Parte 2: ME FUI A FRANCIA PARA CASARME CON OTRO HOMBRE, PERO CUANDO ADRIÁN DESCUBRIÓ QUE SU «SUSTITUTA» HABÍA DESAPARECIDO, YA ERA DEMASIADO TARDE

Veintisiete días después, cerré mi última maleta.

Mi padre había cumplido su promesa.

El vuelo a París salía aquella noche y la familia Delacroix había aceptado adelantar nuestro encuentro.

Yo todavía no sabía si podría amar al hombre con quien pretendían unir mi futuro.

Pero sí sabía algo:

No iba a quedarme esperando a que Adrián decidiera cuándo reemplazarme por Lucía.

Dejé las llaves de la villa sobre la mesa.

A su lado puse una sola nota.

“Gracias por estos tres años. Tu original ha regresado. La copia se retira.”

Y me fui.

Adrián regresó aquella madrugada.

Me llamó diecisiete veces.

No respondí.

Cuando mi avión despegó, bloqueé su número.

En París, mi padre me esperaba junto a un hombre alto vestido con un abrigo oscuro.

—Isabella —dijo—, él es Alexandre Delacroix.

Esperaba encontrarme con un desconocido arrogante.

En cambio, Alexandre extendió la mano.

—Antes de hablar de matrimonio quiero dejar algo claro.

Lo miré sorprendida.

—¿Qué?

—Si no quieres casarte conmigo, no lo harás. Una alianza empresarial no vale una vida miserable.

Por primera vez en semanas, sonreí de verdad.

—Entonces quizá podamos empezar con un café.

Alexandre sonrió.

—Eso suena mucho más razonable.

Mientras tanto, Adrián estaba destruyendo media villa buscándome.

Finalmente llamó a mi padre.

—¿Dónde está Isabella?

Mi padre respondió tranquilamente:

—En Francia.

—¿Cuándo vuelve?

—No vuelve.

Silencio.

—¿Qué significa eso?

—Significa que mi hija aceptó casarse.

Adrián casi dejó caer el teléfono.

—¿Casarse con quién?

—Alexandre Delacroix.

El nombre bastó.

Los Delacroix no eran simplemente ricos.

Eran una de las familias empresariales más influyentes de Europa y competían directamente con varios intereses internacionales de los Moreau.

Adrián colgó y revisó la villa.

Entonces encontró mi nota.

Por primera vez comprendió que yo había escuchado aquella conversación en georgiano.

Y también comprendió algo peor.

Yo no estaba amenazándolo para conseguir una propuesta.

Realmente me había ido.

Lucía apareció esa misma noche.

—Ari, ¿vienes al hotel?

Adrián la miró durante varios segundos.

Cinco años esperando aquel regreso.

Tres años comparándome con ella.

Y ahora, teniendo finalmente a la “original” delante, descubrió que no sentía lo que había imaginado.

—No me llames Ari.

Lucía frunció el ceño.

—¿Qué te pasa?

—Isabella se fue.

Lucía soltó una pequeña risa.

—Entonces mejor. Ya no necesitas fingir.

Adrián levantó lentamente la mirada.

—¿Fingir?

—Ella siempre fue temporal.

Aquellas palabras eran exactamente lo que él mismo había pensado durante años.

Pero escucharlas ahora le resultaron insoportables.

Tres días después apareció en París.

Yo estaba cenando con Alexandre cuando Adrián entró al restaurante.

—Isabella.

Me quedé inmóvil.

Alexandre observó mi expresión.

—¿Quieres que se vaya?

Negué lentamente.

—No. Quiero terminar esto.

Adrián se acercó.

—Necesitamos hablar.

—Habla.

—A solas.

—No tenemos nada que hablar a solas.

Apretó la mandíbula.

—Lo de Lucía no significa lo que crees.

Solté una risa.

—Te entendí perfectamente, Adrián. Recuerda que hablo georgiano.

Su rostro perdió el color.

—¿Desde cuándo?

—Desde mucho antes de conocerte.

Entonces repetí sus propias palabras.

—Setenta por ciento. Ingenua. Poodle pequeño. Obediente. Ojos tontos. Limpia.

Adrián quedó completamente callado.

—Isabella…

—Durante tres años pensé que me mirabas porque me amabas. Ahora sé que simplemente estabas buscando el rostro de otra mujer.

—Al principio quizá fue así.

Alexandre levantó ligeramente una ceja.

Adrián continuó desesperadamente:

—Pero después cambió.

—¿Cuándo?

No respondió.

—¿Cuando dormías tres días fuera de casa mientras Lucía publicaba fotografías contigo?

—No pasó lo que imaginas.

—Ya no importa.

Adrián miró a Alexandre.

—¿De verdad vas a casarte con alguien que apenas conoces?

Alexandre respondió antes que yo.

—Eso será decisión de Isabella.

Aquella frase hizo que Adrián se quedara inmóvil.

Porque en tres años él nunca había hablado así.

Siempre había decidido qué debía ponerme.

Dónde debía esperarlo.

Cuándo debía callarme.

Cuándo debía ser “buena”.

Alexandre simplemente me había dado una elección.

Me levanté.

—Adiós, Adrián.

Él me sujetó suavemente de la muñeca.

—No te cases con él.

Aparté mi mano.

—¿Por qué?

Su voz se quebró.

—Porque te amo.

Durante tres años habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras.

Ahora solo sentí tristeza.

—Tal vez.

Lo miré directamente.

—Pero aprendiste a amarme cuando dejé de estar disponible para ti.

Me marché.

Dos meses después, mi compromiso con Alexandre se anunció oficialmente.

No porque nuestros padres lo ordenaran.

Porque después de semanas conociéndonos, yo misma dije que sí.

Y entonces llegó el último golpe.

Lucía publicó una entrevista asegurando que Adrián y ella habían mantenido una relación secreta mientras él estaba conmigo.

La junta directiva de Moreau abrió una investigación al descubrir que Adrián había utilizado recursos de la empresa para financiar viajes privados relacionados con ella.

Varias negociaciones importantes se tambalearon.

Adrián perdió temporalmente su cargo ejecutivo.

Pero cuando mi padre me contó la noticia, no sentí satisfacción.

Simplemente dije:

—Ya no es asunto mío.

Seis meses después caminé hacia el altar en un pequeño castillo a las afueras de París.

Alexandre esperaba al final.

Antes de comenzar la ceremonia, se inclinó hacia mí.

—Todavía puedes cambiar de opinión.

Sonreí.

—Lo sé.

—¿Y?

Tomé su mano.

—Precisamente por eso estoy aquí.

Porque esta vez nadie me había comprado.

Nadie me había convertido en sustituta.

Nadie necesitaba que me pareciera a otra mujer.

Por primera vez, un hombre me había elegido sabiendo exactamente quién era yo.

Y yo también lo había elegido.

Mucho después supe que Adrián había conservado aquella nota sobre su escritorio.

“La copia se retira.”

Pero estaba equivocado si pensaba que aquello era lo que yo había sido.

Nunca fui la copia de Lucía.

Simplemente había amado durante demasiado tiempo a un hombre incapaz de verme.

Y cuando finalmente abrió los ojos, yo ya estaba demasiado lejos para volver.

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