La fotografía apareció en el grupo familiar antes de que Alejandro siquiera llegara a su automóvil.
Lucía estaba a su lado, sosteniendo la tarjeta del hotel entre los dedos.
Debajo de la imagen, Mauricio había escrito:
“Parece que Alejandro ya encontró en qué gastar su dinero.”
Después apareció otro mensaje.
Rebeca respondió:
“Qué triste. Después de todo lo que hemos hecho por él, ahora se deja manipular por una desconocida.”
Lucía leyó la pantalla y bajó la mirada.
—Me voy.
Alejandro la miró.
—¿Adónde?
—A cualquier lugar donde no cause problemas.
—Tú no causaste nada.
—Tu familia piensa que sí.
Alejandro tomó el teléfono de la mano de Lucía y leyó todos los mensajes.
Cada frase era peor que la anterior.
“Seguro sabe que Alejandro está deprimido.”
“Una mujer así no ayuda gratis.”
“Hay que protegerlo antes de que le quite algo.”
Alejandro levantó la mirada.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta?
Lucía negó.
—Que nadie preguntó cómo estoy.
Ella guardó silencio.
Alejandro respiró profundamente.
—Solo preguntan quién está cerca de mí.
Aquella mañana hizo algo que llevaba meses evitando.
Llamó a su abogado.
—Necesito que revises todas las cuentas familiares, los poderes notariales y las participaciones de mis empresas.
El abogado, Esteban Salas, hizo una pausa.
—¿Ha ocurrido algo?
—Creo que sí.
—¿Relacionado con su tía?
Alejandro frunció el ceño.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque hace tres meses recibimos una solicitud para modificar algunos documentos patrimoniales.
—¿Quién la presentó?
—Su primo Mauricio.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Con qué autorización?
—Con una copia de un poder antiguo que usted había firmado hace años.
Alejandro cerró los ojos.
Recordó aquel día.
Tenía veintinueve años.
Su padre acababa de morir y Alejandro estaba intentando mantener a flote las primeras empresas familiares.
Rebeca le había dicho:
“Firma aquí. Es solo para que podamos ayudarte con algunos trámites mientras tú trabajas.”
Nunca volvió a pensar en aquellos papeles.
—Esteban, necesito una copia completa de ese poder.
—Se la envío hoy.
—Y quiero saber qué han intentado hacer con él.
—Alejandro…
—¿Sí?
—Hay algo más.
La voz del abogado se volvió más seria.
—Hace dos semanas alguien intentó registrar una transferencia de acciones de Márquez Construcciones.
Alejandro sintió un frío extraño.
—¿A nombre de quién?
—Mauricio.
El silencio se hizo enorme.
Alejandro miró a Lucía.
Ella estaba sentada junto a la ventana del pequeño café, completamente ajena a aquella conversación.
—¿Se completó?
—No. El banco la bloqueó porque la firma digital no coincidía.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Gracias.
Colgó.
Lucía lo observaba.
—¿Todo bien?
Alejandro tardó en responder.
—No.
—¿Es por mí?
—No.
—Entonces, ¿qué pasa?
Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa.
—Mi familia está intentando quedarse con parte de mi empresa.
Lucía abrió los ojos.
—¿Y qué vas a hacer?
Por primera vez en mucho tiempo, Alejandro sonrió.
—Lo que debí hacer desde el principio. Preguntar antes de confiar.
Pero aquella decisión provocó una reacción inmediata.
Esa misma tarde, Rebeca apareció en la oficina principal de Márquez Construcciones acompañada por Mauricio.
No pidieron cita.
Entraron directamente a la sala de juntas.
—Alejandro, tenemos que hablar.
Él levantó la mirada desde una carpeta.
—Podrían haber llamado.
Mauricio cerró la puerta.
—No respondías.
—Porque estaba trabajando.
Rebeca dejó su bolso sobre la mesa.
—¿Trabajando o jugando a salvar desconocidas?
Alejandro no respondió.
—Esa muchacha te está manipulando —continuó ella—. Todos lo vemos.
—¿Todos?
—Tus socios. Tus empleados. La familia.
Alejandro soltó una pequeña risa.
—Qué curioso. Ninguno de ellos me dijo nada cuando llevaba meses sin poder levantarme de la cama.
Rebeca se quedó callada.
Mauricio intervino.
—No cambies el tema.
—No lo cambio. Lo estoy aclarando.
Alejandro abrió una carpeta.
—¿Quieres hablar de temas familiares? Perfecto.
Sacó una hoja.
—¿Por qué intentaste transferir acciones de la empresa a tu nombre?
Mauricio perdió el color del rostro.
Rebeca reaccionó demasiado rápido.
—Eso fue una medida de protección.
—¿Protección para quién?
—Para todos.
—No te pregunté eso.
Alejandro deslizó el documento por la mesa.
—Tu solicitud fue rechazada.
Mauricio apretó los labios.
—Solo necesitábamos asegurarnos de que las empresas no colapsaran si tú seguías enfermo.
Alejandro levantó la mirada.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
Nadie respondió.
Entonces abrió otra carpeta.
—También encontré pagos mensuales a una empresa llamada MRG Consultores.
Mauricio se quedó completamente quieto.
—¿Qué tiene de malo?
—Que esa empresa no tiene empleados.
Silencio.
—Tampoco tiene oficinas.
Alejandro pasó otra página.
—Y el propietario registrado es un amigo tuyo.
Rebeca golpeó la mesa.
—¡No puedes acusar a tu propio primo de robar!
Alejandro respondió tranquilamente:
—Todavía no lo estoy acusando.
Cerró la carpeta.
—Estoy preguntando.
Mauricio se levantó.
—Esto es absurdo.
—Si es absurdo, entonces no tendrás problema en mostrarme los contratos.
Mauricio no contestó.
Alejandro comprendió entonces que había encontrado algo mucho más grande de lo que esperaba.
Pero todavía faltaba una pieza.
Lucía.
Cuando salió de la oficina aquella tarde, la encontró esperando afuera.
—Alejandro.
—¿Qué ocurre?
Lucía parecía nerviosa.
—Tengo que decirte algo.
—Dime.
Sacó un sobre viejo de su bolso.
—Lo encontré esta mañana.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Dónde?
—En la parroquia donde dormía.
—¿Qué tiene dentro?
Lucía le entregó el sobre.
Alejandro reconoció inmediatamente el sello.
Era de una antigua fundación creada por su padre.
Lo abrió.
Dentro había una fotografía.
En ella aparecía un hombre joven junto a una mujer.
Alejandro conocía al hombre.
Era su padre.

Pero la mujer no era su madre.
En la parte posterior había una fecha de veinticinco años atrás.
Y una frase escrita a mano:
“Si alguna vez Alejandro necesita saber la verdad, entrégale esto.”
Alejandro sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Quién te dio este sobre?
Lucía negó con la cabeza.
—Nadie.
—Entonces, ¿cómo llegó a tus manos?
—Una mujer mayor fue a la parroquia ayer. Preguntó por mí.
—¿Qué mujer?
Lucía tragó saliva.
—Dijo que llevaba años buscando a alguien.
Alejandro miró nuevamente la fotografía.
—¿Te dijo su nombre?
—Sí.
Hizo una pausa.
—Rebeca Márquez.
Alejandro levantó lentamente la mirada.
Aquello ya no era una coincidencia.
Su tía había conocido a Lucía antes de que él la conociera.
Y si había enviado aquella fotografía a través de ella, entonces quizá Lucía no había aparecido en su vida por casualidad.
Alejandro llamó inmediatamente a Esteban.
—Necesito que investigues algo más.
—¿Qué?
—La fundación de mi padre. Todo. Archivos, beneficiarios, donaciones y personas vinculadas.
—¿Hay algún nombre concreto?
Alejandro miró a Lucía.
—Rebeca Márquez.
Mientras hablaba, el teléfono de Lucía comenzó a vibrar.
Era un número desconocido.
Ella respondió.
No dijo una palabra.
Su rostro cambió.
Después de unos segundos, colgó.
—¿Quién era?
Lucía respiró profundamente.
—Una mujer.
—¿Qué quería?
—Dijo que si sigo contigo, alguien va a salir perjudicado.
Alejandro se levantó.
—¿Te amenazó?
—No exactamente.
—¿Qué dijo?
Lucía miró hacia la puerta.
—Dijo que tú no sabes quién soy.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
Lucía sacó otro documento de su bolso.
—No lo sé.
Se lo entregó.
Era una copia de un antiguo registro de nacimiento.
Alejandro leyó el nombre.
Luego volvió a leerlo.
Su expresión cambió por completo.
El nombre de la madre de Lucía aparecía claramente en la parte inferior.
Y debajo había otro nombre.
El de su padre.
Alejandro.
No podía ser.
Miró a Lucía.
Ella tampoco entendía lo que estaba viendo.
—Mi madre nunca me habló de él —susurró.
Alejandro sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
La joven sin hogar que había encontrado aquella tarde en la Alameda podía estar relacionada con su familia desde mucho antes de conocerse.
Y si aquel documento era auténtico, la razón por la que Rebeca quería separarlos no tenía absolutamente nada que ver con el dinero.
Tenía que ver con una verdad que alguien había enterrado durante veinticinco años.
Alejandro levantó el teléfono y llamó a su abogado.
—Esteban, cancela todo lo demás.
—¿Qué encontró?
Alejandro miró a Lucía.
—Encontré un nombre en un certificado de nacimiento.
—¿De quién?
Alejandro respondió con una voz que apenas reconoció:
—De mi padre.
Antes de que pudiera explicar más, Esteban dijo algo que hizo que Alejandro se quedara completamente quieto.
—Alejandro, eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque tu padre murió hace veinticuatro años.
Alejandro bajó lentamente el teléfono.
Lucía lo miraba confundida.
Entonces recibió un nuevo mensaje.
No tenía remitente.
Solo una fotografía.
Era una imagen antigua de su padre sosteniendo a un bebé.
Y detrás, escrito con tinta negra:
“Ahora ya sabes por qué Rebeca tenía tanto miedo de que ustedes se encontraran.”