Parte 2: ME CASÉ CON MI EX ESTANDO EMBARAZADA SIN DECIRLE QUE EL BEBÉ ERA SUYO, PERO ÉL YA CONOCÍA MI SECRETO

Mudarse con Lucas resultó mucho más peligroso de lo que había imaginado.

No porque fuera difícil convivir con él.

Sino porque era demasiado atento.

Cada mañana encontraba el desayuno preparado. Cuando llegaba tarde del periódico, había comida caliente esperándome. Incluso cambió una habitación del departamento y comenzó a llenarla con muebles para bebé.

Una noche lo encontré armando una cuna.

—Lucas, no tienes que hacer todo esto.

Ni siquiera levantó la cabeza.

—Es mi hijo.

Mi corazón casi se detuvo.

—¿Qué?

Lucas apretó un tornillo.

—Legalmente. Estamos casados.

Solté el aire.

—Claro.

Él levantó los ojos y me observó con una expresión extraña.

—¿Qué pensaste que quería decir?

—Nada.

—Emma.

—¿Sí?

—Mientes fatal.

Me fui antes de que pudiera seguir preguntando.

Pero el verdadero problema llegó tres semanas después.

Mi madre tuvo una complicación y la residencia médica llamó mientras yo estaba trabajando.

La factura pendiente superaba lo que tenía ahorrado.

Cuando llegué al hospital, Lucas ya estaba allí.

—¿Quién te llamó?

—Mia.

Miré la factura que sostenía.

—Lucas, no necesito que pagues esto.

—Ya está pagado.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Todo.

—No puedo aceptar tanto dinero.

Su expresión se endureció.

—Puedes casarte conmigo embarazada del hijo de otro, pero ¿no puedes dejar que cuide de tu madre?

La culpa me golpeó.

—Lucas…

—¿Por qué desapareciste hace cinco años?

Aquella pregunta me dejó sin defensa.

Bajé la mirada.

—Tu madre vino a verme.

Lucas quedó inmóvil.

—Mi madre murió hace siete años.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—¿Qué?

—Emma, ¿quién te dijo que era mi madre?

Saqué el teléfono y busqué una fotografía antigua que todavía conservaba.

Lucas miró la pantalla.

Su mandíbula se tensó.

—Esa es Victoria Grant. Mi tía.

Entonces todo salió.

Cinco años atrás, Victoria me había dicho que Lucas estaba comprometido con la hija de un socio y que yo estaba destruyendo su futuro. Me mostró documentos, fotografías y mensajes.

Después me ofreció dinero.

Yo lo rechacé.

Pero cuando mi madre enfermó y Lucas desapareció durante semanas por un viaje de negocios, creí que todo era verdad.

—Por eso te fuiste —murmuró.

Asentí.

—Pensé que habías elegido a otra.

Lucas soltó una risa amarga.

—Volví con un anillo.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

Cinco años perdidos por una mentira.

Pero todavía quedaba otra.

La más grande.

Lucas miró mi vientre.

—¿Y el padre del bebé?

—Lucas…

—Dime quién es.

No pude hacerlo.

Todavía no.

Dos semanas después desperté de madrugada con un dolor intenso.

Lucas me llevó inmediatamente al hospital.

El médico confirmó que el bebé estaba bien, pero mientras revisaban mi expediente, una enfermera entró con unos documentos.

—Señora Grant, necesitamos confirmar unos antecedentes. Según su expediente, el embarazo comenzó después del procedimiento de fertilidad realizado hace aproximadamente seis meses.

Lucas levantó lentamente la cabeza.

Yo cerré los ojos.

Había llegado el momento.

La enfermera continuó:

—También necesitamos actualizar los datos del donante.

—¿Donante? —preguntó Lucas.

Pedí quedarme a solas con él.

Cuando la puerta se cerró, saqué del bolso el sobre que llevaba meses escondiendo.

—Antes de reencontrarnos, fui a una clínica.

Lucas no dijo nada.

—Después de que terminamos, nunca tuve otra relación seria. Pero quería formar una familia.

Mis manos temblaban.

—Elegí un donante anónimo.

Le entregué los documentos.

Lucas los leyó.

Su rostro cambió.

—¿Por qué aparece mi código genético aquí?

No pude responder.

Lucas pasó rápidamente a la siguiente página.

Entonces quedó completamente inmóvil.

El donante era él.

—Esto es imposible.

—Yo tampoco lo sabía.

La clínica había comprado años atrás muestras de un banco privado donde Lucas había almacenado material reproductivo antes de un tratamiento médico.

Por un error administrativo, su muestra había entrado en el catálogo anónimo.

Yo la había elegido sin conocer su identidad.

Lucas me miró como si el mundo acabara de darle la vuelta.

—Entonces…

Asentí entre lágrimas.

—El bebé es tuyo.

Se sentó lentamente.

—Pero yo te dije que era estéril.

—Mentiste.

—Sí.

Lo miré sorprendida.

Lucas soltó el aire.

—Cuando te vi embarazada pensé que habías formado una familia con alguien más. Después descubrí que nunca habías estado casada.

Mi corazón se aceleró.

—¿Cómo?

—Mia habla demasiado cuando está nerviosa.

Me cubrí el rostro.

—Voy a matarla.

Por primera vez, Lucas sonrió.

Después se puso serio.

—Te propuse matrimonio porque todavía te amaba, Emma. Lo de la esterilidad fue la única excusa absurda que se me ocurrió para que no pensaras que me importaba criar a un hijo que creía que era de otro hombre.

Las lágrimas comenzaron a caer.

—Somos dos idiotas.

—En eso estamos de acuerdo.

Tres meses después nació nuestra hija.

Lucas lloró antes que yo.

Cuando la enfermera colocó a la bebé sobre mi pecho, él se inclinó y besó mi frente.

—Cinco años —susurré—. Perdimos cinco años.

Lucas tomó mi mano.

—Entonces no perdamos otro día.

Un año después volvimos al mismo registro civil.

Mia nos esperaba afuera.

—Por favor, díganme que esta vez nadie viene a divorciarse.

Lucas levantó a nuestra hija en brazos.

—No.

Yo sonreí.

—Solo vinimos a recoger unos documentos.

Mia suspiró.

—Gracias a Dios.

Antes de marcharnos, Lucas me detuvo frente a la misma entrada donde nos habíamos reencontrado.

—Por cierto, todavía me debes una respuesta.

—¿A qué?

—La primera vez prácticamente nos casamos por accidente.

Sacó una pequeña caja del bolsillo.

Dentro estaba el anillo que había comprado cinco años atrás.

—Así que quiero preguntarlo correctamente esta vez.

Me miró.

—Emma Hayes, ¿elegirías volver a casarte conmigo sabiendo toda la verdad?

Miré a nuestra hija.

Luego al hombre que había perdido una vez por culpa de una mentira y encontrado nuevamente gracias a una coincidencia imposible.

—Sí.

Lucas sonrió.

—¿Sin inventarte primero un exmarido pobre?

Me reí.

—No prometo nada.

Y así descubrimos que nuestro matrimonio había comenzado con dos mentiras ridículas.

Él fingió ser estéril.

Yo fingí estar divorciándome.

Pero la verdad terminó siendo mucho más increíble:

el hombre al que intentaba ocultarle quién era el padre de mi bebé había sido su padre desde el principio.

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