Aquella frase.
Siempre aquella frase.
“Lo hicimos por ti”.
Como si haberlo acompañado durante su enfermedad les hubiera dado derecho a decidir qué debía saber sobre su propia hija.
—Voy a pasar por tu casa esta tarde.
—¿Para qué?
—Para hablar.
Patricia cambió de tono.
—Julián, no vengas.
Él abrió los ojos.
—¿Por qué?
—Porque no es un buen momento.
—¿Por qué?
—Héctor no está.
—Precisamente por eso quiero hablar contigo.
Patricia colgó.
Julián miró a Lucía.
—¿Escuchaste?
—Sí.
—No quiere que vaya.
Lucía cerró la carpeta.
—Entonces iremos.
La casa de Patricia estaba demasiado ordenada.
Eso fue lo primero que notó Julián.
Durante años había sido una casa llena de fotografías familiares, recuerdos de vacaciones, juguetes de los nietos y objetos que Camila solía regalarles.
Ahora parecía una sala de exposición.
No había una sola fotografía de ella.
Ni siquiera una.
Patricia abrió la puerta con una sonrisa forzada.
—Hermano.
Julián entró.
—¿Dónde están las cosas de Camila?
Patricia palideció.
—Te dije que las guardamos.
—Quiero verlas.
—No es necesario.
—Sí lo es.
Héctor apareció desde el fondo.
—Julián.
No parecía sorprendido.
Eso hizo que Julián sintiera un escalofrío.
—Me dijeron que no estabas.
Héctor sonrió.
—Llegué hace diez minutos.
Mentira.
Julián lo supo inmediatamente.
Pero no lo confrontó.
—Solo quiero recuperar algunas cosas de Camila.
—Después.
—Ahora.
Héctor cruzó los brazos.
—¿Por qué tanta prisa?
Julián lo miró fijamente.
—Porque es mi hija.
La sonrisa de Héctor desapareció.
Patricia intervino.
—Julián, estás recién operado. Has pasado por meses muy difíciles. Quizá el viaje y todo esto te están afectando más de lo que crees.
—¿Estás diciendo que estoy imaginando cosas?
—No.
—Entonces dime dónde está la computadora de Camila.
Los dos se quedaron inmóviles.
Julián comprendió que habían cometido otro error.
—¿Qué computadora?
Héctor habló demasiado rápido.
—La vieja laptop.
—Sí.
—La tiramos.
—¿Cuándo?
—Hace meses.
Julián sonrió.
—Qué extraño.
—¿Qué?
—La encontré anoche.
El rostro de Héctor cambió.
Solo durante un segundo.
Pero Lucía lo vio.
—¿Dónde? —preguntó Patricia.
—En la empresa.
Héctor se aclaró la garganta.
—Probablemente alguien la había dejado en una bodega.
Julián no dijo nada.
Entonces escuchó un sonido.
Un pitido.
Provenía del teléfono de Héctor.
Héctor miró la pantalla.
Su rostro perdió color.
Guardó rápidamente el teléfono en el bolsillo.
Julián no necesitó preguntar.
Algo estaba ocurriendo.
Esa tarde, Lucía llevó la computadora a un especialista en recuperación de datos.
A las 19:26 encontraron un archivo eliminado.
Una grabación de audio.
Duración: 3 minutos y 48 segundos.
Fecha: el mismo día de la muerte de Camila.
Julián se quedó mirando la pantalla.
—Reprodúcelo.
La voz de Camila apareció entre interferencias.
—Papá, si estás escuchando esto, significa que no pude hablar contigo directamente.
Julián cerró los ojos.
Era ella.
Su hija.
Viva.
Su voz sonaba nerviosa.
—Descubrí algo peor de lo que te conté en el correo. No solo están sacando dinero de la empresa.
Una pausa.
—Están utilizando nuestras cuentas para transferir dinero a personas que no aparecen en ningún registro de empleados.
Julián miró a Lucía.
La grabación continuó.
—Héctor no está actuando solo. Rodrigo sabe todo. Mateo también.
Camila respiró agitadamente.
—Pero hay alguien más.
La voz se volvió casi un susurro.
—Alguien que papá jamás sospecharía.
La grabación terminó.
Julián sintió un vacío en el pecho.
—¿Quién?
Lucía revisó los metadatos.
—Hay otra parte.
—¿Qué?
—El archivo fue dividido.
Abrió una segunda carpeta.

Había un audio de apenas 19 segundos.
Lo reprodujo.
Camila susurró:
—Si me pasa algo, busquen en la casa de Patricia. No en la empresa. Allí está la prueba.
Julián se quedó inmóvil.
Patricia.
Su propia hermana.
A las 22:10 regresaron a la casa de Patricia.
Esta vez no tocaron la puerta.
Lucía había conseguido una orden para acceder a determinadas áreas mientras avanzaba la investigación financiera.
Julián permaneció en el coche.
No quería que Patricia supiera que había vuelto.
Dos agentes entraron con Lucía.
Pasaron veinte minutos.
Luego treinta.
Finalmente, Lucía salió sosteniendo una caja metálica.
Julián bajó del coche.
—¿Qué encontraron?
Ella no respondió inmediatamente.
Abrió la caja.
Dentro había documentos.
Pasaportes.
Recibos.
Varias tarjetas de acceso.
Y una fotografía.
Julián tomó la fotografía.
Era Camila.
Pero no estaba sola.
A su lado aparecía una mujer que Julián reconoció inmediatamente.
—No puede ser.
Lucía lo miró.
—¿La conoces?
—Sí.
La mujer de la fotografía era Patricia.
Pero había algo todavía más extraño.
En el reverso de la fotografía había una fecha.
Tres meses después de la supuesta muerte de Camila.
Julián sintió que las manos comenzaban a temblarle.
—Esto significa que…
—Significa que tenemos que averiguar dónde fue tomada.
Uno de los agentes llegó corriendo.
—Licenciada.
Lucía se volvió.
—¿Qué ocurre?
—Encontramos otra cosa.
Le entregó un teléfono antiguo.
—Estaba escondido detrás de un panel.
Lucía lo encendió.
Solo había un contacto guardado.
Sin nombre.
Sin número visible.
Y un mensaje recibido dos días después del funeral.
“Papá ya regresó. No puedo salir todavía.”
Julián dejó de respirar.
—Ese mensaje…
Lucía lo miró.
—Sí.
—¿De cuándo es?
—Ocho meses después de la fecha oficial de la muerte.
Julián sintió que el mundo se inclinaba.
Camila no había muerto aquel día.
Alguien la había mantenido escondida.
Pero antes de que pudieran investigar el teléfono, este comenzó a vibrar.
Una llamada entrante.
Número desconocido.
Lucía activó el altavoz.
Nadie habló durante cinco segundos.
Entonces una voz femenina, débil y temblorosa, susurró:
—Papá…
Julián se quedó paralizado.
Conocía esa voz.
La había escuchado miles de veces cuando Camila era niña.
—¿Camila?
La respiración al otro lado se quebró.
—No confíes en Patricia.
Julián sintió que las piernas dejaban de responderle.
—¿Dónde estás?
Silencio.
Después:
—No puedo decírtelo.
—¡Camila, soy tu padre! Dime dónde estás.
La voz volvió a sonar.
—Escúchame. Ellos saben que regresaste.
Julián miró a Lucía.
—¿Quiénes?
Camila comenzó a llorar.
—Los mismos que hicieron creer que estaba muerta.
De repente se oyó un golpe al otro lado.
Luego una voz masculina.
—¿Con quién hablas?
Camila dejó escapar un pequeño grito.
La llamada se cortó.
Julián quedó inmóvil.
Pero el teléfono volvió a vibrar.
Esta vez llegó un mensaje.
Solo contenía una fotografía.
Una habitación oscura.
Una ventana con barrotes.
Y Camila sentada en una silla.
Estaba viva.
Debajo de la imagen aparecieron siete palabras:
“Si quieres verla, ven solo mañana a medianoche.”
Julián levantó lentamente la mirada.
Lucía negó con la cabeza.
—No vas a ir solo.
—Es mi hija.
—Precisamente por eso no puedes cometer un error.
Julián volvió a mirar la fotografía.
Camila estaba viva.
Después de ocho meses llorando una muerte que quizá nunca ocurrió, por primera vez tenía una certeza.
Su hija seguía allí afuera.
Y alguien había pasado ocho meses asegurándose de que él jamás pudiera encontrarla.
Pero había algo en aquella fotografía que no dejaba de inquietarlo.
En la esquina inferior aparecía un objeto sobre una mesa.
Un reloj antiguo.
Julián lo reconoció al instante.
Era el reloj que le había regalado a Patricia quince años atrás.
Y eso significaba que el lugar donde tenían escondida a Camila podía estar mucho más cerca de su familia de lo que cualquiera había imaginado.