PARTE 2: LO QUE HABÍA DENTRO DEL YESO

Rosa no durmió aquella noche.

Se quedó sentada en la pequeña habitación que ocupaba al fondo de la casa, escuchando la tormenta golpear las ventanas y pensando en la voz de Mateo.

“Nana… no dejes que me encierren. No estoy loco.”

Había trabajado para la familia durante más de veinte años. Había visto crecer a Carlos. Había cargado a Mateo cuando era un bebé. Había conocido a su madre antes de que enfermara y sabía perfectamente cuánto se querían padre e hijo después de su muerte.

Pero desde que Lorena había llegado a aquella casa, algo había cambiado.

No de golpe.

Poco a poco.

Carlos empezó a trabajar hasta más tarde.

Mateo dejó de bajar a desayunar.

Los juguetes desaparecieron de la sala porque, según Lorena, “hacían que la casa pareciera un jardín de niños”.

Y las noches de Mateo se convirtieron en un infierno.

Rosa había intentado convencerse de que aquello podía ser una reacción al accidente.

Hasta esa noche.

Una hormiga dentro del yeso podía ser una coincidencia.

Dos ya no.

A las cinco y media de la mañana, Rosa se levantó.

No fue a la cocina.

No preparó café.

Subió directamente al cuarto de Mateo.

La puerta estaba entreabierta.

El niño seguía despierto.

Tenía los ojos abiertos y miraba fijamente el techo.

—Nana…

Rosa se acercó.

—Estoy aquí.

—¿Todavía están ahí?

Rosa miró el yeso.

—¿Qué sientes?

Mateo tragó saliva.

—Como si algo me pinchara por dentro. Luego siento que caminan. A veces me quema. A veces me da frío.

Rosa sintió un escalofrío.

—¿Cuándo empezó exactamente?

Mateo pensó.

—El día después de que Lorena me cambió la venda.

Rosa se quedó inmóvil.

—¿Lorena te cambió la venda?

—Sí.

—¿Por qué?

—Dijo que papá estaba ocupado.

Aquello fue suficiente.

Rosa salió del cuarto y bajó las escaleras.

Encontró a Lorena en la cocina tomando café.

—Buenos días —dijo la mujer.

Rosa no respondió.

Abrió el cajón donde guardaban las herramientas domésticas.

—¿Qué buscas?

—Unas pinzas.

Lorena dejó lentamente la taza sobre la mesa.

—¿Para qué?

—Para Mateo.

La sonrisa de Lorena desapareció.

—No vas a tocar ese yeso.

Rosa la miró.

—El niño tiene fiebre.

—Ya hablamos de eso.

—También hay insectos dentro.

Lorena se levantó.

—Rosa, estás exagerando.

—Entonces no tendrás problema en que un médico lo revise.

—Carlos ya decidió llevarlo mañana a una clínica.

—Mañana puede ser demasiado tarde.

La expresión de Lorena cambió.

Solo durante un segundo.

Pero Rosa lo vio.

—¿Qué sabes tú de medicina? —preguntó Lorena.

—Nada.

Rosa cerró el cajón.

—Pero sé reconocer cuando un niño tiene miedo.

Lorena se acercó.

—Si sigues metiéndote donde no te corresponde, Carlos tendrá que buscar otra niñera.

Rosa sostuvo su mirada.

—Después de veinte años, no creo que me dé miedo perder un empleo.

Y se fue.

Subió al cuarto de Mateo con unas pinzas pequeñas y un teléfono en el bolsillo.

Carlos apareció diez minutos después.

—¿Qué estás haciendo?

Rosa señaló el yeso.

—Necesito verlo.

—El médico dijo que no lo tocáramos.

—¿Qué médico?

Carlos se quedó callado.

—El que revisó a Mateo después del accidente.

—Entonces llámalo.

Carlos sacó el teléfono.

Antes de marcar, Lorena apareció detrás de él.

—Carlos, esto es absurdo.

Mateo comenzó a llorar.

—Papá, por favor.

Carlos miró a su hijo.

Durante unos segundos pareció dudar.

Entonces tomó una decisión.

—Rosa, hazlo.

Lorena se puso rígida.

—¿Qué?

—Quiero saber qué está pasando.

Rosa se acercó al niño.

—Mateo, voy a quitar una pequeña parte. Si duele, me dices.

El niño asintió.

Rosa trabajó lentamente sobre el yeso.

No intentó abrirlo por completo.

Solo retiró una pequeña sección cerca del borde donde había visto moverse a los insectos.

El olor volvió inmediatamente.

Esta vez Carlos también lo percibió.

Su rostro cambió.

—¿Qué demonios…?

Rosa no respondió.

Siguió mirando.

Había pequeños restos de material atrapados bajo la protección.

Y entonces vio algo que no parecía pertenecer allí.

Una pieza diminuta de plástico.

—Carlos.

Él se acercó.

—¿Qué es eso?

Rosa tomó las pinzas.

Tiró con cuidado.

La pieza salió.

Era parte de una pequeña jeringa.

Carlos retrocedió.

Lorena dejó escapar un sonido extraño.

—Eso no significa nada.

Rosa levantó la mirada.

—¿Por qué sabes que es una jeringa?

Lorena se quedó callada.

Carlos la miró.

—Lorena.

—Puede ser cualquier cosa.

—Acabas de decir que era una jeringa.

—¡Porque parece una!

Mateo comenzó a llorar nuevamente.

Rosa vio que el niño se llevaba la mano al brazo.

—No lo toques.

Carlos se arrodilló frente a su hijo.

—Mateo, mírame.

El niño obedeció.

—¿Lorena te puso algo en el yeso?

Mateo miró a su madrastra.

No respondió.

Carlos insistió.

—Hijo, dime la verdad.

Mateo empezó a temblar.

—Ella dijo que no debía contar.

El rostro de Carlos perdió el color.

—¿Qué no debías contar?

Mateo miró hacia Rosa.

—Que me dijo que si seguía diciendo que me dolía, todos iban a pensar que estaba loco.

Carlos se levantó lentamente.

—Lorena, sal del cuarto.

—Carlos…

—Sal.

Por primera vez, Lorena pareció realmente asustada.

Pero antes de salir, miró a Mateo.

Una mirada rápida.

Fría.

El niño inmediatamente se escondió detrás de Rosa.

Carlos lo vio.

Y algo dentro de él terminó de romperse.

—No vuelvas a acercarte a mi hijo.

Lorena abrió la boca.

—Estás cometiendo un error.

—Fuera.

Ella salió.

Carlos cerró la puerta.

Rosa tomó su teléfono.

—Voy a llamar a emergencias.

—Hazlo.

Mientras esperaban, Rosa recordó algo.

—Señor Carlos.

—¿Qué?

—¿Dónde está la caja de medicamentos de Mateo?

—En el baño.

—¿Quién la administra?

Carlos bajó la mirada.

—Lorena.

Rosa sintió que el frío le recorría la espalda.

—Necesitamos revisar todo.

Carlos fue al baño.

Regresó unos minutos después con una caja.

Había frascos, recetas y varias cajas de medicamentos.

Rosa comparó las fechas.

Uno de los medicamentos había sido retirado de la caja original.

Otro no coincidía con la receta del hospital.

Carlos empezó a respirar más rápido.

—Yo nunca revisé esto.

—Lo sé.

—Confié en ella.

Rosa no respondió.

En ese momento llegaron los paramédicos.

Examinaron a Mateo y recomendaron trasladarlo para una evaluación completa.

Carlos quiso acompañarlo.

Pero antes de salir, uno de los paramédicos señaló la pieza de plástico sobre una bolsa de evidencia.

—Esto debe entregarse a las autoridades.

Carlos asintió.

—¿Podría haber causado todo esto?

El paramédico fue prudente.

—No podemos determinarlo aquí. El hospital tendrá que analizarlo.

Rosa miró a Mateo.

—Pero sí explica por qué debemos dejar de tratarlo como un problema psicológico.

Horas después, en el hospital, los médicos retiraron cuidadosamente el yeso bajo condiciones controladas.

No encontraron ningún “monstruo”.

No encontraron nada sobrenatural.

Encontraron varios elementos extraños que no debían estar allí y una pequeña jeringa sin contenido.

El pediatra pidió revisar los antecedentes completos.

Después preguntó:

—¿Quién le colocó el último yeso?

Carlos miró hacia Rosa.

—Mi esposa.

El médico levantó la cabeza.

—¿Su esposa actual?

—Sí.

El médico hizo una pausa.

—Entonces necesitamos hablar en privado.

Carlos salió con él al pasillo.

Rosa permaneció junto a Mateo.

El niño tenía los ojos cansados.

—Nana.

—Aquí estoy.

—¿Papá me cree ahora?

Rosa le acarició el cabello.

—Sí.

Mateo cerró los ojos.

—Yo sabía que no estaba loco.

Rosa sintió lágrimas en los ojos.

—Nunca lo estuviste.

Una hora después, Carlos regresó.

Parecía diez años mayor.

—¿Qué dijo el médico?

Carlos no respondió inmediatamente.

Se sentó.

—Dijo que algunos de los síntomas pueden tener una explicación física. Pero también encontró algo más.

—¿Qué?

—Mateo tenía registrados varios episodios de fiebre y dolor que nunca aparecieron en el expediente que yo recibí.

Rosa frunció el ceño.

—¿Cómo?

Carlos sacó su teléfono.

—El hospital tiene una copia de los registros originales. Alguien había solicitado modificaciones.

—¿Quién?

Carlos miró la pantalla.

—La cuenta de usuario utilizada para acceder al expediente pertenece a Lorena.

Rosa cerró los ojos.

Ahora ya no era una sospecha.

Había un patrón.

Pero todavía faltaba una pieza.

¿Para qué quería Lorena que todos creyeran que Mateo estaba loco?

La respuesta llegó esa misma tarde.

Un abogado de la familia llamó a Carlos.

—Necesito que revise inmediatamente los documentos de su seguro.

Carlos abrió la carpeta digital.

—¿Por qué?

—Porque alguien presentó una solicitud para modificar al beneficiario de una póliza.

Carlos se quedó inmóvil.

—¿A nombre de quién?

Hubo un silencio al otro lado.

—De Lorena.

Carlos sintió que se le revolvía el estómago.

—Yo nunca autoricé eso.

—Precisamente por eso necesitamos investigar.

Rosa escuchaba desde el otro extremo de la habitación.

Entonces recordó algo.

—Señor Carlos…

Él levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Hace dos semanas encontré a Lorena en el estudio de su difunta esposa.

Carlos palideció.

—¿Qué hacía?

—Estaba buscando algo dentro de un cajón.

—¿Qué cajón?

—El que usted nunca abre.

Carlos se quedó inmóvil.

—El cajón de los documentos de María.

Su primera esposa.

La madre de Mateo.

Carlos regresó a casa esa noche acompañado por un abogado.

Abrió el cajón.

Había fotografías antiguas.

Cartas.

Documentos.

Y un sobre que llevaba años sin tocar.

Era una carta escrita por María pocos días antes de morir.

Carlos la abrió con manos temblorosas.

Solo había una página.

“Carlos, si algún día alguien intenta convencerte de que Mateo está enfermo de la cabeza, no lo creas sin investigar primero. Hay algo que descubrí sobre Lorena que no pude demostrar. Si me ocurre algo, busca la caja azul detrás del segundo estante de la biblioteca.”

Carlos levantó lentamente la mirada.

Rosa sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿La caja azul?

Carlos caminó hacia la biblioteca.

Contó los estantes.

Uno.

Dos.

Se detuvo.

Detrás del segundo había una caja pequeña cubierta de polvo.

La sacó.

Dentro había fotografías, recibos y una memoria USB.

Y encima de todo había una última nota.

Carlos la abrió.

La leyó una vez.

Luego otra.

Después levantó la mirada hacia Rosa.

—Nana…

—¿Qué dice?

Carlos tragó saliva.

—Mi esposa no estaba investigando a Lorena porque sospechara que quería hacerle daño a ella.

Pausa.

—La estaba investigando porque descubrió que Lorena ya había intentado hacer algo parecido con otro niño.

Rosa sintió que el aire desaparecía de la habitación.

Carlos conectó la memoria USB.

Apareció una carpeta.

Dentro había un nombre.

MATEO — PRUEBAS ORIGINALES.

Pero cuando abrió el primer archivo, ambos descubrieron algo todavía peor.

La grabación había sido hecha años antes.

Y en ella aparecía Lorena hablando con una persona que Carlos reconoció inmediatamente.

Alguien que todavía vivía dentro de aquella casa.

Alguien en quien Carlos había confiado durante toda su vida.

Y entonces, detrás de ellos, una voz tranquila dijo:

—No debieron abrir esa caja.

Related Posts

Parte 2: EL DÍA EN QUE MI HIJO VOLVIÓ POR MIS MILLONES Y DESCUBRIÓ QUE YA HABÍA ELEGIDO A MI VERDADERA FAMILIA

Observé a Caleb y Melissa desde la ventana. Tres semanas antes me habían dejado bajo la lluvia. Ahora Caleb sostenía flores. Melissa llevaba una caja de chocolates….

Parte 2: LA GEMELA QUE ME ROBARON AL NACER Y EL SECRETO QUE GRACE SE LLEVÓ A LA TUMBA

—Emma —dije con cuidado—, ¿cómo se llamaba tu madre? La niña apretó todavía más el osito. —Grace. El mundo dejó de moverse. —¿Grace qué? Sus ojos verdes…

Parte 2: LA VERDAD QUE DESTRUYÓ SU MENTIRA Y LE DEVOLVIÓ LA LIBERTAD

Cuando llegué al despacho de mi abogado, él no me invitó a sentarme. Simplemente deslizó una carpeta gruesa sobre el escritorio. —Ábrela. Mis manos temblaban mientras levantaba…

Parte 2: LA VERDAD QUE LLEVABA CINCO AÑOS VIVIENDO BAJO OTRO TECHO

Adrián bajó la mirada. Por primera vez desde que entré en aquella casa, parecía incapaz de sostenerme los ojos. —Elena… déjame explicarlo. Sonreí con una serenidad que…

Parte 2: La verdad que nadie pudo enterrar

El silencio en la habitación fue absoluto. La presidenta del Comité de Ética todavía sostenía la carpeta entre las manos. Yo seguía mirando aquella firma. Era casi…

Parte 2: LA NOVIA SE LA CEDÍ… Y TAMBIÉN EL DESASTRE QUE HABÍAN PREPARADO

El salón quedó completamente inmóvil. Nadie aplaudió. Nadie habló. Solo se escuchó el golpe suave del velo al caer sobre el mármol. Emily seguía sosteniendo el ramo…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *