Abrí el mensaje de mi compañera.
—¿Qué pasó?
La respuesta llegó casi de inmediato.
“Olivia está llorando frente a Recursos Humanos. Dice que tú la humillaste, la acosaste durante meses y que anoche la obligaste a beber hasta que se enfermó.”
Me quedé mirando la pantalla.
Mi madre se inclinó hacia mí.
—¿Problemas?
—El último espectáculo de alguien que todavía cree que estoy dispuesta a participar.
Mi padre extendió la mano.
—Dame el teléfono.
Se lo entregué.
Leyó los mensajes y su expresión cambió.
—¿Esa mujer trabaja para Daniel?
—Es su asistente.
—¿Y Daniel permite esto?
Sonreí sin humor.
—Daniel permite demasiadas cosas.
Mi padre dejó el teléfono sobre la mesa.
—Entonces no vuelvas.
—Tengo que recoger mis cosas.
—Mandaremos a alguien.
Negué.
—No. Quiero terminarlo yo misma.
Una hora después entré en Grant Group.
Apenas crucé recepción, sentí las miradas.
Dos empleadas dejaron de hablar.
Un gerente fingió revisar documentos.
Y al fondo del vestíbulo, Olivia lloraba rodeada de varias personas.
Cuando me vio, se levantó.
—Stella…
No respondí.
Seguí caminando hacia los ascensores.
Ella corrió detrás de mí.
—Espera.
Me detuve.
—¿Qué quieres?
Se mordió el labio.
—No quería que todo esto se hiciera tan grande.
—Entonces deja de hacerlo grande.
—Solo expliqué lo que pasó.
—¿Qué pasó exactamente?
Olivia miró a todos alrededor.
—Tú siempre has sido hostil conmigo.
—¿Hostil?
—Me ridiculizas frente a otros. Me haces sentir incómoda. Anoche incluso…
—¿Incluso qué?
Bajó la voz.
—Me provocaste.
Solté una risa.
—Olivia, tú me arrojaste vino encima.
—Fue accidental.
—Y luego pasaste la noche en casa de mi novio.
El vestíbulo quedó en silencio.
Sus ojos se abrieron.
—Eso no es asunto de nadie.
—Tú convertiste esto en asunto de todos.
Entonces escuché la voz de Daniel.
—Stella.
Salió de uno de los ascensores.
Parecía no haber dormido.
Se acercó rápidamente.
—¿Por qué me bloqueaste?
Lo miré con calma.
—Porque terminamos.
—No terminamos.
—Yo sí.
Daniel respiró profundamente.
—Podemos hablar en mi oficina.
—No hace falta.
—Stella, por favor.
Olivia lo agarró de la manga.
—Señor Grant, no se preocupe por mí.
Yo casi sonreí.
Daniel apartó suavemente su mano.
—Olivia, vuelve a tu puesto.
Ella pareció herida.
—Pero…
—Ahora.
Por primera vez, obedeció.
Daniel me llevó hacia un pasillo privado.
Apenas quedamos solos, habló.
—No pasó nada.
—No pregunté.
—Sé lo que estás pensando.
—No sabes absolutamente nada de lo que estoy pensando.
—Ella estaba borracha. No podía dejarla sola.
—Entonces llamabas un taxi.
—Llovía muchísimo.
—Entonces un hotel.
—Stella…
—Y si necesitabas quedarte, ¿por qué usó nuestras copas?
Daniel se quedó callado.
—¿Por qué desayunaron juntos?
—Se despertó tarde.
—¿Por qué tenía puesta tu camisa?
—Se había mojado.
Cada respuesta era perfectamente razonable por separado.
Juntas daban asco.
Lo miré.
—Lo más triste es que quizá no hayas dormido con ella.
Daniel frunció el ceño.
—Entonces ¿por qué estás haciendo esto?
—Porque no necesito que me engañes físicamente para entender que siempre vas a elegir proteger sus sentimientos antes que los míos.
Su rostro cambió.
—Eso no es verdad.
—Anoche te dije que si salías, no volvieras.
—Pensé que estabas enojada.
—Ese es precisamente tu problema. Nunca escuchas lo que digo porque siempre asumes que sabes mejor lo que siento.
Me quité la tarjeta de empleado.
La puse en su mano.
—Renuncio.
Daniel me miró como si no entendiera.
—¿Qué?
—Me voy de Grant Group.
—No puedes decidirlo así.
—Ya lo decidí.
—¿Adónde vas a ir?
Sonreí.
—A trabajar.
—¿Dónde?
—Eso ya no te corresponde.
Pasé a su lado.
Entonces me sujetó suavemente de la muñeca.
—Stella, espera.
Lo miré.
Soltó mi mano inmediatamente.
—Dame unos días.
—¿Para qué?
—Para arreglar esto.
—No hay nada que arreglar.
—Puedo despedir a Olivia.
Me quedé quieta.
—¿Ahora?
—Sí.
—Cuando me arrojó vino encima, no.
Daniel cerró los ojos.
—Cometí un error.
—Cuando lloró y te llamó, fuiste corriendo.
—Stella…
—Cuando te pedí que eligieras, te fuiste.

Mi voz siguió tranquila.
—No quiero que la despidas por mí. Quiero que vivas con las decisiones que tomaste.
Me marché.
Esa misma tarde entregué oficialmente mi renuncia.
Tres días después estaba sentada en la sala de juntas de la compañía de mi padre.
Mi padre colocó una carpeta frente a mí.
—Sucursal de Nueva York.
La abrí.
Proyecciones.
Clientes.
Contratos.
Personal.
Una operación mucho más grande de lo que había imaginado.
—¿Seguro que quieres que yo la dirija?
Mi padre sonrió.
—Llevo años esperando que preguntaras.
—Nunca he administrado una sucursal completa.
—Has pasado tres años trabajando desde abajo en Grant Group. Conoces ventas, operaciones, proveedores y clientes.
Se inclinó hacia mí.
—Y además, Stella, no te estoy regalando el puesto.
Señaló la carpeta.
—Tendrás objetivos. Si no los cumples, responderás igual que cualquier otro director.
Sonreí.
—Perfecto.
Dos semanas después me mudé a Nueva York.
No miré las redes de Daniel.
No pregunté por él.
Trabajé.
Durante los primeros meses, prácticamente viví entre reuniones.
La nueva sucursal tenía problemas graves.
Costos demasiado altos.
Equipos mal coordinados.
Dos clientes importantes amenazaban con marcharse.
Por primera vez en años, toda mi energía estaba concentrada en algo que no era Daniel.
Y descubrí algo sorprendente.
Era buena.
Muy buena.
Rediseñé el equipo comercial.
Renegocié contratos con proveedores.
Cerramos dos cuentas importantes.
En cuatro meses, la sucursal dejó de perder dinero.
En seis, superó las proyecciones anuales.
Una noche, mi padre me llamó.
—Acabo de ver los resultados.
—¿Y?
—Estoy intentando no sonar demasiado orgulloso.
Me reí.
—No te esfuerces.
—Tu madre está diciéndole a todo el mundo que fue idea suya mandarte.
—Claro que sí.
Hubo una pausa.
—Stella.
—¿Sí?
—Grant Group solicitó una reunión.
Me quedé quieta.
—¿Para qué?
—Quieren participar en el proyecto Hudson.
El proyecto Hudson era enorme.
Nuestro grupo estaba desarrollando un complejo empresarial de lujo en Manhattan.
Solo el contrato tecnológico valía decenas de millones.
—¿Quién viene?
—Daniel Grant.
Guardé silencio.
Mi padre preguntó:
—¿Quieres que rechace la reunión?
Miré las luces de Manhattan desde mi oficina.
—No.
—¿Segura?
—Es negocio.
Dos días después, Daniel entró en mi sala de juntas.
Se detuvo al verme.
Durante unos segundos ninguno habló.
Él parecía diferente.
Más delgado.
Más serio.
—Stella.
—Señor Grant.
Algo pasó por sus ojos.
—¿Señor Grant?
—Estamos en una reunión comercial.
Tomó asiento.
Su equipo comenzó la presentación.
No lo interrumpí.
Grant Group tenía una propuesta sólida.
Cuando terminaron, cerré la carpeta.
—Hay un problema.
Daniel me miró.
—¿Cuál?
—Sus cifras de implementación son demasiado optimistas.
Uno de sus directores respondió:
—Podemos garantizarlas.
—No con la estructura actual.
Deslicé un informe por la mesa.
—Su rotación de personal aumentó veintisiete por ciento en seis meses.
Daniel miró el documento.
—¿Cómo conseguiste esto?
—Información pública.
Pasé otra página.
—Además, perdieron dos gerentes de proyecto importantes.
Él no dijo nada.
—Y su departamento ejecutivo ha tenido tres denuncias internas relacionadas con favoritismo.
Ahora sí levantó la mirada.
Sabía perfectamente a qué me refería.
Olivia.
Al terminar la reunión, su equipo salió.
Daniel se quedó.
—¿Podemos hablar?
—Cinco minutos.
Se levantó.
—Olivia ya no trabaja conmigo.
—No me interesa.
—La despedí dos semanas después de que te fueras.
—Te dije que no tenías que hacerlo.
—No fue por ti.
Eso sí llamó mi atención.
Daniel sacó el teléfono.
—Descubrimos que había filtrado información interna a un competidor.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Documentos comerciales. Propuestas. Datos de clientes.
Me mostró varias capturas.
—Utilizaba mi cercanía con ella para entrar en oficinas y acceder a archivos.
Recordé todas las veces que Olivia parecía demasiado interesada en reuniones que no le correspondían.
Daniel continuó.
—La noche después de la cena, cuando estaba en mi casa, usó mi computadora.
—¿Mientras tú cocinabas?
Su mandíbula se tensó.
—Sí.
—Qué eficiente.
—Stella…
—Continúa.
—Descargó documentos confidenciales.
—¿Y cómo lo descubrieron?
—Porque alguien pagó por ellos desde una empresa fantasma.
Me mostró otro documento.
El nombre del beneficiario me hizo detenerme.
Hayes Consulting.
—¿Hayes?
—Una empresa registrada por su hermano.
Entonces comprendí.
—Así que toda aquella actuación…
—Parte de ella era real. Creo que le gustaba la atención.
Daniel sonrió amargamente.
—Pero también estaba utilizándome.
No sentí satisfacción.
Solo una ironía casi perfecta.
—Supongo que ahora entiendes cómo se siente.
Daniel bajó la mirada.
—Sí.
Después respiró profundamente.
—Y entiendo algo más.
—¿Qué?
—Que tú me lo advertiste sin tener que demostrar nada.
Me observó.
—Yo simplemente decidí no escucharte.
Guardé silencio.
—No vine hoy solo por el contrato.
—Lo imaginé.
—Quería pedirte perdón.
—Ya lo hiciste antes.
—No correctamente.
Se puso de pie.
—No te engañé con Olivia.
—Lo sé.
Pareció sorprendido.
—¿Lo sabes?
—Daniel, si hubieras dormido con ella, habría sido más fácil.
—¿Más fácil?
—Sí. Habría habido una línea clara.
Lo miré.
—Lo que hiciste fue peor de una manera distinta. Me obligaste a competir constantemente con alguien que tú insistías en llamar “solo una asistente”.
Daniel no respondió.
—Cada vez que ella lloraba, tú la consolabas. Cada vez que yo protestaba, yo era la celosa.
Su rostro se endureció consigo mismo.
—Tienes razón.
—Lo sé.
Pasaron varios segundos.
Finalmente preguntó:
—¿Hay alguna posibilidad para nosotros?
Lo miré.
El hombre frente a mí había sido parte enorme de mi vida.
Lo había amado.
Tal vez una parte de mí siempre recordaría esa versión de nosotros.
Pero ya no quería regresar.
—No.
Daniel cerró los ojos un momento.
Después asintió.
—Entiendo.
Se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió.
—Por cierto, tu propuesta para la sucursal es impresionante.
Sonreí.
—Lo sé.
Por primera vez, él también sonrió.
—Siempre fuiste demasiado buena para trabajar bajo mis órdenes.
—Tardaste bastante en descubrirlo.
—Sí.
Se marchó.
Grant Group no ganó el contrato.
No porque yo quisiera vengarme.
Simplemente otra compañía presentó una propuesta mejor.
Dos meses después, Olivia fue acusada formalmente de robo de información corporativa y fraude.
Daniel colaboró con la investigación.
Nunca volvimos a hablar de nosotros.
Un año después, la sucursal de Nueva York se convirtió en una de las divisiones más rentables del grupo de mi familia.
Durante la celebración anual, mi padre subió al escenario.
—Quiero reconocer a la persona que transformó una oficina problemática en nuestra operación con mayor crecimiento.
Todos comenzaron a aplaudir.
Yo cerré los ojos.
—Papá, no hagas esto…
—Stella.
Me señaló.
—Sube.
Entre risas, caminé hasta él.
Mi madre estaba en primera fila grabándolo todo.
Mi padre me entregó una placa.
—¿Recuerdas cuando dijiste que preferías ser jefa?
—Sí.
—Resulta que tenías razón.
Me reí.
—Nunca vas a dejarme olvidar esa frase, ¿verdad?
—Jamás.
Después del evento salí a la terraza.
Manhattan brillaba debajo.
Mi madre apareció detrás de mí.
—¿Feliz?
Pensé un momento.
—Sí.
—¿Extrañas algo de antes?
Miré la ciudad.
—A veces extraño quién creía que era.
—¿Y quién eres ahora?
Sonreí.
—Alguien que ya no necesita quedarse donde no la valoran.
Mi madre tomó mi mano.
—Eso suena bastante bien.
—Lo es.
Mi teléfono vibró.
Era un correo del consejo.
Habían aprobado mi promoción a directora regional.
Me reí.
—¿Qué pasa?
Le mostré la pantalla.
Mi madre gritó tan fuerte que varias personas se giraron.
La abracé.
Y mientras miraba las luces de la ciudad, recordé aquella copa de vino cayendo sobre mi vestido.
En ese momento pensé que Olivia me había humillado.
Ahora entendía que me había hecho un favor.
**Aquella copa no arruinó mi vestido.
Rompió la última excusa que me mantenía en una relación donde siempre tenía que pedir que me eligieran.**
Y cuando finalmente dejé de esperar que Daniel me eligiera, hice algo mucho más importante.
Me elegí a mí misma.